Seis títulos en ocho años, y cuatro entrenadores

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Se cumplieron ayer ocho años desde que José María del Nido le tomaba el relevo en la presidencia al siempre sensato y prudente Roberto Alés. Fue el ya lejano 28 de mayo de 2002 cuando se hizo con las riendas de una entidad que había logrado recomponer su figura después de unos años convulsos en todos los frentes. En el apartado accionarial se trataba de encontrar una estabilidad generada por el buen gobierno de Alés. En el deportivo, tras sufrir dos descensos frutos de una nefasta gestión anterior, se había logrado ascender de forma holgada y una más que meritoria octava plaza en el retorno a Primera con un plantel más que modesto. Mientras que en tesorería, pese a la «economía de guerra» impuesta con buen criterio por su antecesor, se arrastraba una deuda considerable, tildada de «calderilla» por el presidente entrante que, no obstante, logró que su brabuconada de entonces no fuera tal con el paso del tiempo. Y todo sin necesidad de verse abocado a la venta del Sánchez-Pizjuán y el consiguiente traslado al estadio de La Cartuja, algo a lo que se opuso personalmente el todavía presidente, pese a que otros accionistas de mayor peso sí eran partidarios de tan impopular medida.

El modelo de gestión que comenzó a instaurar Del Nido no se vio coronado por el éxito deportivo en su primer año tras darle continuidad a Caparrós, pues la décima plaza alcanzada en la Liga recordaba a los tiempos en el que el «otro año igual» resumía el malestar de los seguidores sevillistas ante la mediocridad clasificatoria del equipo año tras año. Pese a ello se siguió confiando en el técnico utrerano y sí se apostó fuerte ese verano de 2003 con la llegada, entre otros, de los uruguayos Darío Silva y Hornos y del brasileño Baptista. Esa temporada concluyó con el equipo sexto y celebrando como un título la clasificación para la Copa de la UEFA. Todo ello después de que a finales de enero se hubiera puestos los cimientos para sanear el club con la venta por más de veinte millones de euros de Reyes al Arsenal.

El proyecto deportivo se apuntaló aún más en 2004 con fichajes como el de Renato, mientras que Baptista seguía marcando goles, ya apuntaba alto Daniel Alves e irrumpía como un ciclón Sergio Ramos. Mientras tanto el número de socios iba en aumento y ya se habían rebasado los treinta mil abonados, objetivo impuesto al acceder al cargo. El año del Centenario, 2005, se abordaba con ilusión y un profuso y ambicioso programa de actos. Se repetió clasificación para la Copa de la UEFA, pero esta vez el logro fue amargo porque se esfumó a última hora el meterse en Liga de Campeones y la plaza fue además para el eterno rival, que remató la faena alzando la Copa del Rey.

Semana después se estrenaba el himno del Centenario. La pegadiza composición de El Arrebato acompañó y se hizo popular con la llegada de los títulos. Éstos se alcanzaron después de que el temperamental Joaquín Caparrós terminara su ciclo e iniciase el suyo el frío y calculador Juande Ramos. A su plantilla se incorporaron de entrada jugadores de la talla de Palop, Luis Fabiano, Kanouté, Maresca o Saviola, mientras que el club hacía caja con las ventas al Real Madrid de Julio Baptista y, a ultimísima hora, Sergio Ramos. Lejos de resentirse, el equipo terminó de manera brillante en quinta posición en la Liga después de ganar la Copa de la UEFA, primer título continental del club y el primero que se alzaba desde la Copa de 1948.

Lo que ni el más optimista de los seguidores del Sevilla podría imaginar es que tras él se encadenarían cuatro títulos más en apenas quince meses. Con la Supercopa de Europa ganada por 0-3 al F. C. Barcelona en Mónaco se multiplicó el prestigio y la autoestima de un equipo que ganó solidez con la llegada de Poulsen pero que pinchó en hueso con la incorporación de Chevantón. Esa plantilla estelar en la que brillaban con luz propia los canteranos Jesús Navas o Antonio Puerta firmó la temporada más completa de la historia del club de Nervión, pues, además de sumar una UEFA más y la Copa del Rey, le peleó el título a Madrid y Barça hasta la última jornada.

La solidez de las estructuras sevillistas se puso a prueba meses después con la muerte de Puerta y la posterior marcha inesperada de Juande. El impulsivo y controvertido Jiménez logró enderezar el rumbo y que el equipo no faltara al menos en competiciones continentales. Al año siguiente, pese a mantener vivo el debate entre los aficionados, logró llevar al equipo a la tercera plaza. También apuntaba alto el proyecto del curso recién terminado, pero al de Arahal se le fue cayendo el equipo de las manos. Del Nido optó por destituir, por primera vez como presidente, a un entrenador del primer equipo y a Jiménez, tras fallar la apuesta de Aragonés, lo suplió Álvarez. Con éste al frente se logró acabar cuarto y rematar la faena en la final de Copa, lo que ha supuesto el sexto título sumado bajo el mandato de Del Nido en ocho años como presidente.