Jorge Sampaoli, en Los Cármenes
Jorge Sampaoli, en Los Cármenes

Hasta gastar los tacos

Parece evidente que este Sevilla que ha hecho del amateurismo su antiguo testamento no está para engañar a nadie
Por  9:49 h.

Estaba avanzada la segunda parte. En la talega del Formentera había más goles que en el Dinámico. Pero el Sevilla ni engañaba ni se engañaba. Muerdan esto: Ganso y Ben Yedder, en un balón a la cueva de defensivas maneras del equipo insular, esprintaron para que nuestro equipo ganara terreno y presionar a la defensa contraria, sellando así un estado de conciencia. Una actitud y una aptitud. Un compromiso que estaba muy por arriba de la trascendencia del partido que se jugaba. Ya les digo, era la segunda parte, el Sevilla llevaba un trailer de goles a su favor, pero si había que presionar, se presionaba. Como si enfrente estuviera la Juve. Otros equipos, en circunstancias parecidas, hubieran echado el freno convirtiendo el partido de Copa en una pachanga entre gorditos y fideos. Pero este Sevilla que ha moldeado a su imagen y semejanza de Sampaoli, ese entrenador que llegó como víctima de la Inquisición y hoy se pasea por Sevilla bajo palio, gasta los tacos de las botas hasta para ir a la ducha. El que no compite, no sirve. El que no aprieta los dientes, no es de la banda. El que no entiende lo que significa respetar a la afición y a los adversarios dándolo todo, lo manda a la venta. De Antequera o a la que está un poco más allá. Pero lo borra de la lista.

Cuando vi esa jugada me daba pellizcos en la cara porque creía que soñaba. Negativo. Era real y reivindicaba un soneto épico. En el mundo de las medias verdades, donde no solo se regatea al contrario sino también a la dignidad de los aficionados, una escuadra derrochaba intensidad y militancia para respetar a los diez mil que se habían citado en casa Sánchez y al equipo que estaba delante. No me invento nada. Ni apelo a la retórica triunfalista de una goleada de “pierdepaga” a los futbolines. En absoluto. Apelo a lo que vi sobre el campo. Y a lo que vieron todos los que ayer noche tuvieron los ojos abiertos para encenderse con semejante espectáculo. El propio García Sanjuán, entrenador balear, lo dijo en la sala de prensa: este Sevilla me ha ganado como aficionado. Por su humildad y respeto. Así de directo y de sencillo. Respeto para tratar al contrario como un equipo de fútbol. Y humilde para trabajar el partido como lo que era: una cita de Copa que congregaba en el campo a diez mil seguidores a los que no se les podía engañar. Los trucos, amigos, para la letra pequeña de los contratos.

Pero parece evidente que este Sevilla que ha hecho del amateurismo su antiguo testamento, no está para engañar a nadie. Porque no cabe la mentira en su filosofía. Es indecente mentirle al contrario y tratarlo como a un equipo de colegio. Es inmoral reclamar a tu afición para sentarla al relente y no darle siquiera la moneda del compromiso. Es de de golfos y desalmados saltar al campo pensando más en el viaje intercontinental que te espera tres horas después que en felicitarle las Pascuas a tu afición con compromiso, humildad e intensidad. Todas esas sensaciones me transmitió ayer un Sevilla que podía haberse tomado el partido a: ¡camarero, una de bacalati con tomati! Y pintar un bochornoso cierre de primera vuelta invocando la macana y el petardazo de Granada. Ayer se respetaron las reglas del espectáculo, de la competición y del corazón de unos aficionados que nunca, nunca mienten cuando cantan el himno y despliegan las banderas. Ver presionar a Ganso y Ben Yedder a mitad de la segunda parte con un Formentera amortizado para dos reencarnaciones coperas le abre las puertas al sampaolismo como escuela filosófica. Deber, militancia y respeto. Desde ya en letras de oro sobre el frontispicio del templo de Nervión. Felices fiestas, palanganas.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión