Sampaoli con Monchi se saludan en el aeropuerto de Sevilla (Jesús Spínola)
Sampaoli con Monchi se saludan en el aeropuerto de Sevilla (Jesús Spínola)

Entre Sampaoli y Monchi

La pareja de ases del sevillismo irradia una luz tan vivificante que ilumina las horas más felices de un equipo que aspira a todo
Por  10:00 h.

Hoy esperáis de mí que os hable del Bilbao, de los leones del circo de San Mamés, de las fieras aquellas a las que, en una Copa ya lejana, nos íbamos a comer hasta el rabo y nos pusieron uno que aún escuece y no hay hemoal que lo alivie. Va a ser que no. Va a ser que no voy a meterme en leones ni en la jaula de un partido donde nos jugamos seguir ahí arriba, en la punta como dice el profesor del amateurismo, en la cima de una clasificación que da repeluco pensar lo que pueda dar de sí. La afición del Sevilla FC anda enredada en ilusiones de celofán. En sueños tan dulces como el vino que te hacen fantasear con ligas más seductoras que las que nos proponen los muslos de Victoria Secret. ¿Una Liga?. ¿No nos salimos un poco del sistema métrico decimal? ¿No estaremos fuera del sistema de pesos y medidas? Da igual lo que piense el sevillismo o lo que piense yo. Será lo que será. Y de aquí al final de la temporada hay tantos kilómetros como los que separan a esa estrella descubierta por los científicos que dicen que puede albergar vida parecida a la tierra. El planeta está a 30 años luz. O sea, lo que hay de mi casa a Sevilla Este sin cortar por Bilbao…

A mí en cambio, el debate que me abrasa y quema, es el de un Sevilla sin su pareja de éxitos. Un Sevilla que se ha hecho amateurista con la misma facilidad que un romano acogía un nuevo dios traído desde Persia por las legiones. Que se ha convertido al amateurismo sin echar de menos (por ahora) nada de lo que nos dio otro magnífico entrenador como fue Unai Emery. En Francia ya saben cómo se las gasta el vasco a la hora de ponerse jartible y llevarse hasta los puntos de Vodafone. Y es hasta muy probable que les de el título europeo que con tanta ansiedad como poco acierto viene persiguiendo desde hace años. Pero nadie lo echa de menos. Por ahora… Nadie se acuerda del hombre de las tres Copas de plata seguidas. Del entrenador que era capaz de motivar e implicar en su idea de equipo a jugadores que venían de vuelta, que estaban más cerca de Incosol que de partirse la boca para volver a ser el de sus tiempos de gloria.

Todo eso se nos olvidó. El sevillismo es amateurista. Se vuelve loco con un Sampaoli a pie de tierra, que no pone barreras entre su condición de entrenador y las muestras de cariño de los aficionados, que no mira al tifosi perdonándole la vida y escondiéndose de él como si fuera un leproso. Todo lo contrario: lo busca, lo encuentra, lo celebra, lo grita, lo abraza y lo deja que lo toquen como si tocaran a un santo y en ese roce se llevará el aficionado parte de su genio, de su espíritu, de su tremenda familiaridad futbolística. No sube al cielo. Sampaoli baja a la tierra y se estrecha con los mortales porque entiende que el aficionado es uno de los cimientos fundamentales sobre los que se edifica la torre gigante del fútbol. La pareja de ases del sevillismo irradia una luz tan vivificante que ilumina las horas más felices de un equipo que aspira a todo. Incluso a ganar una Liga por encima de Tebas, de los árbitros y del oligopolio balompédico hispano. Y del dinero que pone el de la televisión para que la gane uno de los equipos que más share convoca. Así de fuerte la luz que les refiero. El problema de ser feliz es que dura lo justo. La felicidad no te regala días extras. Quizás para no desgastarse. Ni para que te creas inmortal. Miro más allá de mayo. Y pienso que la pareja de ases se desactiva. Que la luz se apaga. Que uno se va a Boston y otro a California. Y el sevillismo se queda sin amateurismo y sin el mago que todo lo encuentra donde nadie ve nada. Sin Sampaoli y sin Monchi nos pueden condenar a imitar a los violinistas del Titanic. Metido en estas honduras no me pidan que les hable de leones. Porque estoy para que me coma el tigre…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión