Correa y Muriel celebran el 2-2 en el Liverpool-Sevilla (EFE)
Correa y Muriel celebran el 2-2 en el Liverpool-Sevilla (EFE)

Hijos del viento

En las consignas del vestuario ya se oyen por alegrías dos palabras a modo de estribillo: razón y posesión
Por  10:00 h.

Aún tengo la cara helada del vendaval atacante desplegado por los reds en Liverpool. ¿Lo recuerdan? Fue una fuerza desatada de la naturaleza. Un huracán vestido de futbolista que se colaba por las rendijas del equipo y desbarataba el fuerte ánimo de los nuestros. Yo buscaba los cristales de las puertas para protegerme de tanta intemperie. Pero no había forma. Los dioses del viento se habían puesto de la parte de los de Liverpool y en sus manos no éramos más que hojas de otoño al vaivén de un brutal soplido futbolístico. Era el viento de su ataque. Y la marea violenta de la fuerza de su arrastre. ¿Qué barco podía con aquello? ¿Qué velas no se rajaban con aquel temporal? ¿Qué posibilidades tenía una embarcación recién hecha, con las cuadernas prontamente encajadas, con la madera aún por templarse con el agua de los océanos desatados, de mantener fijo el rumbo de su timón hacia las tierras de su mejor puerto? Pues la hubo. Y además lejos de Nervión. Lejos de nuestro clima. De nuestra eterna primavera nervionense.

Aún cierro los ojos y recuerdo a Moreno entrando por banda como un cuchillo de matanza en el tocino de un ibérico pleno tras una suculenta montanera. Aún cierro los ojos y veo a Salah, ese faraón reinando en Liverpool, dando mostos como pirámides y llenando de arena los ojos de los que corren tras él, siempre a rebufo de su baticola. Toda esa jinda la tengo en el cuerpo. La recuerdo con la frescura de un beso. O como la hora de una cita en el parque. Pero también recuerdo que cuando nos sobrepusimos al vendaval, cuando empezamos a acordarnos de nuestro carácter y de nuestra identidad, al huracán se le desinfló la goma y empezamos a hacer realidad ese proverbio holandés: no puede pararse el viento, pero podemos construir molinos. Y eso significa que también se puede domesticar la naturaleza más brava y salvaje.  Yo espero hoy de mi equipo eso: molinos de vientos para torear, con la muñeca serena de las aspas del ingenio, el vendaval de los rojos. Su fuerza la volveremos contra ellos mismos. Su velocidad de circuito de carreras se la devolveremos con la propiedad privada del balón y firmando sorpresas guerrilleras. Razón y posesión. Inesperadas, eléctricas, mortales. Esas armas que siempre se montan entre los zapadores de la épica y los generales del tacticismo. En las consignas del vestuario ya se oyen por alegrías dos palabras a modo de estribillo: razón y posesión. Como al cigarrón negro le salga su partido, a Sarabia el suyo, Banega se acuerde de Harry Potter y Muriel de que los goles en Nervión son más dulces que una docena de bizcotelas, nos encajamos en octavos cantando con los Biris.

En este parte climático previo, de vendavales y turbonadas, aún contamos con el viento siempre cierto que sopla al norte de Nervión. Ese viento que disfruta el abuelo en su vespa, que forma la gozadera tropical en el mambo incansable de los reyes de la salsa blanca y roja, que levanta los cuatro ases de la baraja de nuestras victorias o que despierta a Morfeo para hacerle ver que los sueños se hacen realidad. Ahí, en esa grada, de norte a sur, de este a oeste, también correrá el viento de nuestros sueños, impelido por las gargantas incansables de los coros del ejército sevillista, prestos a arañárselas cantando uno de los himnos más hermosos del mundo. Si ellos jamás caminarán solos, lo celebramos. Porque solos los que hacen piña saben lo que significa la fuerza de un grupo. Pero nosotros vamos juntos cantándole las cuarenta a la Europa que se nos encara. La noche será espléndida. Lo tiene todo para amar al fútbol por encima de todas las cosas. Y ya la grada empieza a hacer temblar al estadio con la fuerza de su carácter. Con el arrebato indescriptible de que la pasión es nuestra ley y que no hay fuerza más poderosa que la del amor que le profesamos a nuestros colores. El aire que insufla nuestro espíritu. El vendaval de nuestra fe. Los aires que purifican nuestro estadio, los aires de la ciudad…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión