El once del Sevilla FC ante el Leganés. Foto: LaLiga
El once del Sevilla FC ante el Leganés. Foto: LaLiga

Sobre la bipolaridad del Sevillla

"Mantengo que vivimos la cola del huracán Sampaoli, que exigió una plantilla de barrocos centrocampistas sin el escudo protector de los caballos trotones"
Por  10:05 h.

Hace un par de semanas, en esta misma sección, les dejaba escrito un artículo sobre el Sevilla que titulé “Camino de la ortopedia”. Una reflexión dolida e indignada sobre las manitas cosechadas por un equipo capaz de subir a los cielos y bajar a los infiernos, que podría encontrar su mejor destino abriendo una tienda de prótesis ortopédicas para darle salidas a su inusitado stocks de manos en la cara. Realmente nos la han pintado más de la cuenta. Y de forma tan obscena, algunas veces, que más que futbolistas profesionales de alta cotización, parecían cabareteras de feria de pueblo, por el color tan chabacano que lucía su deshonor deportivo. Lo chocante del caso es que junto al ramillete de manitas que llevamos cosechado, el equipo ha sido capaz de conquistar fortalezas como la del Wanda y la del Manchester, haciendo un fútbol de altísima gama. A esa tendencia a extremarse y no encontrar la normalidad en LaLiga lo califiqué como fenómeno bipolar. Esa tendencia del alma a subir el espíritu como la espuma o, por el contrario, según la fase de la luna que toque, dejarlo pisoteado por el suelo. En Butarque nos tocó el fango. Cuando justo en Manchester habíamos conseguido el cielo.

No dejo de preguntarme las razones que esclavizan al equipo a sufrir una mentalidad tan patológica. Y debe tener respuestas. Seguro que las tiene. Hay veces que el colectivo sale a comerse el mundo. Y otras en las que se le atraganta cualquier equipo que salga con hambre. En esos partidos feos, trabados, engorrosos, donde hay que dejar el frac y ponerse el traje de pana, es donde este Sevilla que acaba de llegar a cuartos en la Champion y le espera medirse al Bayern, es donde nunca suele dar la talla. Se arringa como la trasera chunga de un palio. Y ofrece espectáculos tan insolventes y demenciales como el que firmó en Butarque. Para meterse en LaLiga en una zona peligrosa y amenazante, sobrepasado por el Villarreal y a dos puntos de distancia de sus seguidores inmediatos. Con el agua por la barbilla y rozándote los cocodrilos los muslos, el equipo sigue empeñado en dar una de cal y otra de arena. Demostrando su bipolaridad. Y su dudosa fiabilidad para, siquiera, conseguir un puesto para la UEFA próxima.

¿Por qué se comporta así el Sevilla? ¿Qué le pasa a la cabeza de ese equipo para pasar del invierno al verano y de pavo real a estornino? Yo no tengo la respuesta total. Pero sí veo sus consecuencias. La realidad absoluta de que el equipo navega como un galeón en las aguas intempestivas y se hunde como un plomo en las charcas de los mosquitos. Esa constante bipolaridad es la que nos lleva a preguntarnos, quizás mal aconsejado por el genio, que hay peloteros que lo son cuando el escaparate es atractivo. Y que no comparecen cuando el de enfrente es un pundonoroso Eibar o Leganés. La plantilla de la transición de la era Monchi a la de Arias no está equilibrada. Y no todas las culpas son imputables al nuevo rostro de la secretaria técnica. Mantengo que vivimos la cola del huracán Sampaoli, que exigió una plantilla de barrocos centrocampistas sin el escudo protector de los caballos trotones. Quizás por ahí se comience a explicar algo de lo que nos pasa. Que nos faltan jugadores inevitables para conformar un equipo de carácter, donde el lujo combine con lo menestral, el artista con el obrero, el ilusionista con el estajanovista, el pura sangre con la mula de carga. Eso dejamos de tenerlo porque alguien decidió que había que cambiar de modelo de fútbol y de perfil de futbolista. Cuando ese modelo nos dio tres copas de plata y una proyección internacional de jerarquía. Y lo dejaron hacer y nadie dijo nada. Palabra de dios, te alabamos señor… Hoy somos lo que somos. Un puedo y no quiero que, a veces, nos lleva a la gloria y otras, a Butarque. Y por favor no me hablen más de rotaciones. Si el italiano no las practica es posible que sea porque no tiene lo que necesita y cuando mira al banquillo se encuentra con que no hay más cera que la que arde. Montella no pidió a Ronaldo haciéndose el cómico, en la mejor línea de su paisano cinematográfico Totó, el Chiquito de la Calza del Napoles del neorrealismo, sino para que entendiéramos qué es lo que hay, lo que tenemos y hasta dónde se puede uno fiar de un equipo bipolar.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión