Estadio del CD El Palo
Estadio del CD El Palo

Cruz de navajas

En los estadios de fútbol, en los grandes y en los más pequeños y de modestas divisiones, la violencia más gratuita es moneda corriente
Por  10:40 h.

En un pedregal de no se qué división, donde las ilusiones por ser futbolista se fracturan con la misma cotidianidad que los tabiques nasales, un pretendido aficionado saltó al campo para asestarle dos navajazos a un jugador adversario. Ha pasado en Málaga. Como podría haber pasado en cualquier otro lugar de Europa. Si quiere acercarse a la realidad de lo que le digo, experimente de forma personal. Y marche, cualquier fin de semana, a uno de los muchos campos de divisiones menores, donde no solo se practica fútbol; también se practica la caza al árbitro, la persecución al linier y la trompada colectiva al joven chaval que la grada decreta como enemigo público al que hay que ajusticiar. Al que hay que crucificar con una cruz de navajas. Como acaba de ocurrir en Málaga. Ante la estupefacción de unos pocos. Y la silenciosa respuesta de la mayoría de los estamentos federativos, sociales y políticos. Ya saben que estas cosas siempre se zanjan de la misma manera: los malos siempre son unos pocos. La mayoría es una masa educada, pacífica y deportiva.

Claramente. ¿Se imaginan lo contrario? ¿Se imaginan que la mayoría de los espectadores fueses adictos al navajeo, al insulto intimidante y a la coz asnal al mejor jugador del otro equipo? No deja de ser un insulto a la inteligencia el mantra repetitivo con el que se salvan o se intentan salvar estas peligrosas y demenciales situaciones: Son unos pocos, son los de siempre, una minoría no representativa de la afición…Dicho lo cual, todos nos creemos benefactoramente engañados y apaciguadas nuestras conciencias. Protegidos por la palabra del dios menor que la pronuncia. Hasta que un día el hijo que llevas al fútbol lo mata una bengala. O el hijo que juega en el equipo del pueblo recibe una paliza camino de los vestuario porque, simplemente, le hizo tres goles seguidos al equipo de casa. Pero la realidad es otra. La realidad es que en los estadios de fútbol, en los grandes y en los más pequeños y de modestas divisiones, la violencia más gratuita es moneda corriente, un desinhibidor de uso tópico que se ríe, se celebra, se jalea, se condecora y cohesiona un estado de opinión colectivo bendecido por la intimidación, la agresión brutal y el salvajismo como norma de conducta. Eres un outsider en ese ambiente si pretendes actuar con deportividad y educación.

Ha visto en campos de polvarea cómo la gente va al partido a insultar simplemente al árbitro por el hecho de que es árbitro. He visto en pedregales perdidos en las divisiones subterráneas cómo los mismos padres de los jugadores los animan a partirle una pierna al contrario para que no coja más la moto por el extremo; he visto por potreros del Aljarafe cómo algunos espectadores llevaban bosta seca de caballo o vacuno para arrojársela al equipo arbitral al termino del partido. Y, en fin, he visto tanto odio sin sentido y tanta afilada visceralidad banal que, frente a los que dicen que esto es cosas de uno o de dos, yo los desmiento diciéndole que es una epidemia colectiva. Una epidemia social que se manifiesta en cualquier aspecto de la vida más cotidiana. Y que hoy por hoy una cruz de navajas te puede mandar al hoyo para convertir tu boca abierta en un hormiguero por cualquier cosa. Por una discusión de tráfico. O por un partido en un pedregal malagueño. El problema no es el fútbol. El problema somos usted y yo. Que  hemos hecho de cualquier cosa una excusa para justificar la muerte del pianista y el derecho mafioso de ayudarnos con la recortada. Un verdadero horror.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión