Sergio Rico celebra la parada en el penalti durante el Sevilla-Girona (Foto: J. M. Serrano/ABC)
Sergio Rico celebra la parada en el penalti durante el Sevilla-Girona (Foto: J. M. Serrano/ABC)

La riqueza de Sergio

Rico no es Buffon. Todavía. Puede llegar a serlo. O no. Pero Rico sí es un buen portero. Un buen portero que puede convertirse en un gran portero. Si somos capaces de tener respeto. De respetarlo como persona y jugador
Por  10:01 h.

Ayer noche, en el antiguo estadio Delle Alpi, hoy Juventus Stadium, Buffon, el portero de los siete brazos, se marcó un churrete esplendoroso a tiro de una falta de un danés que juega en el Tottenham. Tan clamoroso despiste le valió al equipo de Pochettino para empatar una eliminatoria alta, de poderío en la liga máxima de la Europa futbolística. No hubo ni un mal gesto de la gradona. Ni un solo rumor. Ni un intento de enviarlo al asilo para dejar paso a la sangre joven que va pidiendo en esa portería un relevo inevitable. Por el contrario, la gente se comió el marrón quizás pensando en la de marrones que Buffón fue capaz de despejar o de pararle a su escuadra, desde tanto tiempo atrás. Respeto. Hubo respeto para la figura y el emblema de un club que lo pasea por los campos no solo como un gran guardameta. También lo exhibe como un caballero del deporte, como un atleta leído, estudiado y educado en los diez mandamientos principales de la educación. ¿Hace falta recordar como reaccionó cuando los italianos la emprendieron a gritos y silbidos contra el himno de una selección que se enfrentaba a la azzura?

Sergio Rico no es Buffon. Pero en el Pizjuán, tras una actuación clamorosa del canterano ante los chicos de la Juve en un partido de Champions, el italiano felicitó a Rico deseándole el gran futuro que aquella noche había dejado ver con paradas clamorosas. Pero Rico no es Buffon. Todavía. Puede llegar a serlo. O no. Pero Rico sí es un buen portero. Un buen portero que puede convertirse en un gran portero. Si somos capaces de tener respeto. De respetarlo como persona y jugador. Los porteros no se hacen en dos temporadas. Mucho menos si son jóvenes, crecidos en los potreros de Utrera y muy conocidos por la afición. El novelerismo palangana hace más ruido que una estación de boxes y, en casos de filias o fobias caseras, ocupa el lugar de la reflexión y la idea, para convertirse directamente en un slogan, en una sentencia brutal y cainita: este para menos que el portero automático de mi casa. Llegados a este punto el sentenciado solo tiene dos opciones: apretar los dientes y llorar en el campo como hizo Montero. O pillar el primer AVE que lo lleve lejos de un infierno como es la olla de Nervión. A uno de la cantera no se le pasa una mancha en la camisa. A otros que vienen de fuera y que son gansos de por sí pero que se elevan a la categoría de divinos, se les perdona todo. Hasta que sigan en un club que no cuenta con él ni para llevar los conos de goma del entrenamiento.

Es verdad que Rico, estadísticamente, lleva uno de los peores porcentajes de goles encajados de la Liga. Intento expresarme mejor. Lo lleva Rico y el equipo que también está obligado a defender y a atacar. La culpa no es solo de Rico. Sergio puede hacerse responsable de su estado psicológico, de sus manos de mantequilla, de sus puños suaves, de sus salidas desesperadas. Desajustes severos para un portero de Champions y con aspiraciones altas en la Liga. Pero ¿realmente es así Sergio Rico? ¿Se manifestó alguna vez con tantos remiendos en su estilística? Yo no lo recuerdo. Recuerdo lo que le ha pasado este año. Al hilo de una temporada en la que hemos viajado en la montaña rusa y sin lorazepam para los nervios. Recuerdo que ese lado oscuro de Sergio se corresponde con el lado más oculto de un equipo que peca de muchísimas cosas esta temporada, algunas sobrevenidas y o buscadas. Sepan que hemos estado a punto de cargarnos para siempre la carrera de un buen profesional. Para mi, la actuación de Rico ante el Girona no supuso la firma de la paz con la afición que lo detestaba. Esa mañana soleada de febrero el lacio portero sevillista paró hasta el tiempo. Pero su mejor partido para superar su condena vitalicia como guardameta lo hizo en silencio, a puerta cerrada, solo y con sus pesares, escuchando a los íntimos y autoconvenciéndose de que Sergio Rico no es el que caricaturizan y apedrean en las redes sociales. Sino ese chaval que supo aguantar el tirón más decisivo en su carrera deportiva. Fue como si mantuviera un duelo consigo mismo. Y a ver quién mataba a quien primero: si el Sergio admirado pero desaparecido o el Sergio despreciado y condenado. Ese duelo no se disputó el domingo contra el Gerona. Y el Sergio que nos gratifica, que nos conmueve, que nos ilusiona por sus virtudes personales y deportivas tuvo los cojones suficientes para liquidar a su peor sombra, a su mala estrella que le había robado la identidad. Ese partido que no retransmitió BeIN ni comentó el querido Ismael Medina lo jugó a solas con su propia mismidad el señor Rico. Al que Buffon respetó y halagó y aquí, como un gran portero. Hay palanganas que deberían aprender a querer mejor.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión