Sampaoli, en Turín
Sampaoli, en Turín

Sevilla FC: cuenta nueva

El año pasado, el Sevilla fue convicto del crimen de la cobardía en Turín; los nuestros se hicieron enanos desde sus complejos
Por  10:35 h.

Todo es nuevo. Diferente. Distinto. Pero los objetivos son los de siempre. Eso nunca cambia. Jamás varía. Porque Nervión ha convertido una palabra en leyenda para su escudo y un sentimiento en el abecedario de plata de su libro sagrado. La palabra es ganar. La leyenda: dicen que nunca se rinden. Por ahí fuera, lejos de nuestra nación nervionense, le temen a esas dos constantes como los gremlins al agua. Saben que no es retórica. Que no es palabrería barata. Que no jugamos con los conceptos innegociables que nos sacaron del arroyo para elevarnos al top del futbol europeo como potencia emergente. Ganar y no rendirse nunca. Saben que a esa orden sacamos los dientes, apretamos los puños y cansamos, por la incondicionalidad de nuestro compromiso y el volumen escrotal de nuestra raza, a las estatuas de piedra o a las defensas más hormigonadas que nos pongan por delante. Somos como el martillo sobre yunque. Como la marea sobre la piedra. Como el aire sobre la arenisca. Incansables. Y capaces de moldear con la fuerza y constancia de nuestro carácter el hierro, la piedra y la roca. No esperen nunca de esta forma de ser las hechuras de una muñeca de plástico. Esperen siempre una obra de arte que conecta a nuestros hombres con la divinidad. Somos de otra forma.

El año pasado estuvimos en Turín. Y nos olvidamos el libro donde están pintadas en rojo y blanco estas consignas: ganar y no rendirse nunca. Y me dio vergüenza de mi equipo. Salió con la guardia baja y con los ojos nublados desde el principio. Entregado. Esposado. Convicto del crimen de la cobardía. Manso como una vaca india. Como un peluche de seis de enero. Es verdad que arrastrábamos las secuelas del fuego amigo de aquellas viriasis y lesiones que el equipo del vasco tuvo que afrontar en una agónica cadena de contrariedades. Es verdad. Pero lo que no es mentira fue que los que salieron a la grama del estadio de la Juve no compitieron. No metieron la pata ni para equivocarse. Y aquel partido donde tantas cosas empezaban a medirse en nuestro rule europeo dejó la bandera de nuestra euforia a media asta. No porque la Juve fuera inaccesible. Sino porque los nuestros se hicieron enanos desde sus complejos. Los límites no te los pone nadie. Solo tú eres dueño de tu grandeza o de tu insignificancia. Allí fuimos una banda de catetos muy insignificantes.

Hoy lo que se le pide a este equipo que ahora empieza a resucitar mariposas de colores en los estómagos de sus fieles es que no olvide sus santas palabras fundacionales: ganar y no rendirse nunca. Con eso le das la vuelta al mundo, te colocan una corona de laurel en la cabeza y te hacen rey de reyes. Todo lo que hemos conseguido ha sido a base de no olvidar nuestros principios fundacionales: la raza y llegar hasta el final empuñando con coraje la espada que nos da el honor o la victoria. Luego la fortuna nos hará salir por la puerta de los muertos o de los triunfadores. Pero no sin antes haber dejado sobre el suelo alpino de Turín un chaparrón de coraje, de pelea y de militancia que ruborice a los ricos. A los que se creen que en la vida lo hace todo el dinero de los fichajes y el respaldo industrial de una ciudad en el taco. A todo eso se le da la vuelta si somos lo que somos, si sabemos que la corona es nuestra y que las legiones de Nervión pelean hasta el final porque solo nos alimenta el triunfo y la contienda. Lo demás es comida basura. Plástico con sabor a carne de vaca loca. Hoy nos espera Turín. Un castillo fantástico para que lo asalte la enloquecida maquinaria de Sampaoli y, después, para celebrar el bautizo de la competición. Mirar a los Alpes y gritarle: pa montañas el monte Gurugú. Y para equipo este que nunca se rinde…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión