Vitolo y Sampaoli reclaman una acción (foto: AFP)
Vitolo y Sampaoli reclaman una acción (foto: AFP)

Amateurismo

Vistan el muñeco como quieran, pero tras el disfraz elegido siempre quiero ver la cara sonriente de mi equipo triunfante
Por  10:36 h.

Existe en los hombres una irrefrenable tentación a idealizar el tiempo pasado, buscando entre las telarañas pretéritas el tesoro perdido de la juventud. La juventud tiene granos en la cara, un descontrol hormonal para triunfar en tres fiestas rave seguidas y una capacidad insobornable a creer en los mitos. A ese tiempo pasado que ubicamos en un supuesto paraíso perdido le adosamos todo tipo de doradas aventuras y venturas. Idealizándolo hasta extremos que, en algunos casos, reclama la terapia de un diván. El amateurismo futbolero de Sampaoli se ubica en ese territorio fantástico, mitológico sin dudas, que narrado con acento criollo le da la dimensión de una revelación borgiana, tan lúcida y seductora que necesitamos creérnosla. El hombre necesita creer. Y siempre resulta muy apañado creer en abstracciones puras. La del amateurismo futbolístico que él pregona con palabra mesiánica es una de ellas.

Pretender que el profesional recobre el placer de jugar como jugaba de pequeño en los potreros del barrio o en las canchas del colegio, donde lo mismo se jugaba con una naranja agria que con una pelota gorila, es realmente conmovedor. Y también estimulante. Sampaoli sueña con un fútbol de centrocampistas donde uno de ellos lleve guantes. Lo que expresa su capacidad de ensoñación y, quizás, también el grado de rebeldía. Introducir esos conceptos en un futbol mecanizado y sujeto por la camisa de fuerza de los resultados no deja de ser una juvenil ingenuidad. Pero son los jóvenes los que suelen cambiar el mundo. Yo soy más pragmático. Quizás un ejemplo poco edificante a seguir. Pero me transmite más seguridad las evoluciones que las revoluciones. Y hasta que no se demuestre lo contrario, se va al fútbol para disfrutar y para ganar. Nunca he visto en el Sánchez-Pizjuán a nadie poner en duda la propiedad privada. Sobre todo la del balón. Y más cuando era conducido por Banega o por el capo Maresca. O por el brasileño que jugaba vestido con un frac: Renato Dirnei. Nasri también anda empeñado en ese afán. Sea bienvenido.

El amateurismo que predica el sampaolismo es un atractivo tema de conversación para el asado o el café que cierra la comida entre amigos. A mi me encantaría meter oreja en una de esas charlas caudalosas, amazónicas casi, que deben ser moneda corriente en el equipo que él comanda. Entre esas charlas y las de Lotina, por ejemplo, deben de abrirse brechas geológicas. Fallas tan insalvables en lo conceptual y lo sustancial tan ásperos como los mares secos y polvorientos de la luna. Quiero decir, sin ánimo alguno de faltar a nadie, que me embelesa más la música que propone Sampaoli intentando rescatar el placer de jugar barrio contra barrio desafiando un banderín y una caja de cervezas que el bocinazo del autobús que Lotina conducía para atravesar insufribles paisajes futbolístico. Pero que nadie me mal interprete. Hablo de amateurismo como argumento de debate, de charla, de estimulante tertulia. Para jugar al fútbol me quedo siempre con los que ganan dentro y fuera de casa. Ya sea con un equipo ilusionado por correr tras un balón como lo hacían de pequeño en el colegio. O con un equipo tan extremadamente profesional que no comete ninguna ingenuidad a lo largo de 90 minutos. Vistan el muñeco como quieran. Pero tras el disfraz elegido siempre quiero ver la cara sonriente de mi equipo triunfante. Lo demás sirve para intelectualizar el puntapié.  Y darle un barniz de exquisita excelencia universitaria al codazo en la cara defendiendo un corner. Solo quiero ganar. Por lo amateur o lo profesional.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión