El delantero del Sevilla Llorente disputa un balón en el partido ante el Sporting (Foto: Raúl Doblado)
El delantero del Sevilla Llorente disputa un balón en el partido ante el Sporting (Foto: Raúl Doblado)

Lucecitas

Hubo momentos de danza carísima, cuando sobre la yerba bailaron las piernas de Reyes, Banega y Konoplyanka y nos dieron un curso de dibujo artístico con el balón cosido a las botas
Por  10:11 h.

Destellos, casi siempre tardíos y a veces engañosos. No, no es la firme luz deslumbrante, la firme luz entera que ilumina un gran tramo del camino y aun las veras. Son lucecitas. Por ser diciembre, podemos decir que son lucecitas mágicas, preciosas, de muchos colores, tantos como son capaces de pintar las botas de Konoplyanka –cuando Konoplyanka quiere pintar, que esa es otra-, el único capaz de convertir un partido de fútbol en algo parecido a un espectáculo de circo maravilloso. Lo demás, salvo excepciones que merecen sitio y a veces comida aparte, lucecitas. No hablo de las dos lagarteranas que tiene Banega en las botas, ni las dos bulerías que tiene Reyes.

Tuvo que llegar un batelero que tirara de aquel pesado barco que no acababa de romper en dos el agua asturiana de un Sporting que parecía haberse dejado los delanteros en el autobús; tuvo que llegar la artística eficiencia de un tío que lo tiene todo para ser de los mejores; tuvo que romper por la izquierda el ucraniano –y dejar que N’Zonzi continuara en el banquillo su sesteo de dos metros-; tuvo que llegar el talento para que el Sevilla recibiera en el área lo que nadie, salvo algunos envíos de Mariano, acababa de llevar. Hubo momentos de ballet, de danza carísima, cuando sobre la yerba bailaron las piernas de Reyes, Banega y Konoplyanka y nos dieron un curso de dibujo artístico con el balón cosido a las botas. Ahí, por ellos –como el otro día en las manos salvadoras de Sergio Rico, como otras veces por la entrega sin límites de otros-, luces de alumbrado de Navidad, gracia iluminada. Llorente arriba, solo como desesperado mascarón de proa, hasta que el ucraniano dijo dejen sitio a los cañones artísticos, a los centros medidos, a los disparos de genio. Y de vez en cuando, las piernas de Reyes y las botas de bolillos de Banega, afanado en sus especiales encajes.

Pero un primer tiempo de lucecitas de Nacimiento pobre, de aldea alejada, de candela donde se apagan los rescoldos. Lucecitas. En la estrategia de Emery nunca falta la agonía, el suspense de Histchcock, la asfixia del pánico. No discuto que sea un gran entrenador, digo que me ahogo con sus planteamientos. Ahora parece empeñado en dosificarnos las luces que tiene en sus manos. El sábado, tras un largo apagón de cuarenta y cinco minutos, le dio a la llave que encendió la luz más espectacular. Tiene faros hermosos, Vitolo, Llorente, Gameiro, Banega, Reyes… Pero cuando el ucraniano dice “¡hágase mi luz!”, las sombras salen corriendo. Por eso, hay que procurar que las lucecitas se queden para los Nacimientos y este equipo no se arrastre más por las sombras. Luz, más luz.

Antonio García Barbeito

Antonio García Barbeito

Colaborador de Opinión