Cristiano Ronaldo encara a Modric (Foto: Real Madrid)
Cristiano Ronaldo encara a Modric (Foto: Real Madrid)

Liga de ilusos

Quedar tercero o cuarto en una Liga tan premeditada y alevosa es para salir a la calle...
Por  9:46 h.

El vídeo que rula por las redes sociales donde vemos a Cristiano meter un gol en Málaga tras un dontancredismo sublime de un defensor boquerón es realmente patético. Así no es que se las pusieran a Fernando VII. Así es cómo esta Liga para ilusos se las pone a los dos patronos de la competición, a cuyas órdenes se subordinan. Lo que firmó para la posteridad y su desvergüenza deportiva el citado futbolista malacitano solo se ve en los partidos homenajes a una vieja gloria donde, por deferencia y cortesía, el defensor se pone él mismo la zancadilla para que el balón le llegue franco al homenajeado que, con solo soplarla, besa las redes de la portería contraria. El mismo Cristiano, en el campo de la Casa Blanca, le endiñaba al defensa sevillista Lenglet una colleja que solo se permite en rugby y en full contact. No solo no le sacaron la amarilla correspondiente y que lo habría excluido para jugar en Vigo, donde, por cierto, sumó dos goles para la plantilla de ACS. Es que casi ningún comentarista del mundo del futbol capitalino vio nada punible en semejante maña de judo. Fue un lance típico del juego. Dicen sin que se les caigan los dientes…

El mismo domingo que el Málaga se retrataba como floripondio del ramo de Florentino, en Barcelona, el otro patrono de la Liga, ese club que cuenta a cinco de sus presidentes como excelentes incumplidores del Código Penal, un árbitro con graves problemas ópticos y éticos, le pitaba dos penales al Eibar para que un Barça en peligro de ridículo mundial no se descolgara de lo que a la superestructura futbolística le reporta dinero. La lucha entre ambos patrones. La pelea entre ambos corleones que se reparten los distritos más pujantes de la ciudad donde colocan sus ventas y sacan sus mayores beneficios de una competición altamente estupefaciente y prostituida. Desde que el futbol saltó de los estadios para instalarse en las televisiones las reglas del juego cambiaron. Ya no manda el imperio de la razón balompédica. Mandan los seguidores nacionales e internacionales que arrastran los dos grandes clubes a través de los datos de audiencias. Se puede decir que nuestra Liga está hecha a su gusto y medida. La sorpresa no puede existir por puras razones de balance económico.

Por eso creer que esta liga pueda llevársela el equipo del chino del estadio de la Peineta o para el Sevilla FC no deja de ser un ejercicio tan ingenuo como iluso. Ya es una consagración futbolística instalarse en el segundo escalón de la Liga, allí donde no se puede gritar contra el sistema porque el sistema, una vez repartido los grandes distritos con sus beneficios colaterales, te deja caer unas migajas sobre tus menesterosas manos, para que entiendas que las reglas están hechas para que la obedezcamos todos: desde la prensa a los árbitros, desde los directivos a las sociedades anónimas deportivas, con el consiguiente margen de beneficio para las más angelicales actitudes y bocas menos impertinentes . Lo repito: quedar tercero o cuarto en una Liga tan premeditada y alevosa es para salir a la calle y subirse en la fuente de Hispalis a celebrarlo. Del séptimo y el octavo hacia abajo solo existe desierto. Mucha sed y la polvarea de la desesperación. De ahí, de esa franja de condenados por la exclusión, salen los puntos de alivio que arbitrajes de becerros regalan a los terceros, cuartos y quintos de la Liga. Esos puntos son las esquinas de los barrios residuales, relativamente rentables, cuya explotación conceden, graciosamente, los patrones a los equipos aspirantes a instalarse en la clase media alta de nuestra Liga, bajo el imperativo lampedusiano de que nada cambie demasiado para que todo siga igual en las alturas. Una Liga de ilusos que, alguna vez, puedes creerte con derecho a ganarla, si previamente olvidas que el fútbol es solo dinero. Y que el dinero lo manejan los que nacieron peleados con la nobleza de la libre competición y son perfiles extraordinarios para una novela de Mario Puzzo. Por cierto, en ese libro no debería faltar un capítulo dedicado a la inexplicable eternidad de Villar al frente de la Federación, un reinado tan largo que solo se entiende estudiando la tenebrosas lista de los reyes populares de alguna isla del sur de Italia…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión