Emery, en el césped del Borussia Park (Foto: Afp)
Emery, en el césped del Borussia Park (Foto: Afp)

Hola y adiós

La perdimos muy pronto. Sin haberla tenido. Sin haberla paseado. Sin haberla acariciado
Por  13:05 h.

Lo nuestro duró/ lo que duran dos peces de hielo/ en un güisqui on the rock. Con esta estrofa inmortal del arranque de la canción de Sabina, “Cincuenta días y quinientas noches”, podemos contar lo que nos ha durado el idilio con la chica más hermosa y coqueta de Europa. Esa chica de campeones que nos miró y nos derritió. Que nos susurró no se qué al oído y sentimos hervir nuestra sangre, creyéndonos Don Juan y Alejandro Magno, capaces de escribirles los poemas más dulces en las noches de invierno y de conquistar en su nombre imperios tan grandes como los sueños. Pero, al final, ni verso ni daga. Ni métrica ni épica. El autobús de nuestro viaje más largo se nos pinchó en la cuesta del grupo de la muerte y nos dejó tirados. Sin ruedas para llegar a nuestro destino. Donde la rubia platino que nos miró por mayo creíamos que nos esperaba para bebernos el mundo con su copa más imperial. Mujer fatal. Siempre con problemas. No supimos conquistarla ni el la hierba ni en las sábanas. Nos entregamos a ella con un candor de principiante, con una nobleza de párvulos y con la frente demasiado limpia como para que se nos ocurriera que sus besos alguna vez emborracharían nuestros sentidos con la saliva dulce de su vino. Hoy nos dice hola y adiós. Sus labios serán para otros. Y los nuestros se fruncirán con el imperdible punk del que entiende y sabe que no hay futuro, de que todo se acabó.

Esta noche aquella mirada se convertirá en un recuerdo incandescente. En una llama inagotable. En un fuego abrasador. En un silencio cosido con dolor y reproche. La perdimos muy pronto. Demasiado pronto. Con urgencia de ambulancia. Con prisas de torero cagón. Sin que hayamos sido capaces de ganarle al tiempo el tiempo que nuestro trabajo conquistó para disfrutarla. Para acercarnos a ella. Para oler su perfume. Para levantarle la falda si nuestra osadía hubiera sido tan grande como nuestro deseos. Hola y adiós. Se va. Se fue. Dejándonos el regusto ácido de que la chica que nos miró en primavera nos va a despedir en diciembre para irse con otros, para dejarnos con una espina en el corazón y una orquitis en la bragueta. La perdimos muy pronto. Sin haberla tenido. Sin  haberla paseado. Sin haberla acariciado. Hola y adiós. Duró lo que dos peces de hielo en un güisqui on the rocks. Las guitarras rotas. Las flores quemadas. Las botellas enteras. Y el bajío hablándote como un  tratante al oído para recomendarnos hacer testamento. Tus muertos.

Porque seguimos vivos. La chamacona va a jugar ahora con otros. Mirará a otros para que las mentiras parezcan mentiras y solo ella lo sepa. Caerán en sus redes, como leones en el desierto. Pero yo solo tengo que escuchar esta noche a los nuestros, a los que cantan el himno más hermoso de Europa, a los que nunca fallan, a los que siempre te alientan, a los que cuando más rotos y despegados nos hemos sufrido, estaban allí para cosernos las heridas y donar el órgano más preciado para sentir nuestro colores: el corazón. Demasiado corazón tenemos como para que nos sintamos tristes y abatidos. Fue bonito mientras duró. Nuevamente pondremos ese corazón a disposición de la batalla, al ardor de una noche más donde nos jugamos el amor propio. El nuestro. El de queremos más que a nadie. El de amarnos más que a ningún otro. Ese amor que nos lleva hasta donde nos ha llevado en estos últimos años. Con la cabeza alta, el paso firme y la alegría en el rostro. Esta noche nos bajamos de Europa en Nervión. Con acento italiano. Para subirnos de nuevo a otro sueño. Ese que siempre le depara el destino a los que caídos y derrotados, se levantan, pelean y vencen. Hola y adiós. Mejor dicho: nos veremos pronto. Muy pronto, querida Europa.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión