Sampaoli, en el Sevilla-Granada (Foto: J. J. Úbeda)
Sampaoli, en el Sevilla-Granada (Foto: J. J. Úbeda)

Adiós al comediante

¿A Rato vas a ir a venderle preferentes? ¿A Estepa a vender mantecados? ¿Y a casa Diego a vender cabrillas?
Por  9:55 h.

Hubo un momento en la temporada en la que vivimos el vértigo de viajar en una montaña rusa sin cinturones de seguridad. Un momento en el que todo lo que podía pasarnos era funesto y los ángeles de la guarda del amateurismo daban la sensación de que habían ido a la huelga. Estábamos caminando absolutamente solos. Tanto en lo deportivo como en lo institucional. Y las vibraciones que emanaban de la corteza emocional del cerebro sevillista eran tan inquietantes que muchos temimos que las estructuras del club, las famosas estructuras del club, cederían para hacerse escombros contra el suelo como si fueran las torres gemelas. Dicen que todo comenzó con la depresión de Leicester. Yo creo que estos apagones deportivos no vienen nunca jamás dados por una sola causa. Fue tal cúmulo de borrascas, una tras otra, que convirtieron el Paraíso del Pizjuán, tras una primera vuelta de otra galaxia, en una charca para sapos y salamandras.

Pero al final las estructuras dejaron a flote la nave blanca. Que ha cumplido sus objetivos de clasificarse, una vez más, para jugar entre los mejores de Europa. La Liga de las estrellas continental. La Liga donde cada pase de ronda es un taco de bitcoins y al que acceden solo los equipos que hacen las cosas bien. ¿Las hemos hechos bien esta temporada? No puedo quejarme. Pero si comparto esa sensación de desencanto que, pese a tan espectacular temporada, parece muy extendida en el sevillismo. ¿Y se puede estar desencantado con un equipo a un tris de superar los setenta puntos, que peleó por la punta de la clasificación y que tuvo una ventaja de nueve gañifantes como tercero sobre el Atlético de Madrid? Claramente que sí. Aunque en mi caso difiera de muchos palanganas a la hora de encontrar el origen de mi frustración.

Ni ser el tercero, ni aspirar a la Liga, ni pelear más allá de nuestras posibilidades en Champion fue para mí un asunto de honor que exigiera hacerse el harakiri para morir como un caballero samurai. En absoluto. Sé muy bien con los bueyes que aramos y sé también que hay cúspides que no están al alcance de nuestras botas y de nuestras cordadas. A mi lo que me abrió la barriga de parte a parte para que se escaparan todos los demonios de mi sevillismo fue la actitud de un entrenador que creyó que a Nervión se puede venir a vender milongas. Pobrecito. ¿A Rato vas a ir a venderle preferentes? ¿A Estepa a vender mantecados? ¿Y a casa Diego a vender cabrillas? Se volvió makandé el austral. La gestión insoportable de su fichaje por la AFA fue tan desleal, infecta y tóxica que le quitó la cabeza de donde tenía que tenerla y, si no se la quitó al cien por cien, sí que un buen porcentaje de su grado de atención ha estado lejos de Sevilla. Lo último ha sido saber que, aún con la Liga por clausurar, ha dado los nombres de los integrantes de su primer seleccionado que ha de enfrentarse a Brasil. Es para descojonarse: esa lista la ha elaborado estando en nómina del SFC. Ese ha sido para mí el vaso de vinagre que me amargó el último tramo de la Liga. El saber que nuestro amateurista nos ponía los cuernos como el más mariposero de los donjuanes, dejándonos en las sábanas de la alcoba, el perfume de la otra, que negaba siempre con ese don de palabra de vendedor de chanclas que tiene el dómine. Bajemos el telón de este comediante, tan buen entrenador como pésimo profesional con quien le paga, para proponernos no vivir más en la montaña rusa, ganar un ciclo de estabilidad deportiva e institucional y sentar en nuestro banquillo a un tipo que no se vuelva loco con el primer beso que le tiren desde un bar de lucecitas en la autopista. Somos un club escaparate. Lo sabemos. Pero no somos una ong para cada bocazas que nos llegue. La toalla y a la playa. Previo pago de la cláusula. Pese a todo el sábado se llevará mi aplauso. Un cuarto puesto con esa locura de fútbol desplegada se lo merece… por inverosímil.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión