Nzonzi y Muriel durante el entrenamiento del Sevilla en Old Trafford (Foto: EFE)
Nzonzi y Muriel durante el entrenamiento del Sevilla en Old Trafford (Foto: EFE)

Sevilla FC: Aviones plateados

Hay que llegar a la capital de la revolución industrial para que los sorprendamos con la máquina más revolucionaria que dieron los tiempos
Por  10:17 h.

Aunque la paella del sábado aún os siga dando ardores; aunque algunos de vosotros tengan pesadillas con Rodrigo y Kongdobia y los veáis convertidos en murciélagos tenebrosos chupando la sangre de la felicidad; aunque algunos de ustedes, futbolistas de blanco y rojo, de gladiolos y amapolas, tengan el ánimo tan destruido como un zapato viejo, nunca, nunca, nunca os rindáis. Eso le está vedado, prohibido, a los que se visten con la camiseta de mi club. Podéis dejar de ganar. Podéis sentiros como mendigos. Podéis regresar muertos sobre los escudos como regresaban de la guerra los espartanos abatidos. Pero nunca, nunca, nunca mostréis ni debilidad ni temor. Ni ante una escuadra más poderosa que la de Jerjes. Ni ante un ejército tan costeado como el de Mourinho. La cabeza más alta que nunca. Los colmillos tan criminales como los del tiburón blanco. Las piernas ajenas a los temblores. Y en los ojos la sangre tan abundante que os tomen en el campo por aliens venido del mundo de los muertos. Solo los que son capaces de regresar del Hades alcanzan la categoría imperial de dioses. Nunca, nunca, nunca se rindan. Eso para los espíritus menores. Para mandíbulas de cristal. Para hombres que anteponen la desvergüenza al honor. Mueran con las botas puestas. Y si es posible, matando a los ricos. A los que han convertido el fútbol en una sesión de bolsa. Sacad vuestro coraje. Y metedles el miedo en el culo a los leones. A veces las batallas no la ganan las fieras. Sino los cazadores más listos. Como hizo Ulises con Perséfone en la isla de los muertos.

Vais en el peor momento del año a enfrentaros con el enemigo más poderoso de la temporada. Con la mirada triste por un sábado de amarga horchata. Y muy pocos confían en vuestras naves, en vuestros arqueros y en vuestra infantería. A ver que yo me entere: ¿cómo vais a la isla? ¿Cómo esclavos emocionales reducidos por la cadena de la depresión? ¿O vais como legionarios encastados que, tras sobreponerse a una derrota, no dejan de ganar terreno hasta encontrar las águilas y las banderas que les robó el enemigo? Nunca, nunca, nunca se rindan. Jamás cedan en nada. Por pequeño o grande que sea. Salgan a la pelea como si estuviera en juego el gran cinturón de los pesos pesados. Vistan de blanco pero piensen como esos negros que saben que si no le doblan las rodillas a sus adversarios no podrán regresar al barrio en un descapotable rojo escuchando hip-hop y sintiéndose el rey del mundo. Salgan a que les cueste respirar. A que les cueste entender por qué peleáis como locos enardecidos. Salgan a que les demos tanto pavor que crean que sois soldados reencarnados del gran ejército de Gengis Khan. Aquellos que jugaban al futbol en las estepas mongolas con las cabezas cortadas de los chinos que quisieron frenar su ambición.

Olviden lo del Valencia. Pasó. Ahora nos toca traspasarles la derrota a otros. Bebernos su vino y disfrutar de una mesa de risas y parabienes. Hay que colarse en esa fiesta con Mecano o sin Mecano. Hay que llegar a la capital de la revolución industrial para que los sorprendamos con la máquina más revolucionaria que dieron los tiempos: la que convierte los sueños en victorias, la que hace botones dorados para chamarretas invictas, la que es capaz de convertir la melancolía en una euforia que se sacia con copas de plata. Esa máquina la tenemos nosotros. Y es imposible tenerle miedo a manejarla. Nunca, nunca, nunca se dijo nada de los que se rinden sin pelear. Pero óiganme bien: no habrá una oportunidad mejor en lo que nos queda de fútbol para reivindicarnos como lo que somos ante una escuadra que desfila sobre alfombras de libras. No hay nada que me motive más que tenerlo todo en contra y robarle la tostaita al todopoderoso inglés…en un martes 13. Encima en un martes 13. Para regresar a Sevilla sin pasar por el aeropuerto, con los brazos extendidos, alegres como niños, como cuando jugábamos a volar en nuestra feliz fantasía en aviones plateados…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión