Coke posa con las tres copas de la UEFA Europa League conseguidas en el Sevilla FC (Foto: P. Pintinho)
Coke posa con las tres copas de la UEFA Europa League conseguidas en el Sevilla FC (Foto: P. Pintinho)

Coke, allí no hay caracoles

La marcha de Kevin fue un contratiempo; la de Coke un lote de llorar
Por  15:51 h.

Cuando se esgrime lo de escudo, bandera y afición sabemos que esos tres mandamientos no son de obligado cumplimiento para el que viene de fuera, para el que ni mamó sevillismo en los potreros de la carretera de Utrera, ni se sintió como una toalla tirada en mitad de un vestuario desolado cuando la depresión de Oviedo, ni se le escapará jamás una lágrima de emoción aunque el himno del Arrebato lo toque el acordeón de un rumano. Eso lo sabemos y nadie en la tierra de Nervión, esa patria cosida por una historia con jirones rojos y palios blancos, se lo exige a nadie. De ahí, consecuentemente, que no haya un palangana al que le guste el teatro del beso al escudo, el mordisco a la camiseta o la declaración de laboratorio cuando ponen el pie por vez primera en el club y proclaman que vienen al equipo de sus sueños. Aquí nadie se chupa el dedo. Sobrentendemos, con la calidad que el tiempo le confiere a la experiencia, que eso forma parte del espectáculo, como en el boxeo, durante el pesaje de los dos gladiadores, se enzarzaban con bravuconadas picantes, llamando, por ejemplo, Alí a Frazier Tio Tom. Pura pirotecnia artificiosa para embravecer los ánimos de los espectadores y poner el no hay billetes en donde se venden las entradas.

Pero de vez en vez llegan algunos tipos especiales. Gente que parecen que nacieron en San Juan de la Palma y se bautizaron delante de la Amargura. Gente que empieza a vivir el club y por el club entran en Sevilla y se hacen más de aquí que la caló. Son pocos. Pero son los mejores. Los que de verdad besaron el escudo como si fuera la boca de su amor más deseado y los que se rompieron los dientes como solo se rompe una la camisa cuando la bulería te ha dado una patria y con ella una bandera, una escudo y una afición que te quiere y te adora. Ya digo que son muy pocos. El resto es una necesaria y profesional legión de atletas que no están obligados a persignarse delante del escudo ni a purificarse con la ceniza en la frente de nuestros recuerdos. Son profesionales. Y solo se les pide que lo sean. Y se van como vinieron. Como se cambia un maniquí de un escaparate. Sin mayor emoción ni discordia. Sin levantar siquiera su despedida un espejismo de emoción. Un fuerte apretón de manos, un educado adiós y mucha suerte para el futuro que ningún sevillista de bien puede negarle al que, como profesional, lo dio todo por el club.

El mismo día que Kevin resolvió el jeroglífico de su marcha se anunciaba también la de Coke Andújar al Shalke. Y el sevillismo comenzó a sentir un dolor agudo en el corazón. Kevin pudo inspirar algún rictus de desaprobación en muchos palanganas. No más que un pequeño contratiempo. Pero las lágrimas las arrancó el desguace emocional que nos producía en las entrañas el adiós de uno de los que, viniendo de lejos, se nos puso tan cerca que él y nosotros llegamos a ser lo mismo, de la misma familia. Se iba el vallecano que se enamoró de la calle Regina, de la hija de uno de nuestros más finos estilistas y de los caracoles de la calle Feria. Se iba uno que ganó tres copas de la Uefa seguidas, que era capaz de meterle pasión y religión en los vestuarios a los más despegados legionarios de las tropas auxiliares y que, pese al vitriolo con el que algunos quisieron destrozar su compromiso, jamás flaqueó a la hora de creer en sus posibilidades y en las de un Sevilla triunfante. No nació en la Candelaria. Ni tampoco en el Polígono. Pero daba la impresión de que, como Pablo Blanco, nació en la calle Feria. Y que era más blanco que la túnica de los de la Amargura. Su marcha deshace un mito. El que George Best fuera considerado el quinto Beatles. Mentira. El quinto peluso se llama Coke Andújar y le enseñó a Liverpool cómo canta Nervión una noche como la de aquel día o un yesterday tras su marcha. Nos quedamos, como le dijo Monchi, sin tu corazón, tan grande como la Plaza de España. Y con esa resaca que te deja un amor descarrilado. Ve y triunfa. Pero que tu sepas, Coke de mi vida, que en Alemania no hay caracoles…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión