En la arena escribí tu nombre, Sevilla

Por  10:18 h.

Allí donde Suker mandó a las olas el balón en aquel penalti famoso; donde el banquillo está habitado por un entrenador que sacó al sevillismo de la indigencia; allí donde el fútbol ha llegado a la parte nevada y luego ha descendido hasta el valle de la tranquilidad, el Sevilla volvió a pegar el puñetazo en la mesa.

No falla. Si el partido es decisivo, tres chicharitos y para casa. Los de Juande sólo se dejan ir cuando aún hay margen. Cuando la marea todavía está baja. Pero cuando cambian las lunas y el agua llega al pescuezo, el Sevilla es un tiburón hambriento, una máquina de triturar equipos. Competitividad. Esa es la clave. Juande es un estratega que ya quisiera Napoleón. Es un director de orquesta que supera al mismísimo Ataulfo Argenta. Pero su mejor baza está en el trabajo mental. El Sevilla compite como un animal. Como un león herido que quiere venganza. No deja pasar ni una. Muerde sin consuelo y sin respeto. Machaca al rival hasta hundirlo en la miseria. Y sólo necesita un cuarto de hora. En Londres, dos goles en un ratito. En Riazor, otros dos y a vivir, que son dos días. Ha convertido a Kanouté en un goleador con la misma contundencia con la que convirtió a Benjamín en un medio centro. Le ha dado a Hinkel su tiempo hasta que ha encontrado su sello. A Alves le ha puesto una pegatina en la frente con la palabra libertad. Mima a Jesús Navas como si fuera su propia madre. Ha demostrado por qué se había empeñado en Kerzhakov. Poulsen, Martí, Maresca y Renato juegan exactamente a lo mismo. Porque Juande Ramos ha ensanchado a este equipo mucho más de lo que el propio club podía pensar. No ha construido un once, sino un veintidós. Por eso está vivo en todas las batallas. Y tiene mucha pinta de terminar ganando alguna guerra. Lo de anoche en La Coruña es inapelable. A la mierda con la estadística. Con un equipo así no hay campos malditos ni bestias negras. Demostrado está. A esta hora, con este entrenador, la única bestia capaz de poder con el tiburón cuando sube la marea está dentro del propio tiburón. Es un ser presumido, altivo, pomposo, estentóreo y retumbante que se vanagloria de lo que aún no ha logrado. Mientras ese trasgo ronea sin límite, el tiburón está cantando en la playa de Riazor: “En la arena escribí tu nombre, Sevilla”. Pero, cuidado, que la canción continúa así: “Vino el mar y lo borró”. Ojo con las mareas, señor del “sí o sí”, que lo mismo se marea. Sssshhh. Cállese usted la boquita, hombre, que el fútbol es como el mar: igual que sube, baja. Pregunte por allí por La Coruña.

Redacción

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