Gameiro, durante el Sevilla FC-Villarreal (Foto: Juan José Úbeda)
Gameiro, durante el Sevilla FC-Villarreal (Foto: Juan José Úbeda)

Un gol

Es incuestionable la labor de Kevin Gameiro, ese francés de pocas palabras y muchos hechos
Por  14:17 h.

Es incuestionable el estajanovismo de un Kevin Gameiro que hace un año parecía condenado a ir muriéndose poco a poco sobre la yerba junto a la comparación de Carlos Bacca, y hoy es la bota de los goles y mucho más, la travesura que desarrolla la pícara habilidad de quien se agiganta con menos centímetros que casi todos los defensas con los que pugna. Es incuestionable. Falla a veces, sí, y es posible que falle goles que no falla casi nadie, pero también marca otros dificilísimos y, sobre todo, se entrega y sabe jugar y sabe ser generoso para que el fútbol sea algo más que un intermitente relumbrón de individualidades. Es incuestionable la labor de Kevin Gameiro, ese francés de pocas palabras y muchos hechos, que rara vez protesta, que no va a una guerra cuando en el área duelen los codos antiaéreos, que corre más que un balón desmandado, sabe controlar y ponerla donde hay que ponerla, y todo sin aspavientos, con una elegante y humilde prudencia. Es incuestionable. Y me alegro por él, y por el Sevilla, y por eso mismo, por mí. Con él en su estado natural, ese francés bajito que parecía condenado a morir de dardos de comparaciones, se ha convertido en la razón de olvido de un gran goleador como es Carlos Bacca. La labor de Kevin Gameiro, de sombrerazo. Digamos, mejor en este caso, de chapó. Y su partido de ayer, de número uno. En todo.

Incuestionable, Kevin Gameiro. Pero ayer al Sánchez-Pizjuán vino el gol soñado por las botas, por la grada, por cualquiera. El ucraniano Konoplyanka, que se pierde más que los paraguas, apareció para firmar un gol de los que se quedan a vivir, como escogidos, en la memoria de las videotecas. La tocó dos o tres veces, se la puso, miró la escuadra, escribió su remite y le dijo al cuero dónde tenía que clavarse, envío exprés, porte debido, firme aquí, recoja la mercancía. Golazo. Y golazo para encarrilar una victoria que supo mejor por lo que costó conseguirla –“…si para conseguir lo conseguido / tuve que soportar lo soportado…”-, que el descanso supo a duelo antiguo. Un gol, sí, pero qué gol. Pues ni ese gol le arrebata el cetro de la gloria de una tarde de luz a un hombre que cada vez que sale al césped parece que el club es suyo. Fèlicitations, monsieur Gameiro.

Antonio García Barbeito

Antonio García Barbeito

Colaborador de Opinión