Los jugadores del Sevilla celebran uno de los cuatro goles marcados al Betis en la primera vuelta
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Consorte de la suerte

"Una suerte que se mide en copas de plata y no en jardazos por el ascensor hasta el sótano"
Por  1:57 h.

Desde el otro barrio, por donde el palmeral y el oasis, nos llegan las voces lastimadas de los heridos por la envidia. Es un lagrimeo torrencial, como un monzón preñado de tristeza, que inunda los callejones de las tabernas donde los compadres esperan ver el sol del próximo sábado. Casados y solteros, leones y gatas, herrerianos y costumbristas coinciden en definirnos como consortes de la suerte. Y a mí eso me hace temblar de placer. La suerte nos eligió a nosotros y no a otros; la suerte vio lo que andaba buscando y se encolleró con Nervión; la suerte nos dio su flor, su bosque, su selva natural para purificar nuestra vida y alejarnos del peligro de un calentamiento global donde los desafortunados se asan en la parrilla abrasados por la frustración. La suerte es blanca. Y blanca juega contra el verde. En esa ruleta siempre vamos de mano, con la mano extendida, enseñándola al público que la saluda con la otra mano, manos limpias, manos mágicas, manos bañadas en agua de la suerte. Mucha suerte denuncian. Más suerte quiero. Porque en esa estrella rebrilla la fortuna y condena al bajío a los que de ella están desposeídos, sin ropas y con llagas, hambrientos de que alguna vez lo quieran y lo amen como a nosotros nos mima tan dulce señora.

Tenemos la suerte de tener a la suerte con nosotros. Una suerte que se mide en copas de plata y no en jardazos por el ascensor hasta el sótano; una suerte que se mide en triunfos encadenados y no en cadenas de fantasmales divisiones; una suerte que lo mismo nos besa en el minuto 1 que en el 93 y que, a los dolientes del oasis, les rompe la última camiseta que compraron en el mercadillo para festejar una imposible victoria del Molde. Hemos roto el molde de la perfección y lo hemos tirado al río. Somos la suerte de enfrentarnos a la Juve y no al Yintoni de Burdeos; somos la suerte de jugar contra el City y no contra el Lokomotril del mosqueo; somos la suerte de tener una defensa rota, un goleador emigrado, un equipo tres veces desarmado y otras tantas activado y, aún así, esa suerte sigue acompañándonos para darnos la miel y a otros la hiel. Somos tanto que no hay cifras universales que puedan cuantificarnos. Somos los reyes. La corona nos pertenece. Con suerte y consorte.

Hace unos días se cumplieron los cien años del nacimiento del muchacho de los ojos azules. De la Voz. De un vitalista incorregible que amaba y cantaba cosas tan hermosas como llévame a la luna o tú me haces sentir tan joven. Sinatra. Otro tipo con suerte. Que cantaba como los canarios pero en realidad el que cantaba bien era el perro de don Manué. Sinatra era otro tipo con mucha suerte. Solo era eso. Suerte. No era nada meritorio ni la elegancia de sus formas, ni el timbre de su voz, ni la pinta de machote con la que te decía: en otras palabras, sujeta mi mano y bésame cariño. La mano de este sábado la llevamos repleta de suerte. Esa que otros denostan y no quieren. Para que, con Sinatra o Michael Bublé, me pueda sentir tan joven cuando en el minuto 93 la suerte, otra vez, se vista de blanco. Sí hermanos, tenemos una suerte brutal. Porque otros no la quieren. Con lo bonito que lucen cuatro paragüeros de la suerte en cada esquina de mis sueños.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión