Imagen de la grada de Gol Norte en el Sánchez-Pizjuán en la vuelta de los cuartos de final de la Copa del Rey ante el Atlético de Madrid
Imagen de la grada de Gol Norte en el Sánchez-Pizjuán en la vuelta de los cuartos de final de la Copa del Rey ante el Atlético de Madrid

Dentro de unos años

Hoy no valen ni excusas, ni perdones, ni disculpas, ni más bosta mediática
Por  10:20 h.

Lo dejó escrito por alguna parte Mark Twain, el escritor que mejor recreó la atmósfera del Missisipi y nos dejó, para la fantasía desbordante de nuestra infancia, personajes como Huckleberry Finn, Tom Sawyer, el esclavo Jim… Dejó escrito, sin pensar en el Sevilla Fútbol Club, que lo que no consigas hacer hoy, dentro de veinte años te lo reprocharás para toda tu vida. Algo así. No es exacta la cita. Pero puede resumirse en esos términos. Lo que no hagas hoy, dentro de veinte años te dolerá tanto, te lo reprocharás de forma tan lacerante que el vino de tu copa puede parecerte más agrio que el vinagre de una cooperativa. Así que hoy, los chicos que se despeñaron por un desfiladero de Ipurua, los mismos que le entregaron una pistola a los armeros para que practicaran el tiro al blanco y rojo sevillista sobre el corazón destrozado de sus más leales seguidores, deben grabarse en la frente, con una navaja barbera, ese sentir. Hoy no valen ni excusas, ni perdones, ni disculpas, ni más bosta mediática. Hoy lo que vale es salir al pasto como legionarios. Con los ojos febriles. Con la lengua seca. Con los dientes como sables. Y si falta hiciera, salir de Nervión con menos piños que Godín. Afinen, muchachos, el olfato buscando el rastro de la victoria. Porque no ganar hoy, os lo repito, será para vuestra memoria una desdicha de la que nunca podréis huir. De la que nunca sabréis escapar. Nunca se muere uno en la orilla. Nunca. Y estáis en la orilla de otra final. No ganar hoy os condenará a algo peor que la suplencia por una lesión de la triada. No ganar hoy será como formar parte de las pesadillas de Freddy Kruger. Te perseguirá como una mala sombra. Como un canalla a su víctima. Como una recortá a su venganza. Por vuestra sangre, para que
nunca se os convierta en hielo; por vuestra memoria, para que no la habiten los fantasmas del autorreproche dentro de unos años; por vuestra gloria, para que hoy esté sobre el cielo de Nervión; por vuestra propia dignidad, que la grada decidirá si os la devuelve tras la infamia del norte. Por todo esto, salgan hoy al campo, coman hierba, digieran los golpes, mastiquen los palos, rompan las redes y destrocen el marcador con guarismos imposibles y bébanse el linimento como si fuera la menta del puchero con el que hay que irse calentito a una madrugada de copas. No ganar hoy no os lo perdonará nadie. Ni vosotros mismos. Si es que, como creo, aún os queda pudor para besar el escudo.

Un cómico norteamericano decía que para alcanzar el éxito en alguna empresa, el deseo de conquistarlo tenía que ser más grande que el miedo al fracaso. Con miedo nunca se fue a otro sitio que no fuera al cuarto de baño. A ponerse en cuclillas y a limpiarse con higiene el rastro de la aprensión. Respeto, el obligado; miedo ni a Chernobyl. Hoy, esta noche, con este febrero de nieves esteparias, el único miedo que puede pasaros por la cabeza es el de no sacar el partido adelante. Y para que eso no ocurra, para que lleguemos a la orilla, nos pongamos en pié y gritemos al cielo nuestra felicidad, vais a tener lo que nunca os faltó y lo que más se necesita cuando se besa la lona: gente, grada, gargantas, afición, canción, devoción, épica, lírica y locura. La bendita locura de querer estar en una más. Una más. Así de fácil. Y así de sencillo. Una más para que tengamos más finales que Antonio Molina, que los hacía larguísimos y llenos de gusto y requiebros de escuela sevillana. En una noche tan larga como la de hoy no os faltarán vuestros pretorianos. Vuestra gente. De la buena. De la encastada en mil y una amarguras. Y en una década prodigiosa. Esa gente nunca se rajó. Pudo llorar. Pero de rabia. De impotencia. De puro coraje. Pero nunca volvió la cara ni abandonó a los suyos. Su reinado es centenario. Su ambición legitimada por los sueños que se cumplen. Ese sueño que hoy tenemos que construir entre todos. Lo contrario sería permitir que manos ajenas se lo apropiaran. ¿Y van a venir a robar a la cárcel? Venga hombre…. En el sueño de los otros no tenemos cabida. Salgan, revienten y triunfen. Sangren por el nuestro. Y lo recordarán dentro de unos años como aquella noche en Nervión donde llegamos vivos a la orilla de una playa de arenas blancas y caballitos de mar en pleno mes de febrero.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión