Los cuatro equipos que jugarán hoy las semifinales
Los cuatro equipos que jugarán hoy las semifinales

Golondrinas en la almohada

El fútbol, hasta un día como el de ayer de hace diez años, nos había condenado a galeras
Por  10:20 h.

En nuestros mejores sueños las golondrinas se posaban en las almohadas, para transportarnos, en las corcheas de su música, a los paraísos que empezamos a disfrutar hace diez años, tal día como el de ayer. Desde hace diez años, con aquella Puerta que Antonio nos abría al cielo de los sueños más inalcanzables, venimos soñando con golondrinas en las almohadas, con esa música primaveral que resolvemos siempre paseando amapolas muy rojas en jarrones de plata por la Avenida. Las cruces de mayo las convertimos en resurrecciones deportivas, un año tras otro, para demostrarle a los descreídos que, como escribía Eduardo Galeano, el fútbol es una religión que no tiene ateos. Como los pueblos escogidos, el sevillismo, vivió muchas vidas  atravesando un desierto oceánico, repleto de peces de piedra y de chumberas resecas, zarandeado por vendavales polvorientos que perfilaban en la niebla de la arena la mediocridad de su destino, caminando para atrás y para adelante, como un borracho sin dueño y esclavo de sus más hondas lamentaciones. Fueron los años de una travesía por arenas movedizas que se tragaban, temporada tras temporada, las ilusiones que cifraban la felicidad en el techo de un Colombino o de un Ciudad de Sevilla. Fueron años donde ni teníamos estandartes, ni soldados, ni banderas. Solo un pueblo que seguía creyendo en su única religión, en esa religión que fue la fe de nuestros mayores y que la abrazamos pese a que la realidad, intratable como la ruleta que nos desprecia, solo nos ponía por delante pruebas, pruebas y pruebas de que no había ni día ni hora en el calendario para que llegara un ángel blanco que nos resolviera de tanto desamparo.

El fútbol, hasta un día como el de ayer de hace diez años, nos había condenado a galeras. Fuimos los galeotes de un barco fantasma. Sin rumbo ni más puerto que nos abrigara que la cueva de los fugitivos de la gloria. Cantar para nosotros era el desgarro hondo y mascando sangre de una soleá del Agujetas. O la desesperada y autodestructiva balada de una Janis Joplin sin más paraíso que el almuerzo de una jeringa. La casa quebrada, el blasón de la puerta descuartizado como el herido mármol blanco sobre el que refulgía, la librería del gabinete de nuestra historia llena de arañas y polvo, la memoria desertizada de las lenguas antiguas, aquellas que nos hablaron de un tiempo de oro y plata que, alguna vez, tendría que regresar. Pero ese tren ya tardaba demasiado. Tanto que muchos desertaron para echarse en las manos de esa enfermedad incurable que es la desgana, la apatía y el conformismo. Ellos, los que dejaron de creer porque el tiempo no nos daba nuestro tiempo, abandonaron Nervión como solo los desalmados dejan tirado un paso en mitad de la calle porque el peso que llevan arriba no tienen cojones de sufrirlo y aguantarlo. Al final el tren llegó. Y hace justo diez años el desierto se convirtió en un paraíso de amapolas y claveles blancos, con agua cantando por alegrías en los surtidores de nuestra nueva historia, para que por las esquinas de Nervión sonara aquello tan bonito que cantaba La Lole y el Manué: Todo es de color…blanco y rojo. Y se acabaron las penas…

Las golondrinas volvieron a dormir en nuestras almohadas y hoy nos acompañarán en Ucrania para que aquel cielo lejano les parezca a los niños el del azul de la Maestranza, del Arenal y de Nervión. Esas golondrinas cantarán una vez más por Sevilla llevando hasta los vestuarios los repiques más flamencos de las campanas de la Giralda. Para que sirvan de consuelo en todas las heridas con las que se ensañó los mordiscos de las hienas del desierto. Se acabaron las recolecciones de cardos y espinas. Y es la hora de pasear nuestras flores para llevar esta primavera a los campos del norte, donde nos rescatamos de nuestro propio secuestro histórico. Hace diez años se abrió la Puerta para que un sol joven y fuerte alumbrara nuestra vida. Ya nunca más regurgitaremos en la bullanguera soledad del infortunio aquella queja gitana de Manolo Molina: Me voy a vivir solito/ porque aquí/con tanta gente/ me voy a volver loquito. Tú sabes, Antonio, que las mariposas blancas se enamoran de los lirios del cielo, donde te llevó el destino para que tu historia fuera interminable. Hoy por ti, en Ucrania, saldrán once elegidos para dar bocaos a los que quieran robarte el tesoro de tu memoria. Esa que empezó hace diez años en una noche inolvidable donde media Sevilla durmió con golondrinas en la almohada…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión