Escudero, de espaldas, celebra con Joaquín Correa el gol que le marcó al Basaksehir (Foto: Reuters)
Escudero, de espaldas, celebra con Joaquín Correa el gol que le marcó al Basaksehir (Foto: Reuters)

Con la furia de Irma

En Anfield dicen que nos esperan con bronca; con la bronca en la barriga de aquella noche primaveral de Basilea
Por  9:19 h.

Yo creo que vestirse de futbolista ahí abajo, en las entrañas de Anfield, debe ser algo así como sentarse en el sillón de García Márquez y ponerte a escribir un artículo en su vieja máquina de escribir. Seguro que te sale redondo. Y que comienzas con la fuerza narrativa con la que el colombiano arrancó sus Cien años de soledad. Debe ser algo parecido a eso. Tan sobrenatural como onírico. Tan mágico como un día de Reyes. Y tan hermoso como una aurora boreal. Yo me imagino esa situación y les aseguro que se me aguan los ojos y me entran ganas de besar las paredes. Me sentiría tan feliz como incapacitado para ponerme las medias o ajustarme las botas. Dominado por la intensidad del momento y la lírica exclusiva de la situación. Anfield. Uno de los destinos universales del futbol. Uno de esos templos legendarios donde dios es redondo y se reza cantando. Anfield. Una de las siete maravillas del mundo futbolístico. Uno de esos campos donde los jugadores que lo pisan sienten la tierra moverse bajo sus pies. Allí están hoy los nuestros, palanganas. Allí. No en otros campos. Allí. Donde la pasión también es roja.

Yo daría lo que no tengo por vivir un día de estos en la barriga del fútbol. Me fue concedida la gracia en Río de ver un Fla contra Flu en Maracaná, en las entrañas de Maracaná, gracias a la conexión amistosa que había entre viejos compañeros periodistas sevillanos con Luiz Pereira, aquel central de exquisito ébano que tuvo el Atlético de Madrid de finales de los setenta. Y les aseguro que fue como acceder a la quinta dimensión. A un espacio donde se distorsiona el sonido, las emociones y la visión de lo que se dibuja ante tus ojos. Una realidad distinta. Insuperable. Capaz de ponerte el corazón a ritmo de purasangre. Con los pulsos desbocados. Y los ojos como si regresaras de una fiesta rave de tres noches seguidas. La lengua te sabe a réflex. Las piernas son las de Hércules Farnesio. La cabeza una pizarra donde cabe la infinita finitud del espacio intuido por Einstein. Y la sangre circula tan pura como la que agranda la leyenda de los sementales más escogidos de la ganadería que pasta en Zajariches. Irma, ese ciclón con nombre de mujer brutal, es una yema de San Leandro en manos de una monjita agustina sevillana, a la vera del huracán de emociones que devasta una experiencia como la que les relato.

Partamos de la base de que la voz es la canción. Y el espíritu escribe la letra. Vestirse hoy de futbolista en Anfield es como cantar en el Albert Hall de Londres. O como tocar la primera guitarra de Harrison en la Caverna. Es, sencillamente, un día para el álbum de las fotos especiales. El jugador que esta noche no sienta electricidad en sus manos, ni réflex en la lengua, ni sangre fluida y guerrera por sus venas, es posible que sea futbolista. Sí. Pero lo que no es seguro es que sea sevillista. Que es una de las formas más nobles, sagradas y grandes de ser pelotero. En Anfield dicen que nos esperan con bronca. Con la bronca en la barriga de aquella noche primaveral de Basilea donde le birlamos la Europa League cuando los suyos ya cantaban por los Beatles qué noche la de aquel día. Vale. Quieren cobrarse lo que la historia pudiera deberles. Pero el tiempo solo tiene tres caras: el pasado, que pasó; el futuro que aún no es. Y el presente que es el momento adecuado para aceptar duelos, ir con tus padrinos al campo del honor y callar, nuevamente a los reds, disparando al aire palmas por sevillanas. Anfield es tan sagrado que hay que dejarlo atrás con la bendición de una victoria. Con la ofrenda de nuestra piel, nuestros ojos y nuestra alma. Ganar allí es una de esos caminos que te ofrece el futbol para entrar en la historia. Hay que ganar por mucho más que por los puntos. Por juego o por fuego. Por traza o por raza. Por síquico o por físico. Pero regresar de Anfield con la talega contenta y el escudo palpitante debe ser tan excitante como obligado para entrar en el paraíso. Jugamos en Anfield y no en Piscinas Sevilla. Y eso empuja y motiva tanto como una noche en exclusiva con Beyoncé. Vístanse de futbolistas y siéntanse futbolistas como solo uno puede sentirse torero en la capillita de la Maestranza. Y exploten a la vera del Mersey que, desde el Guadalquivir de las estrellas, llega un equipo con ganas de vencer, convencer y jamás retroceder. Mirada al frente y adelante con los faroles. Que Anfield también rinde honores a los que no solo saben defender su castillo. Sino que pone medallas de oro en los pechos que se rompieron noblemente en una pelea pensando solo en ganar. Ese vino dulce que comparten los dioses con los elegidos que llevan en la barriga la furia de Irma… Salgamos del templo, todos juntos, All together now, cantando por los Beatles aquello de un, dos, tres, cuatro ¿Puedo coger un poco más?. Y cojamos lo nuestro. Un avión cargado de alegría  tras haberle explicado a Lady madonna lo bonito que es Nervión…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión