Imagen del sentido minuto de silencio guardado por el Sevilla antes del entrenamiento (Foto: J. S.)
Imagen del sentido minuto de silencio guardado por el Sevilla antes del entrenamiento (Foto: J. S.)

La final que nunca se jugó

Desde ayer los seguidores del Chapecoense lloran desconsoladamente por culpa de las esquinas aterradoras y repletas de monstruos inesperados que tiene el destino
Por  10:37 h.

Hoy tocaba hablar del Formentera. Hacer una reflexión más sobre esos partidos entre pequeños y grandes que tantas sorpresas nos dieron, antaño, en esta competición. Sorpresas negativas. Porque Goliat abatía, inesperadamente, a David. Y David se iba al vestuario con media perdigoná bajo el ala y una gradona desplegando música de viento como para empujar veinte naves en el mar de los Sargazos. Pero hoy lo de Formentera se queda en un margen del formato de la actualidad. Se cae por su insignificancia incluso si hoy David le pinta la cara a Goliat. Nada en el mundo del fútbol puede ensombrecer la gran tragedia que ha borrado a un equipo del mapa. Y que inevitablemente nos conduce, vía memoria histórica, a la gran tragedia aeronáutica vivida por el Manchester United en 1958 en el aeropuerto de Munich. Aquel día el viento y el agua nieve impidió, por dos veces, que el avión que transportaba al equipo pudiera tomar altura. Cuando lo hizo no subía mucho más que una cría de gorrión caída del nido. Y fue a estrellarse contra una casa vacía cercana al aeropuerto. Uno de los jugadores que allí colgaron las botas involuntariamente y para siempre fue Duncan Edwards, una de las mayores promesas del futbol inglés. El Manchester, lo que quedó de aquel equipo muerto en combate contra los elementos, hizo piña en torno a un superviviente llamado Bobby Charlton. Con el que resurgiría, tiempo después, para asombrar al mundo y darnos una lección de determinación, coraje y honor a los compañeros perdidos.

En algún punto del boscoso Cerro Gordo de La Unión, en el departamento colombiano de Antioquía, se ha parado el tiempo para un modesto equipo brasileño llamado Chapecoense. El avión iba cargado de canciones, bromas, sonrisas y parabienes de la muchachada brasileña, camino de enfrentarse al Atlético Nacional de Medellín en una final de Copa similar a la Uefa europea. El partido se tenía que celebrar hoy. Pero ese partido solo tenía fecha. Fecha y hora. Pero nada más. Se quedó por estrenar. Se quedó en el cartel. Se quedó como una final que nunca se jugó. Jamás se podrá disputar porque, como en Munich, 58 años antes, buena parte del equipo sucumbía en un tenebroso accidente aéreo. Las risas y alegrías de ese avión cargado de ilusiones y sueños por alzar una copa, se tornaron una oscura y tétrica tormenta de dolor y lágrimas ante tan fatal desenlace. Han sobrevivido algunos jugadores  y como en el caso de Alan Ruschel, el drama comienza a manejar a sus personajes para tejer, en un guión dolorosísimo pero repleto de humanidad, algunas reacciones que hacen grandes a los escasos supervivientes. Ruschel, mientras era conducido al hospital, solo repetía una pregunta: dónde está mi anillo de matrimonio…

Comprendan que hoy no tenga ganas de mucho. Aunque sea mi Sevilla el que juegue en Formentera o en Tenerife. Da igual.  Días como el de hoy los guarda el fútbol para demostrar que el balón no es redondo por casualidad. Sino porque es lo más parecido a un abrazo que la geometría ha sabido pintar. Toda mi admiración la desprendo para ese equipo brasilero, nacido en los setenta, que acaba de ver morir trágicamente a una plantilla que estaba tocada por la mano del Corcovado para hacer felices a sus seguidores. Y que desde ayer lloran desconsoladamente por culpa de las esquinas aterradoras y repletas de monstruos inesperados que tiene el destino. Formentera, amigos de Nervión, puede esperar…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión