Los jugadores del Betis y del Sevilla FC se saludan tras el derbi
Los jugadores del Betis y del Sevilla FC se saludan tras el derbi

La contracrónica del derbi: del rugido unánime a gritos en el silencio

El volcánico Villamarín se apagó, como su equipo, tras el descanso ante un Sevilla FC que celebró su superioridad

Por  10:15 h.

El ambiente de los derbis ha cambiado. Quizás por los tiempos que corren, quizás por la diferencia que se ha consolidado entre ambos equipos. Mayor artificio, menos verdad. Gritos de liberación, miedos desnudos. El Villamarín demostró dos caras. La mejor y la peor. En ese orden. Como su equipo. Seguramente a causa de su equipo. Si hubiera alterado la secuencia, la fiesta podría haberse quedado en Heliópolis. O no. Del rugido al silencio. Un punto de inflexión, una ilusión pinchada y un equipo que supo reaccionar y transformar algo que se le iba en una victoria segura. Víctor le ganó en la preparación durante la semana a Sampaoli, pero el argentino movió sus piezas lo justo, lo preciso, para llevarse los puntos y enmudecer de fútbol y de ánimos un Villamarín que acabó siendo un cementerio, entonando los béticos cabizbajos una letanía que se hace insoportable.

Al Betis, preñado de ganas y espíritu en el arranque y con una banda sonora ruidosa y efectiva, pareció pedir disculpas al Sevilla por haberse adelantado. Como en el patio del recreo cuando un chico normal le planta cara al malo sin darse cuenta de que la respuesta se la va a dar toda la pandilla. Éstos eran Iborra y Ben Yedder, que activaron la variación sobre el campo. El chico normal creyó que iba a ganar la pelea pero cuando se vio acorralado pidió clemencia, abochornado, rogando que no le hicieran mucho daño. Así se comportó el grupo de Víctor. Envalentonado hasta el 1-0 y temeroso, vacío de espíritu tras el descanso. A expensas de lo que hiciera su rival, muy seguro de que el partido iba a ser suyo en cuanto alguna entrara. Lo hizo Mercado y el gol disolvió a los béticos e hizo creer a los sevillistas en lo que Sampaoli les había dicho en el descanso: «Hemos tenido mucha suerte de que no nos hayan marcado más goles. Ahora salgan a ganar». A partir de ahí, Betis desaparecido, silencios en la grada y los únicos gritos que se escuchaban ya eran los de los futbolistas del Sevilla. Porque no, no era un partido más. Y no se trataba de alcanzar el coliderato, sino de ganar en un entorno hostil al eterno rival. Y Sampaoli lo sabía, por ello celebró con los puños cerrados y yéndose el primero al vestuario el triunfo cuando Del Cerro Grande dio los pitidos finales.

Ese silencio tiene mucha historia detrás. No sólo es porque no hubo afición sevillista, aunque algunos seguidores se significaron en la zona de Preferencia, principalmente. Sino porque los aficionados verdiblancos asumieron como decepción que la ilusión por ver que el Betis de la primera parte era el del Barcelona se difuminaba al comprobar que el de la segunda era el de Granada. Ni exigiéndole a Víctor que respondiera a la reacción de Sampaoli. Ni siquiera protestó que el 1-1 llegara tras falta de Pareja a Sanabria no señalada o que el 1-2 se produce después de fuera de juego de Nzonzi. Una asunción de derrota que trasciende las justicias o injusticias en el baremo futbolero. El Sevilla era mejor equipo y así tenía que aceptarlo, para qué protestar entonces. De hecho, los últimos minutos los pasillos del Villamarín estaban llenos de gente desesperanzada, marchándose lo antes posible a sus casas para olvidar lo sucedido, para guardar en sus cajones esas ilusiones otra vez frustradas. Mientras, en sus casas, en los bares, los sevillistas saltaban y constataban que la superioridad evidente en los datos objetivos (68 millones de presupuesto verdiblanco contra 135 nervionense) se reflejaba también con su equipo a medio gas de tal manera que el supuesto desprecio de Sampaoli al derbi estaba hasta justificado por los hechos.

Del Cerro tuvo su cuota de protagonismo aunque éste se limita a la consideración que le dé el equipo al que le toque perder. Ni los béticos le señalaron por ver que en el reparto de las culpas la mayor parte se la llevaban los suyos. Unas manos de Pareja defendiendo a Ceballos, otras de Durmisi cuando cortó un contragolpe de Sarabia, que se iba solo… La falta de criterio al parar o no el balón con jugadores en el suelo. Y los errores ya contados. Conocido en los derbis, Petros fue su interlocutor pero no le creyó en sus acciones. Iborra le metió tensión en el diálogo. También la tuvo con los entrenadores, pero permitió que sus asistentes estuvieran atentos a Víctor y Sampaoli, que no pararon. A cada balón detenido, una instrucción. Incluso el argentino, con el 1-2 abroncaba a sus hombres para que regresaran pronto a su campo. Quería más.

No llegaron otros goles. Ya fue suficiente. Claudicó el Betis ante una versión apocopada del Sevilla. Calló frente a sus miedos, engordados durante más de una década ante un oponente que sólo tuvo que interpretar lo básico para llevarse los puntos, una vez más. Un elocuente silencio entre gritos aislados y puños cerrados, personal cabizbajo y lamentos sin respuesta. Un hasta luego dispar porque el derbi siempre cae de un lado y últimamente reincide en el mismo.

Mateo González

Mateo González

Jefe de Sección de Deportes en Diario ABC de Sevilla
Mateo González

@Matglez

Periodista / Journalist. Jefe de Deportes de @abcdesevilla, @AFDLP y @Orgullo_Nervion RT no significa estar de acuerdo
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