José Castro entrega a Enrique Montero el X Dorsal de Leyenda del Sevilla FC (Foto: SFC)
José Castro entrega a Enrique Montero el X Dorsal de Leyenda del Sevilla FC (Foto: SFC)

El catedrático de Bellas Artes

(A Don Enrique Montero, dorsal de leyenda)
Por  9:56 h.

Llevaba la sabiduría de su cátedra en una cabeza sin birrete pero con melenita a lo Camarón. Y su toga era tan blanca como la elástica con la que se hizo futbolista en una de las escuelas más grandes de fútbol que saborearon las gradas: la sevillana. Cuando era la alegría de nuestro fútbol sonaban en las caseteras canciones como las de los Rolling, Phill Collins, Bruce Springsteen y Olivia Newton John. Pero para mi la banda sonora de su vida futbolística se la debió escribir Tracy Chapman. Ya les diré por qué. Ahora sigo intentando encajar la excelencia de su sabiduría en el canto de un futbolista legendario. Y si llevaba la sabiduría en una cabeza sin birrete, el catedrático llevaba en su alma la biblioteca universal de las Bellas Artes. Que él, por encima de la Física y la Química, de la Filosofía y la Historia, dominaba como un maestro renacentista. Si hubiese nacido en Florencia su pintura brillaría en la galería de los Ufizzi. Y nunca Buonarroti dominó las formas y los volúmenes de sus estatuas como él. Hubo defensas que se quedaron de piedra con la azuquita de la cintura de don Enrique. Y porteros que le hicieron la estatua a algunas de las parábolas que dibujaron sus balones con hambre de escuadras. Algunas de esas estatuas quedan por ahí aún clavadas en la memoria móvil de las videotecas. Como si fueran los remedos de la de Colón en la ría de Punta Umbría. Mirando hacia el oeste y descubriendo su propio drama deportivo.

En esa facultad donde la Física y la Química se conjugan con la Filosofía y la Historia, lo que en realidad dominó el catedrático fue, como digo, las Bellas Artes. Porque no ha habido muchos peloteros tan artistas, tan tocados por el dedo del creador y tan envidiado por la legión de chusqueros que nunca comprendieron que al balón no se le pega, se le habla y se le acaricia. Como a un niño al que hay que civilizar. Y luego dibujarlo en trayectorias inverosímiles, imposibles de entender con las dimensiones conocidas, dándole muchas veces a sus quiebros el movimiento de las obras de Marinetti. Eso es lo que don Enrique Montero hacía cuando saltaba a aquel Nervión de los ochenta, ufano de su histórico pasado y triste de su presente continuo, pese a llegar a combinar delanteras como la de Scotta, Montero y Bertoni. Hay por ahí avatares que tienen la foto de estos tres grandes del sevillismo como icono de su identidad en las redes. Y cada vez que la veo no puedo dejar de acordarme de la cantidad de seda cara que tejía el manto de aquel equipo para que le luciera con tan limitada generosidad en los triunfos. Don Enrique, el catedrático de Bellas Artes, no chillaba ni gesticulaba. No era un profesor que se llevara bien con el liderazgo de una cátedra construida sobre la testosterona y la iracundia. Hoy posiblemente no hubiera tatuado ninguna parte de su cuerpo. Y mucho menos habría prestado su boca para convertirla en una chancla parlante. Iba, como el poeta, del corazón de su fútbol a sus asuntos. Y en lo que algunos vieron frialdad yo vi esmerada elegancia. Tanto que, muchos diluvios después, solo llegué a ver un destello de su dandismo deportivo en dos jugadores top: Andrea Pirlo y Renato Dirney. Dos gentleman sin monóculos pero con botas tan brillantes como el charol.

Les decía más arriba que la banda sonora de la vida deportiva del catedrático se la debería haber escrito Tracy Chapman. Una chiquita negra de los ochenta que cantaba hasta conmoverte. Chapman, compuso una triste canción cuando escribió Fast car. En una de sus estrofas cogía aire y respiraba algo de optimismo. “Tu brazo me llevó a sentir bien rodeando mi hombro/ y tuve un sentimiento/Sentí que podía ser alguien”. Así, sintiendo eso mismo, con la mano sobre el hombro del colega de siempre, salíamos del Pizjuán cuando el catedrático nos había pintado una maravillosa puesta de sol brindándonos dos fintas en carrera que eran puras bulerías. Como las que bailaba Dieguito el de la Margara. Así fue todo hasta que, Ruesga Bono, llegó a la redacción del periódico con una serie de fotografías brutales de aquel Carranza que fue el Pozoblanco del catedrático. Aún las tengo grabadas en la cabeza y me provocan pánico. Yo era por entonces un becario abierto hasta el amanecer. Justo aquella noche del Carranza, el catedrático perdió su billete a Oxford. Y yo y mi colega dejamos de sentir que podíamos ser alguien, porque nos habían robado el sentimiento…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión