La prudencia ante el llamado «efecto Míchel»

Por  0:30 h.

El fútbol es un deporte, quizás como en la mayoría de los demás, que se presta mucho al análisis oscilante, al paso en semanas del blanco al negro, de lo bueno a lo malo, de ser el mejor a lo peor. En el caso particular del actual técnico del Sevilla, Míchel, quizás se ahonde en el mismo error.

Sin ánimo de restar méritos a la labor del preparador madrileño, cuya mano ha sido evidente en el cambio de imagen del equipo sevillista, tres victorias consecutivas no han de elevar nada a definitivo sobre las posibilidades del equipo en el campeonato, así como en las conclusiones a sacar sobre su capacidad de liderar el proyecto sevillista de la próxima temporada. No hay que remontarse muy atrás para ver cómo el «efecto Míchel» propiciado por las victorias ante Osasuna y Valencia (el primer partido ante la Real Sociedad no merecía analizarse por sus escasos entrenamientos al frente del primer equipo), se veía abocado al fracaso por los pinchazos ante Atlético de Madrid, ante el que se empató en casa, Sporting de Gijón, con el que se cayó derrotado ofreciendo una mala imagen, y Barcelona, cuya derrota, no por ser previsible, fue aceptable.

Tras esta serie de malos resultados se hablaba en medios de comunicación y en parte de la grada de esa famosa «bala gastada con el entrenador», de que el principal recurso que había para enderezar la temporada estaba agotado y había que pensar ya en un futuro sin la clasificación para competiciones europeas.

Nueva cara

Sólo han bastado siete días para darle de nuevo la vuelta a la tortilla. Tres victorias ante dos rivales de la zona baja, a los que había que ganar sí, pero de la zona baja al fin y al cabo, y un gran partido ante el Mallorca han bastado para hablar de nuevo de la resurrección del Sevilla. Los nueve goles cosechado ante estos tres rivales han dado un soplo de aire fresco al equipo, que empieza a confiar de nuevo en sus propias posibilidades, en su cualidades futbolísticas que, inexplicablemente, permanecían ocultas desde que arrancó el campeonato.

El propio Míchel ha reconocido en más de una ocasión, aunque es parte alícuota del mérito, que únicamente los jugadores podían cambiar el rumbo de la nave sevillista en ese deambular que tenía en la Liga. Pero quizás ese haya sido su gran mérito, volver a sacar lo mejor de los Jesús Navas, Negredo, Manu del Moral, Reyes o Trochowski, cuyo nivel andaba bastante por debajo de sus posibilidades. Ya el propio presidente José María del Nido apuntó en esa dirección en la semana previa al encuentro ante el Barcelona, y siguió presionando el martes en la visita a San Benito a los que «aún no han dado el 100% de sus posibilidades».

No se ciñe al trabajo moral únicamente el efectuado por Míchel y su cuerpo técnico. Su obsesión por el juego de toque rápido, velocidad en el juego, en las combinaciones y la explotación de las virtudes ofensivas, especialmente del juego por bandas, han propiciado un Sevilla más compacto en ataque y, al mismo tiempo, más solidario en defensa.

Pero no es bueno lanzar campanas al vuelo como bien demuestra la historia, y eso lo tienen en mente ya en el club sevillista, tanto jugadores, como técnico e incluso presidente. Los miembros de la plantilla ya proclaman y trasladan a través de sus intervenciones en los medios de comunicación el mensaje que Míchel también traslada en cada una de sus intervenciones públicas. El camino no está ni mucho menos hecho y el hecho de haber ido, a partir del encuentro ante el Barcelona cuando las competiciones europeas se veían lejanas, partido a partido, les ha funcionado y el guión no se va a salir de ese camino. Del Nido terminó de sumarse a esa doctrina al aseverar el pasado martes que «nos ha ido muy bien en las últimas jornadas pensando partido a partido, y lo único en lo que hay que pensar es en que vamos a San Mamés a disfrutar del fútbol».

Y es que la cita ante los pupilos de Bielsa va a ser una buena prueba para la evidente recuperación del equipo, y para terminar de creer en que Europa es una realidad plausible, y la Liga de Campeones, más que probable ante la caída del Valencia y la incertidumbre de Atlético y Levante.

El «cambio» con Manzano

El año pasado ya vivió una ilusión similar el Sevilla a las órdenes de Gregorio Manzano. Si bien no transmitía lo mismo que el conjunto de Míchel, el equipo del técnico jiennense arrancaba una buena racha de resultados desde la jornada 24, en la que estaba a doce puntos de la Liga de Campeones y cinco de la Liga Europa, hasta el final de Liga. Cuando concluyó el campeonato el Sevilla finalizó en quinta posición, clasificado por tanto para la Liga Europa y a tan solo cuatro puntos de la Liga de Campeones, objetivo primordial de la entidad. Aquella escalada no fue suficiente para ser vendida como un éxito y Gregorio Manzano no fue renovado como técnico del primer equipo.

En el contrato de Míchel ya va incluida precisamente esa cláusula. Si logra la clasificación para la máxima competición europea de clubes, la renovación por un año será un hecho. Si no lo logra, al igual que con Manzano, el club se reserva la opción de acometerla o no.

Sea como fuere, el favor del propio club, de la prensa y de la grada ya se lo ha ganado el madrileño. En las próximas ocho finales estará el destino del madrileño, que ya se siente como en casa y que quiere echar raíces en un club grande del fútbol español, aquello que Marcelino no logró.