Sampaoli, en Turín
Sampaoli, en Turín

Ellos rotan; nosotros no

Por eso nos encastamos llevando en la rabia lo que el toro en su ingle, para que nadie, absolutamente nadie, ni profesional ni amateur, ni bilardista ni menotista, se equivoque
Por  10:36 h.

Esa es la historia de todo este tinglao. Que ellos rotan. Nosotros no. Nosotros tenemos que jugar siempre. Llenar la gradona siempre. Cantar el himno siempre. Despellejarnos ahí arriba siempre. Y no entregar la cuchara jamás. Ese es nuestro destino. Nuestra sagrada comunión con los colores. Nunca desertar. Que deserten los cobardes y los que no nacieron para la pelea. Los que rehúyen el compromiso. Los que no soportan la intensidad. Los que tiran la espada y salen corriendo porque ven ante sus ojos un ejército de contrariedades y se rinden en los brazos del nihilismo. No somos italianos en Bilbao. Ni franceses ni británicos en Dunkerque. Nos tomamos muy en serio la letra de nuestras más bravas canciones. Y si no sabemos rendirnos es porque esa palabra la inventaron para otras lenguas. Nunca para las antiguas de Nervión. No sabemos correr para atrás. Pueden cangrejear ante el palio de la desesperación once tíos que tienen problemas para ir de frente y por derecho hacia la puerta del equipo contrario. Pero si la grada los guían, si nuestras voces se lo dicen bonito, si nuestra pasión inunda los corazones apagados de la cuadrilla, la gente buena que pelea ahí abajo tira del carro a jierro y nos llevan a la gloria. Un nihilista diría que para qué creer en el paraíso si nadie regresó a contarnos que existe. Nosotros lo hemos visto, palanganas. Una jartá de veces en diez años. Un paraíso que discurre entre el Guadalquivir y el río de plata de mayo.

Ellos rotan. Siete, ocho jugadores por partido. Nosotros jugamos con el menisco como una acelga o con la triada como si nos hubiera pasado por encima un encierro de Pamplona. O con la voz tan rota como una soleá con sangre de Chocolate. Nunca nos lesionamos. Nunca nos cansamos. Jamás ponemos a cero grados la ebullición de una sangre roja que necesita del infierno para alcanzar la gloria. No se cómo estarán los vestuarios sevillistas esta noche. Pero yo, con las manos por delante como se canta en Utrera, lo empapelaba de fotos, plegarias y canciones nuestras. Lo convertía en un espectáculo capaz de hacer cantar al pavo real y de embestir a un cordero. Capaz de hacer que el alicatado palpite sintiendo cómo corre la sangre por las venas del estadio y cómo la voz ronca de su eco me recuerda la de Caparrós cuando prendía en los legionarios el fuego sagrado del compromiso y la motivación.

Ellos rotan. Nosotros no. Por eso exigimos. Por eso reclamamos. Por eso nos encastamos llevando en la rabia lo que el toro en su ingle, para que nadie, absolutamente nadie, ni profesional ni amateur, ni bilardista ni menotista, ni tirio ni troyano, ni justicialista ni montonero se equivoque. Aquí se puede jugar con la pizarra a pintar el dibujo que se quiera. Clásico, neoclásico, impresionista o cubista. Pero al final, los que no rotamos, los que vamos a Nervión como a un ritual, los que nunca se cambian un escudo por otro, ni besan otra bandera que la propia, exigimos que el cuadro sea tan bonito como nos prometieron. Y tan equilibrado de color, fuerza y argumento que nadie se pierda cuando lo vea ni se desespere en un garabato sin genio. Decía Picasso que para pintar bien había invertido mucho tiempo hasta llegar a hacerlo como un niño. Hemos pintado un museo más hermoso que el de Orsay sobre el lienzo vegetal de Nervión, donde los niños de blanco y rojo han dibujado como los ángeles. Esta noche ante los olímpicos de Lyon,  los que no rotamos, los que vamos a la guerra a pecho descubierto, queremos ver dibujitos de colores para asombrar nuevamente a Europa. Y eso se hace ganando. Que es lo que se le pide a los equipos llamados para la gloria.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión