¡Échale eso, Sevilla!

El paragüero tiene querencia por nuestro acento, apetencia por nuestra compañía
Por  17:06 h.

Hoy no acaba el camino. Hoy empieza. Así de dura es la realidad. Nada de lo mucho, muchísmo, hecho hasta ahora, vale nada, si esta noche no nos subimos a la estación primera que nos lleva a un paraíso de palmeras y soles de mayo. A un paraíso donde se sueña con gritos, banderas, canciones y goles. A un paraíso donde las lágrimas lo son de felicidad y las penas corren de alegría. Han caminado, como legionarios de Roma, kilómetros y kilómetros desde que agosto llovía sanjacobos sobre nuestras cabezas. Y han llegado hasta Turín no para disfrutar en el camino. Sino para tener noventa minutos con los que decirle a Sevilla: somos campeones. Somos campeones de la Uefa. Y el paragüero, que tiene querencia por nuestro acento, apetencia por nuestra compañía, dolencia de melancolía, por la ausencia del aire de nuestro viento, como nos hubiera escrito Miguel Hernández, el paragüero, quiere volver a Sevilla. Aquí descubrió el sol de Nervión. Las jacarandas en flor de mayo. Los farolillos de tus besos. La portada inconmensurable de nuestro corazón. Hoy no acaba el camino. Empieza.

Tenéis noventa minutos para pasar de la nada a la gloria. Pensadlo bien. Y apretad los dientes. Vivir la furia. Saborear la pelea. Brindar con sangre por vuestro orgullo. La vida y vuestro esfuerzo os acercan esa maravillosa oportunidad. Noventa minutos para ser diferentes, distintos, especiales, grandes y escogidos. Noventa minutos para pasar de la tierra del olvido a la patria luminosa de los ganadores. Oled la hierba de Turín. Besad la brisa piamontesa. Mirad al cielo de Italia y sabed, sabed muy bien, que cada palanga que os ha acompañado para tocar el cielo, canta para sus adentros aquella canción tan hermosa de Elvis Presley que decía: «Nunca pensé en nadie más que en ti/ siempre estabas en mi mente y en mis sueños…» Por eso fájate. Hasta la última gota de tu aliento. Hasta el último pálpito de tu fuerza. Ese amor necesita tu correspondencia. Pelea. Lucha. Combate. Muere si hace falta porque morir por tu Sevilla es vivir. Hernández, tan grande, tan inalcanzable en su poesía, dejó escrito para los amantes: «Aunque bajo la tierra/mi amante cuerpo esté/escríbeme a la tierra/que yo te escribiré». Nadie te olvidará si eres un hombre y peleas y mueres como los hombres. Siempre te escribiremos. Con la casta de nuestro himno. Y la letra de nuestro arrebato: el equipo que nunca se rinde…

Hemos ido a jugar a campos situados a la vera de estaciones de trenes; de Portugal nos trajimos un lote de toallas; de Heliópolis un canasto de suerte; de Valencia un arroz con leche que hizo muy dulce un negro de Camerún. Y de Turín nos vamos a traer la sábana y el paragüero. La sábana para que la Esperanza del Arco no pene más la muerte cósmica de su Hijo. Para que, también con Hernández, versifique nuestra Reina: «Ropas con su olor/paños con su aroma./Se alejó en su cuerpo/me dejó en sus ropas»… La sábana para nuestra bendita Niña del Atrio. Y el paragüero para pasearlo por Sevilla, en triunfal jornada, con caballos piafantes, con bufandas para el calor de mayo, con canciones para ganar la Eurovisión del fútbol, con banderas rojas y blancas que abracen de alegría la brisa con resina que empuja la tarde del Coto. Y ya todo será un lo-lo-lo-lo… Así que, Sevilla, échale huevos, alma mía, que los tienes para eso y para ganarle Ucrania a Putin y a toa sus mulas. Échale eso que te sobra: coraje, bravura, fe, corazón y vida. Échale el alma hasta rompértela en mil pedazos. Porque en cada uno de ellos va el esfuerzo de la victoria. Noventa minutos. Noventa minutos tenéis para que vuestros nombres pasen de la oscuridad del registro civil a las letras de oro del fútbol. Id, apretad los dientes y pelead como solo sabéis hacerlo los guerreros de Nervión. Que Sevilla hará crecer en los adoquines juncia y romero para darles paso a los campeones…