Krohn-Dehli en el momento de su lesión en Lviv ante el Shakhtar
Krohn-Dehli en el momento de su lesión en Lviv ante el Shakhtar

Las lágrimas de Ragnar

Esta noche no podemos fallarle al vikingo Krohn-Dehli, a un guerrero, a un hermano...
Por  9:59 h.

Si hoy somos capaces de convertir las lágrimas del vikingo en coraje para alimentar la rabia de nuestra pelea, los ucranianos regresan a sus bosques del norte con el rabo entre las patas. Buscando entre el frío, los abetos y la niebla que exhala la tierra húmeda un lugar perfecto para esconder su derrota. Hoy no hay más vida en Nervión que honrar la suya, la de un guerrero vikingo de la saga de Ragnar Lodbrok, herido de gravedad en un lance sin rastro de fortuna en el primer encuentro con los bárbaros, porque honrando la caída de Krohn-Dehli vamos a tener argumentos de fuerza y coraje para tenderle ante sus pies las banderas y las espadas del enemigo. Por el martillo de Thor, dueño del trueno; por Baldr, hijo de Odín, dios de la belleza y la inteligencia; por Tyr, dios del valor, que amputó su propia mano para que los demás dioses pudieran amarrar al lobo gigante Fenhir. Por todos los dioses del panteón vikingo. Por sus drakkar con los que bajaron desde los océanos del norte hasta el sur. A toda vela y a toda leche para hacer del hacha el símbolo de su arrojo. Por el arco iris que sirve de puente entre los mortales y el paraíso. Por todos ellos y por nuestro dios vikingo en Nervión. Ese hombre encastao en colorao como las candelas que alumbra nuestra mejores noches de mayo. Krohn-Dehli. Las lágrimas de Ragnar…

Si hoy somos capaces de convertir su dolor en nuestra fuerza, su tragedia en nuestra ambición, su llanto en nuestra canción y su fatal destino en la mejor estrella que alumbre nuestra pelea, os aseguro, palanganas, que mañana a esta hora ya estamos camino de Basilea. Con el abuelo en lo alto de su moto. Con las bufandas como orlas victoriosas. Con las banderas al viento declarando que somos señores de nuestra guerra. Y que en esa guerra, los que caen, no nos comen el valor, ni nos hacen temblar las piernas, ni las manos se vuelven sudorosas como la de los cobardes. Si algunos de los nuestros caen en combate, les devolvemos la vida creciéndonos, como los toros buenos, ante el castigo de la adversidad. Porque ni las falanges macedónicas, ni los legionarios de Roma, ni los tercios en Flandes tuvieron hacia el compañero herido en la batalla o atravesado por el infortunio, la seguridad de que sobre sus heridas abiertas, se cerrarían otros puños implorando la venganza. Nadie cae entre nosotros por nada. Nadie entre nosotros es un número sin corazón en la mirilla de precisión del enemigo. El que cae, se levanta o lo levantamos. Porque su alma es la nuestra y su orgullo el hierro que jamás dejaremos que reduzcan en el yunque de los humillados. Si más nos abaten, por más multiplicamos las bajas contrarias. Que finalmente, viendo que el tiburón enloquece con la sangre, huirá en desbandada doliéndose más por la ira desplegada en honor de nuestros caídos que por los de su propia ralea y condición.

Si hoy somos capaces de ponernos la misma camiseta que llevaba el vikingo, sentir en nuestro corazón el hachazo brutal de su rodilla, percibir en nuestro destino la desgracia de su infortunio, atisbar la desazón de sus horas postreras a tan brutal herida, palanganas, si somos capaces de ser todos y estar todos bajo la piel de nuestro guerrero del norte, hasta la Junta es capaz de hacernos un metro con parada en Basilea. La rabia nos guiará. El coraje nos alumbrará. Y nuestras embestidas no la resistirán ni murallas como las de Bizancio. Palanganas, una noche más las estrellas guiñarán con sus ojos encendidos la flor de nuestra suerte. Que no está forjada en ningún bingo ni en ningún despacho con salida a la Uvi. Nuestra suerte es tenernos en mayo tan unidos como en agosto. Avanzar todos juntos en la dirección que marca el mejor destino de nuestra historia. Ser de Nervión en ánimo y grandeza. Palanganas, esta noche no podemos fallarles al vikingo. A por ellos y a por sus banderas. A por ellos y a por sus armas. A por ellos y tras ellos. Hasta que pidan perdón ante tanta fuerza desatada. No es una semifinal cualquiera. Es la semifinal que le dedicamos a un guerrero. A un hermano. A un caído en combate que pese a tener un cornalón en su rodilla le juramos que jamás caminará solo…para convertir en sonrisa victoriosa las lágrimas de Ragnar…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión