Iborra, en el partido ante Osasuna
Iborra, en el partido ante Osasuna

Fue un honor pelear a tu lado

Vicente amaba al Sevilla hasta sangrar por su compromiso, por su lealtad y por su militancia
Por  9:53 h.

Cuando me enteré de su marcha a Leicester, precisamente a Leicester, la tierra media donde Sampaoli perdió la brújula y entramos en depresión cuando más bulerías teníamos en la cabeza, me pregunté con curiosidad: ¿qué carajo sentirá Vicente Iborra cuando se ponga esa camiseta azul, ese paño que lo fue de las lágrimas europeas del sevillismo? ¿Qué puede sentir un soldado como Iborra colocándose el uniforme del equipo que nos mandó a la venta y al cuarto de los locos por unos cuantos partidos? Me quedo con la curiosidad. Y también con aquella certera frase de Chesterton. En la que venía a decir que el verdadero soldado no lucha porque odia lo que tiene delante, sino porque ama lo que tiene detrás. Y Vicente amaba al Sevilla hasta sangrar por su compromiso, por su lealtad y por su militancia. En esos costados llevaba su amor al escudo, a la bandera y a la afición. Hasta dar la impresión de que no había nacido en tierras levantinas. Sino que era más sevillano que un lunes de pescaito o la calle Feria. Se hizo sevillano sintiendo y peleando por el Sevilla. Vino del este. Y se consagró en el suroeste de la Península convencido de que se puede nacer en muchos sitios, pero solo unos pocos pueden tener el privilegio de ser de Nervión. Fue un honor pelear a tu lado. Ganar o perder teniéndote de capitán. Señor, sí señor…

A esta clase de jugadores, que no abundan en las prolongadas listas de los scouting, yo les tengo un respeto sacro. Porque entran de puntillas en el atrio. Y con el tiempo se quedan con el altar para ellos solos, para que los que le tenemos fe lo adoremos como una de esas divinidades que lo son por su honestidad, autenticidad y entrega. Se hacen pura verdad profesional en sus peleas sobre la hierba. Metiendo la pierna donde más peligro hay. Y apretando los dientes para transmitirle al compañero la pasión de la pelea. Nadie le regaló nada. Se fajó con unos y con otros para quedarse con el sitio que le correspondía. En el campo y en la barriga del estadio. Inoculando el veneno sevillista a los recién llegados. Para que comprendieran que Nervión no es un campo de fútbol. Es la otra catedral donde Sevilla aprendió a ganar y a ser feliz. Él también llevaba, sin ser calorró, sangre de reyes en la palma de su mano. Por eso lo hicieron capitán de la nave almiranta. Lo nombraron jefe de un ejército de ganadores. Y se hizo lágrimas de niño en un cuerpo de cabo gastador tanto en la alegría como en la derrota.

Fue un honor pelear a tu lado. Fue un placer verte cómo, llegara quien llegara, ya fuese técnico de arpillera inspiración o filósofo de barrio, hacerse con un lugar en el equipo, defendiendo tu posición dentro y lejos de la grama. Promedió una media de cuarenta partidos por campeonato. Y goleaba sus seis o siete chícharos por temporada. Además de ir bien por alto, las alturas de las figuritas del belén no lo intimidaban. Me cuentan gente cercana al club que, en un partido trascendental ante el equipo de La Palmera, aquel alemán que trajo Monchi para que pasara el invierno al sol de su absentismo futbolístico, Marko Marin para los anales, tuvo que escucharlo en los vestuarios. A él, a Coke y a Rakitic. Los tres se lo llevaron a un rincón del vestuario. Como en las películas se llevan al chivato de la cárcel para ponerlo al corriente de lo que vale un peine. Y le dieron un repaso de esos que nunca se olvidan. Se nos marcha el capitán lejos de Nervión. Y seguiremos sus pasos como se siguen las peripecias de los camaradas que por su valor y compromiso los llevaron a pelear a otro frente. Suerte, capitán. Fue un honor pelear a tu lado. Por eso el repeluco que me da tu marcha me aconseja, otro año más, a no tomaros cariño. Porque nuestro pobre corazón de hierro se nos va oxidando con tantas penas…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión