Foto de la grada donde se ubican los Biris en el Sánchez-Pizjuán, en el Sevilla FC-Villarreal
Foto de la grada donde se ubican los Biris en el Sánchez-Pizjuán, en el Sevilla FC-Villarreal

La culpa es nuestra

Nos hemos quedado sin música en mitad del baile y ahora todos nos miramos sorprendidos
Por  9:34 h.

Allá por los ochenta del pasado siglo, cuando los jugadores llevaban barbas y bigotes y ser metrosexual era parecerse a la Esmeralda pero sin acento en la ó de su condición sexual, la política comenzó enmerdar el fútbol, inoculando embriones infectados en el peñismo de todos los campos de Dios que, como el huevo de la serpiente, solo pedía tiempo para eclosionar y prolongar lo peor de su estirpe. Hasta entonces el fútbol era un deporte en absoluto casado con la política. O al menos no tan casado y sellado como hoy lo conocemos. No está de más remontarnos a tan lejanos días para intentar entender lo que está pasando hoy en esas gradas donde se infiltró, con torcidísimas intenciones, una calaña tan bajuna y degradada que tiene apuntado delitos de sangre en algunos historiales por todos conocidos. A nosotros, a los sevillistas, nos salvó de esa penal distinción la mano de Dios de verdad, no la de Maradona, y la de los médicos que trataron al inocente seguidor de la Juve que casi deportan al otro mundo por el terrible delito de estar tomando birras en ‘El Papelón’.

Los huevos podridos del mal de aquella serpiente de los ochenta eclosionaron. Y nació una camada de aliens delictivos que crecieron parejos a la destrucción de valores sociales y culturales inamovibles hasta entonces. ¿De cuándo un nota le iba a pegar al padre porque no le daba dinero para sus adicciones? ¿Cómo es que a una madre se la pueda maltratar a voces porque te recomienda no salir con amigas con el moño demasiado tieso? ¿Era concebible, acaso, que la violencia alcanzase valor al alza entre las generaciones más nuevas para implantar la moda del pandillerismo? ¿En los ochenta había alguien que conduciendo un cuatro latas atropellara a un peatón y se diera a la fuga sin socorrer a la víctima como hoy es frecuente y corriente? ¿Y en los institutos? ¿Había forma de aprobar sin doblarla y reírte en la misma cara del profesor intimidándolo con una paliza a la salida de clase? Todo eso fue creciendo a la par que una España sociológicamente distinta y educativamente distante de los modelos más razonables. Un campo de fútbol es una muestra perfecta de lo que está pasando ahí afuera. Es imposible convertir un estadio en una cancha de tenis de los años setenta. Ese público ya no existe.

Ocurre que algo hay que hacer. Y que para combatir tanta barbaridad con licencia para matar el rato o la rata que al bandolero se le antoje ver en la cara de otro aficionado, hay que atenerse a normas. Las normas, eso sí, deben ser aplicadas igual para todos. Que valgan lo mismo aquí que en el Manzanares. Me pueden decir que ya estamos con el agravio. Pues claro. Si es que existe y se carga la razón de ser de la Justicia. Que antes que nada debe ser equitativa. Uno de los más bellos espectáculos del Pizjuán lo acaban de mandar al cuarto de los ratones porque tenía chicos malos haciendo de las suyas dentro y fuera del campo. Biris, los históricos, ha sido una de las perlas más rutilantes de la animación del fútbol hispano. Ellos han llenado el graderío de colorido, de abuelos en motos y de gozaderas que ya quisieran la Gente de Zona pegarse una parecida en el malecón de La Habana. Ellos, los Biris, han sido la voz del coro de una catedral futbolística que en esta década ha tocado el cielo. Ellos, los Biris, han sido la plasmación sonora y física de un sentimiento deportivo que, demostrado queda, tenía letra, música y bombo para suministrarle kriptonita al superman de Camas o de Madeiras que viniera a llevarse lo que no dejamos que se lleven del Pizjuán. Y un complejo vitamínico de alto poder energizante para que el equipo no se arringara nunca. Ni con la derrota mordiéndoles los muslos a los peloteros. Bien. Eso han sido los Biris no comprometidos ni con la navaja ni con las palizas inopinadamente perpetradas por los camisas negras en el estadio de Basilea a seguidores del Liverpool ajenos a sus guerras. ¿Sabéis cuál ha sido el problema? Claro que lo sabéis. Tan bien como yo. El problema ha sido que nadie le echó huevos a la flamenca para proponer dentro del mosaico de familias Biris la autodepuración de los malos. Y hemos ido cargando con una rama militarizada, con resabios de guerrilla urbana,  sin que nos diéramos cuenta de que eran los hijos de la serpiente que en los ochenta puso aquellos huevos envenenados. Nos hemos quedado sin música en mitad del baile. Y ahora todos nos miramos sorprendidos. Como si nos hubieran quitado la canción definitiva. Esa que escuchándola tienes la sensación de que todo puede hacerse realidad. Ahora solo suena la autodestructiva canción de Lou Reed caminando por el lado peligroso de un espectáculo sin sonido, luces y alegría. La culpa es nuestra.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión