Antonio Álvarez, durante su discurso
Antonio Álvarez, durante su discurso

A sus órdenes, Mariscal

Era un cinco de corte apolíneo, que salía de la cueva con elegancia de dandy...
Por  10:44 h.

Por aquellos tiempos, el patrón de la elegancia no era de Armani. Más que el diseñador italiano quien dictaba estilo, tendencia y moda en los campos de fútbol era un alemán de la retaguardia que con el balón cosido al pie y la cabeza levantada como el que pasea relajado, que se llamaba Franz Beckenbauer. Le habían dado el título de Kaiser. Por sus dotes de mando y su jerarquía intratable. Además marcaba goles. Era un cinco de corte apolíneo, en absoluto agropecuario, que salía de la cueva con elegancia de dandy y completamente seguro de lo que quería hacer con la vida del balón. Casi nunca lo asesinó. Todo lo contrario. Siempre en su dominio la bola vivió confortablemente, sin ser tratada como una esclava a puntapié y obligada a cumplir órdenes angustiosas. No hubiera sido un exceso compararlo con la Victoria de Samotracia. Pero se quedó con el titular que jalona su vida: el mejor central del mundo.

Algunos años más tarde nos llegó desde Alemania un chaval largo, desgarbado fiel reflejo anatómico de aquel dibujo animado llamado Lucky Luke. En Alemania, como tantos españoles, se demoró con la familia para convertir las migajas en pan y el futuro imperfecto en un presente continuo y satisfactorio. Allí estudió, jugó al fútbol y lo educaron como entonces se educaba en Europa a los muchachos. En la exigencia y en el respeto. Tanta educación acumuló de lo vivido en su casa y de lo aprendido en Alemania que, cuando empezaba a dar sus primeros garbeos por los potreros sevillistas, cada vez que el balón se disparaba del epicentro de acción de un corro o rondito, pedía disculpas y él mismo iba a recoger la pelota que, brava y en estampida, se había alojado casi en el banderín de córner. Hita, el expreso de Algeciras, supo de algunas excusas pedidas por el noveno dorsal de leyenda por un pelotazo involuntario.

Lo más cerca que estuvo el Sevilla de tener un cinco como Beckenbauer también le llegó de Alemania. No vino con los galones de un Kaiser. Pero sí con el charol, la elegancia, el estilo y la pulcritud de un Mariscal. En aquel fútbol donde la escuela indiana de los Iselín Santos Ovejero y Panadero Díaz habían impuesto un biotipo salvaje de centrales montoneros, a Nervión llegó la civilización y las formas. La cultura del norte y la elegancia de manual. Daba gusto verlo jugar. Dejó las patadas para los caballos del rodeo y los codos, para los estudiantes. Sus piernas largas y ancudas eran más las de un atleta de cinco mil metros que las de un dinamitero del área. Con aquellas piernas no jugaba al fútbol. Danzaba con la cadencia y armonía de un bailarín de clásico mientras daba la impresión que en la grada sonaba El lago de los cisnes. Sampaoli hoy lo tendría catalogado como un joyero y le habría entregado la confianza para considerarlo el dueño de la llave de la puerta de atrás. La llave del juego que se comienza a trenzar desde que el balón pasa del portero al defensa y se comienza a pisar la puerta de la calle del fútbol moderno. Ayer, entre viejos compañeros de profesión y fans irreductibles de su estilo y maneras, se llenó el antepalco de Nervión para asistir a su entrada en la leyenda nervionense. El número 5 que se convertía en el IX dorsal de leyenda de los dioses del olimpo sevillista. Un central tan elegante y virtuoso como la raya de un pantalón de fiesta como las que Antonio Álvarez solía brindarnos en Nervión cuando levantaba la cabeza, su zurda la obedecía y el balón llegaba a su destino limpio, reluciente, sin estridencias. Mariscal, seguimos a sus órdenes…

Redacción

Redacción