Banega controla un balón ante el Betis (Foto: J. J. Úbeda)
Banega controla un balón ante el Betis (Foto: J. J. Úbeda)

Las dos palomas

Tras ver el partido, parece que queda claro que se trataba de que el no ser matara al ser
Por  11:30 h.

Tras ver el partido, parece que queda claro que se trataba de que el no ser matara al ser, de que la nada no dejara nacer la primera luz. Parecía aquella historia de la niña fea y mal vestida que, al ver que, en la fiesta del pueblo, no podía lucir como su bella vecina, al verla en la calle se dedicó a romperle las gasas, a mancharle el vestido, a despeinarla, a echarle barro en la cara, a golpearla… Fue esa triste máxima de “Fea yo, fea tú.” Fue tratar –y conseguir- de imponer el feísmo frente a la belleza latente que habita en algunas botas extranjeras en la escuadra del ser. Pero la escuadra del ser no quiere ser, o teme serlo, o se acompleja cuando necesita demostrarlo, o se acobarda, o se contagia de la fealdad que, como un espejo, se le coloca frente a ella. O no tiene a quien, desde la banda, le haga saber que es la belleza.

Cuando la escuadra del ser tiene enfrente botas que, salvo excepciones, son un ciego vuelo de hoces que valoran el rastrojo más que las espigas, la escuadra del ser no sabe cómo ir a la era a aventar parvas de las que lluevan granos de victoria. Se encoge, se acompleja. Y se contagió del jugar al no jugar, y así fue la cosa: un desjuego. El no ser, el romper el ser, que esa era la única consigna allí donde no hay mimbres para cestos de filigrana. Y el jefe de la escuadra del ser, que no es precisamente un valiente, que no es precisamente un ganador por el camino del primer golpe, no supo cómo salir de la maraña del no ser, cómo abrir las puertas cerradas con guadañas con tacos. Y pasó lo que pasó. El gol hubiese sido la injusticia en forma de premio, porque si un francés no supo y un ucraniano no se atrevió a poder –las únicas ocasiones de gol del partido, y todas en las botas de la escuadra del ser-, el gol hubiese sido una rareza que nada pintaba en la noche del desjuego, del desgol, del desfútbol. Un empate a nada que le dio la victoria a la incapacidad y se la dio a la cobardía. Me acordé de las dos palomas de Lorca: “…Por las ramas del cerezo / vi dos palomas desnudas. / La una era la otra / y las dos eran ninguna.” Pues eso.

Antonio García Barbeito

Antonio García Barbeito

Colaborador de Opinión