Marcelino, aquel futbolista sin suerte

Por  20:30 h.

Su prometedora carrera se torció muy pronto por las lesiones y otros infortunios. Nunca jugó en el Sánchez-Pizjuán. A los 28 años, cansado, lo dejó. Poco después, se puso a entrenar. Hasta hoy. El domingo recibe al Sporting, el equipo de su vida.

El próximo domingo visita el Ramón Sánchez-Pizjuán el Sporting de Gijón, equipo en el que se formó y jugó durante cuatro temporadas el actual técnico sevillista, Marcelino García Toral. Curiosamente, nunca llegó a disputar un partido en el estadio de Nervión. «Creo que estuve un par de veces en el banquillo, pero sin llegar a saltar al campo. Contra el Sevilla sólo jugué en El Molinón», recuerda Marcelino, quien recaló en Mareo, la brillante factoría de futbolistas del conjunto asturiano, a los 13 años. Siendo juvenil ya entrenaba con el primer equipo a las órdenes del mítico José Manuel Díaz Novoa, que le hizo debutar en Primera división cuando tenía 20 años. «Destacaba más por calidad que por ardor en el trabajo. Trataba francamente bien la pelota, pues tenía una gran técnica», destaca su descubridor, quien por aquel entonces no podía imaginarse que su pupilo, centrocampista caído generalmente a la banda derecha, terminara siguiendo sus pasos en los banquillos: «El futbolsita, cuando es tan joven, no piensa en otra cosa que en jugar. No creo que en aquella época ni siquiera él se hubiera planteado ser entrenador».

Los mejores recuerdos que Marcelino guarda de su etapa como futbolista se corresponden con sus inicios. En septiembre de 1985, poco antes de dar el salto a la máxima categoría, se proclamó subcampeón del Mundial juvenil que se celebró en la extinta Unión Soviética con una selección española en la que estaban, entre otros, Unzué, Lopetegui, Rafa Paz, Losada, Nayim, Ferreira, Fernando Colomer y Goikoetxea, y que estaba dirigida por el recientemente fallecido Chus Pereda: «Era una gran persona, muy alegre, risueña y optimista. Nunca perdimos el contacto. Siempre era de los primeros en felicitarme cuando conseguía algo. Pasé un mal rato cuando me enteré de su muerte, pues no sabía que estaba enfermo».

Comienzo esperanzador

Titular indiscutible en los escalafones inferiores del combinado nacional, Marcelino fue un prometedor futbolista. Las altas expectativas que había en torno a él quedaron confirmadas en sus comienzos como profesional. En su primera temporada con el conjunto astur ya jugó 11 encuentros, aunque su gran momento vendría en el siguiente curso (86/87), cuando disputó 33 partidos, siendo pieza clave en un Sporting repleto de gente de la casa —«el club era como una familia», aún celebra Díaz Novoa— que acabó la Liga en cuarta posición. «Fue un gran año, aunque no tuvo un final feliz, ya que me vi obligado a operarme de pubis». Aquellos problemas tardaron en desaparecer y frenaron el despegue de Marcelino: «La siguiente temporada, cuando tenía que consolidarme en Primera, la pasé entera infiltrándome. Jugué, pero apenas tuve continuidad, ya que cuando cogía el ritmo me veía obligado a parar. Tuve que operarme otra vez».

Lo peor, en cambio, estaba por llegar. Díaz Novoa se marchó al Celta y Chuchi Aranguren se hizo cargo del Sporting. Marcelino sólo jugó tres encuentros en Liga (100 minutos en total). «Me engañó. Rechacé ofertas de equipos de Primera porque me dijo que contaba conmigo, pero ahí están los números. Me hizo sufrir mucho y creo que aquel año prácticamente en blanco influyó muy negativamente en el resto de mi carrera», sentencia Marcelino, quien, al menos, sacó una importante lección para el futuro: «Aprendí que, siendo entrenador, nunca puedes engañar a un futbolista. Jamás lo haré».

Marcelino tuvo que buscarse la vida fuera de Gijón. Tras tanto tiempo sin jugar, sólo le llegaron ofertas de equipos de Segunda. «El Burgos me ofreció el doble de dinero que el Racing, pero preferí tirar para Santander», lamenta el técnico sevillista. «En la vida tienes que tomar decisiones, y cuando te decantas por una opción nunca puedes saber si has elegido la correcta o no». Esa temporada, el Burgos acabó ascendiendo a Primera, mientras que el Racing bajó a Segunda B. Pero su infortunio no acabó ahí: pudo haber seguido en Santander, pero prefirió continuar jugando en Segunda y se marchó al Levante, que también acabó descendiendo. Por contra, el Racing, en tres años regresó a Primera. «Cosas del destino… Esos años jugué bien, pero tu nivel termina siendo el del equipo en el que militas», concluye.

Para colmo de males, en sus últimos encuentros con el Levante empezó a tener problemas en la rodilla izquierda, aunque esto no le impidió firmar por el Elche. «Me lesioné el menisco. Aguanté bastante tiempo con dolor, hasta que me lo rompí y tuve que operarme», relata Marcelino, quien poco después, y tras haber estado casi un año parado al lesionarse el cartílago de la misma rodilla, se rindió: «Fue una lesión muy parecida a la de Javi Navarro. Creo que es la peor que puede sufrir un futbolista. Quizá podría haber seguido en Segunda B, pero ni deportiva ni económicamente me motivaba continuar. Había perdido la ilusión». Tenía 28 años, la edad en la que muchos jugadores alcanzan la madurez en su juego.

Pocos meses después de colgar las botas empezó a entrenar en Tercera división. «Pronto me di cuenta de que no estaba preparado para un reto así y decidí descender hasta juveniles». Paso a paso, fue hacia arriba. Del Lealtad recalón en el filial del Sporting. Su gran amigo Eloy Olalla se la jugó al darle los mandos del primer equipo gijonés. Lo salvó. Luego llegaron el Recreativo de Huelva, Racing de Santander, Zaragoza y Sevilla. Para el próximo domingo tiene una misión: ganarle al equipo de su vida, ése con el que nunca llegó a jugar en el Sánchez-Pizjuán.

"Me gustan los jugadores como el que fui, pero en una versión mejorada"

«Empecé jugando de mediocentro y, a veces, incluso lo hice de mediapunta, pero terminé casi siempre caído a la derecha», recuerda Marcelino, que reconoce que «no era el típico jugador de banda». «Me gustaba más jugar por dentro, salirme de mi posición», asegura. Dice que al entrenador que es hoy le gustaría contar con un jugador de las características del que él fue hace ya dos décadas, aunque, recurriendo a la humildad, «en una versión mejorada». Tarda varios segundos en encontrar un futbolista actual que, en cierta medida, se parezca a él. ¿Perotti? «Quizás… Eso sí, no tenía el desborde ni el uno contra uno que él sí tiene. Yo, en cambio, era un jugador que participaba más en la creación del juego», contesta el ahora técnico del Sevilla, quien no oculta que cuando se puso de moda jugar con un 5-3-2 empezó a pasarlo mal: «No destacaba precisamente por mi poderío físico y tuve que jugar de falso carrilero. Me quedaba siempre a medias de todo». Sus mejores recuerdos como futbolista son indiscutibles: el subcampeonato en el Mundial juvenil de 1985 y sus dos primeros años en el Sporting junto a gente como los hermanos Ablanedo, Eloy, Joaquín, Mesa, Jiménez, Cundi… Luego, todo empezó a torcerse.