Nos toca

Yo sí creo. Yo sí apuesto por los míos. Yo sí sé que nunca con él nos harán sentirnos mal
Por  9:58 h.

Desde la semana de Reyes, donde el carbón de la derrota nos tiznó de verde, de verde y digo bien, la jeró de nuestros sentimientos, tenemos una gran deuda pendiente con nosotros mismos. Con nuestra autoestima. Y con nuestro escudo. Quiero recordaros que, entonces, cuando el equipo no terminaba de carburar y los palanganas movían la cabeza de puro abatimiento como elefantes atacados por la ansiedad, nos asestaron cinco cornadas, cinco, desplegando las mesnadas de la verdina en el Pizjuán un jogo bonito que el mejor Montella no supo mandar parar. Desde entonces hasta acá, la Liga, solo la Liga y la final de la Copa, fue para el sevillismo una cuerda de presos camino del penal. Una cuerda de presos de nuestras frustraciones, de nuestro desnorte y de nuestra inexplicable situación a la que, por mucho que se analizara, no se le encontraba una razonable respuesta. Desde entonces, desde la semana de Reyes, tienen al final de la Palmera algo que nos pertenece. Y algo que no podemos dejar por más tiempo en manos del que, con toda legitimidad futbolística, nos lo arrebató.

Hoy se trata de ir hasta allá solo y exclusivamente para eso. Para traernos lo nuestro. Lo que nunca debió salir de manera tan deshonrosa de Nervión. Fue como el rapto de Europa. Como el de las sabinas. Como el saco de Roma. Nos dejaron sin castillo y sin almenas. Sin banderas y sin estandartes. Sin orgullo y sin aliento. Fue tanta y tan honda la herida que empezamos a morirnos poco a poco, de pena y tristeza, de melancolía e impotencia. Y tan fue así que en lo más profundo de nuestro pecho nos brotaron cinco estigmas supurantes, cinco barras trazadas a fuego. Así nunca puede haber paraíso. Y de lo que se trata hoy, palanganas, es de eso, de reconquistar el paraíso perdido, de regresar al jardín de las Hespérides y tomar del manzano sagrado las frutas de oro de nuestra felicidad.

¿Y es posible conseguirlo? Yo creo que sí. Miren ustedes, tenemos en Nervión el líder que nos falta, el guía que, en la espesa niebla de la crisis, es capaz de señalar un camino y una manera de recorrerlo. Un tipo que, salvando las distancias, le exige a los suyos para zafarse de un destino de bombas y sirenas, sangre, sudor y lágrimas. Ese tío lo tenemos. Es de Utrera. Y es una de las piedras angulares sobre la que se construyó el nuevo sevillismo, uno de los pioneros que intervino en convertir diez años de nuestras vidas en una película de Walt Dysney. Tenemos al líder y al guía. La luz y la brújula. Tenemos esa persona que cuando una institución atraviesa un escenario crítico y la crisis la agarra por el cuello para ahogarla, es capaz de sacar el libro de estilo, el nuestro, el de siempre y empezar a inculcar sangre redentora, nueva y fuerte, en la horchata de un cuerpo moribundo. Y lo resucita en dos partidos. A base de bimbazos psicológicos, de zamarreones emocionales, de movimientos inteligentes, de hacer ver y comprender a los lejanos que Nervión es mucho más que ganar dinero.

Como algunos generales de la historia, ese líder al que se debió llamar mucho antes, tiene también el sello de la victoria en sus estandartes. Y provoca en los adversarios la intimidación suficiente como para pasar, en horas veinticuatros, de las musas más macabras de la muerte al teatro alegre de la vida y el triunfo. Sabe. Conoce. Presiente. Huele en el aire de los pantanos del fútbol dónde está la mejor emboscada, el sitio idóneo para caer sobre los confiados quintos de un ejército loco por el paragüero que tanto y tanto denostaron. Porque jamás se perdonaron no tenerlo y que nosotros juntáramos cinco en una manita de plata. Yo sí creo. Yo sí apuesto por los míos. Yo sí sé que nunca con él nos harán sentirnos mal. Que nunca con él los brazos se bajarán y se ofrecerá el cuello al adversario. Nunca. Eso nunca. Creedme que es así. Con él, los que salgan, los que se vistan de colorao, dejarán dos años de sus vidas en el esfuerzo y en la pelea. Para que después del combate volvamos a casa con lo nuestro, con lo que desde enero falta en Nervión. Y posiblemente con una sonrisa en el rostro como solo sabe dibujarnos en nuestros mejores recuerdos el mes de mayo…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión