Una copa con el espíritu de Al “Caracortada” Capone

Por  22:10 h.

Domingo 29 de julio

Visitar Chicago e irse sin ver nada del gánster más famoso de la historia, Al Capone, parece pecado mortal. Pero la ciudad en la que se hizo famoso durante los años de la «ley seca» quiere que al personaje se le recuerde en sus justos términos. Es decir, no como alguien a admirar sino a despreciar, aunque nada mejor que convertirlo en un souvenir sacaperras y para ello crear un museo en el que exponer desde su sombrero hasta la metralleta aquella con ensaimada de acero como cargador que usaban sus lugartenientes, como Franco Nitti. Pero el periodista busca algo más auténtico, un lugar en el que se pueda respirar el espíritu del gánster. En el hotel no me saben decir –donde vivía ya cambió de fisonomía y tampoco voy a ir a Hacienda para ver los papeles con los que lo enchironaron, que ya tengo bastante con la española—, pero el taxista que me recoge a las puertas del hospedaje me dan una buena idea: «Vaya al bar en el que se le podía encontrar casi siempre; sigue igual.»

Un cuarto de hora y 20 dólares más tarde la portezuela del taxi se abre y me deja en la acera de un barrio de arrabal, con tipos con no muy buena pinta cantando en la calle y varios borrachos apurando el licor de sus botellas. Frente a mí, Greeen Mill, que no es precisamente el Enrique Becerra de la calle Gamazo. Si desde fuera parece un antro, nada más cruzar el umbral nos convencemos de que no, de que es una caverna. Oscuridad absoluta que impide en un primer instante observar el origen de unas notas de jazz que, tras acostumbrarse nuestros ojos, vislumbramos que provienen de un piano que se encuentra tras la barra del bar. Toca un pianista ciego que, como Ray Charles, luce gafas de sol. La suya es música celestial. A la camarera, gordita y malencarada, le sienta tan mal que le pregunte si este es el bar preferido de Al Capone como que le pida una Coca-Cola. Lo mismo esperaba que entrara Bogart pidiendo un daikiri. El local atrae de lo viejo que es y de la atmósfera que lo envuelve. Como me dice un cliente que permanece sentado con un libro en las manos y oyendo la música: «Chico, estás en el local de jazz más antiguo de los Estados Unidos.» Blanco como la leche, flaco de ser puro pellejo, uno se pregunta si este personaje no estaba ya aquí cuando «Caracortada» Imageamenizaba las noches de Chicago con sus «fuegos artificiales». Me cuenta cosas interesantes, como que la barra, en su interior, es la puerta a una serie de pasadizos que en los apuros usaban los gánsters para escapar, apareciendo una manzana más allá de donde estábamos. La camarera, que no me quita la vista de encima, no parece buena cicerone para pedirle que me enseñe por dónde escapaba Al Capone y su cuadrilla, picadores incluidos, así que desisto. A la salida del bar tomo un taxi, y el taxista me pregunta qué hago por esos pagos. Le digo que he venido a «ver» a Al Capone. «Es peligroso venir por este barrio solo, amigo», comenta.

Alucinación acuática. En contraposición al lugar donde se asienta el bar de Capone, uno de los lugares más bonitos de Chicago es el Milenium Park. Allí se exponen unas estatuas de las que sale agua, que sirven de lienzo a caras humanas. Me dicen que son de personas que viven en Chicago y que se captarán quién sabe cómo y dónde. Cada cinco minutos aparece una nueva. Y hete aquí que me tengo que frotar los ojos porque me parece ver a José María del Nido. Me acerco y no, no es él. Hubiese sido de «Gran Hermano». El de Orwell, no el de Telecinco.

ImageJauja para el periodista. El trato que reciben los representantes de los medios de comunicación en Estados Unidos es fantástico. Si en el estadio de béisbol de los White Sox me dieron consideración de vip pese a ir sólo de visita, en el que había de jugar el Sevilla con el Toluca mexicano, el Soldier Field, todo fueron facilidades. Hasta siete personas había detrás de donde estábamos sentados los periodistas para resolver cuantos problemas se nos pudiesen plantear. Servidor quería menos «guardaespaldas» y fisgonear más, así que me encaminé hacia el ascensor. Y les presento a Jaime. Jaime es el ascensorista. Sentado en una silla te lleva a la planta que tú quieras. Me dice que cuando juegan los Bears –equipo de fútbol americano— se pasa cinco o seis horas subiendo y bajando. Confiesa que ya probó meter un pequeño televisor para entretenerse, pero la señal se pierde y no puede ver nada, así que adivina lo que está pasando en el campo de juego por el semblante que llevan los usuarios del ascensor.

Recuerdo que en el hotel en el que nos alojamos, en el The Drake, hay un sofá para sentarse en los ascensores. Lo que daría Jaime por tener uno aquí y echar una cabezadita de vez en cuando.

ImageDe lo más tranquilos. La seguridad en el estadio Soldier Field la lleva una empresa que se llama Monterrey. Y curiosamente conozco a dos de los vigilantes —siempre van juntos— que son de esa localidad mexicana. Se llaman Josué y Noel. Hoy están como de vacaciones. Cuando juegan los Bears el campo se llena por completo y hay que extremar las precauciones, pero al Chicago Trophy ha venido muy poca gente y Josué y Noel lo agradecen.

ImageLa bella y la Bestia.En la grada también se lo pasan bien la mayoría de hispanos que han acudido al partido. Una chica que se ha sentado en la zona de los polacos seguidores del Wisla de Cracovia enseña con orgullo su pancarta: «Sevilla F.C., te quiero.» Al lado tiene a un mexicano que se tapa la cara con una máscara similar a la que lucen los integrantes de ese paripé que es la lucha libre americana. La chica es bella, pero él parece bastante bestia.

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Redacción

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