Vitolo hizo un buen encuentro en el Sevilla-Leicester
Vitolo hizo un buen encuentro en el Sevilla-Leicester

Miedo de tu miedo

Para nosotros es una final. Para ellos el partido más importante de la temporada. Ahí no caben ni versos ni besos
Por  9:42 h.

Un espeso capote de desconfianza se palpa en el ambiente de los que respiran los aires de Nervión. Y así no se puede ir a la guerra. A la guerra se va a morir con las botas puestas o a vencer sin reservas. A que te degüellen o a degollar. Pero en ambos casos el miedo se ha dejado encerrado en el baúl de la abuela. Con siete llaves echadas. El miedo si hay que fabricarlo lo hacemos nosotros para espantar a los ingleses en el minuto uno de partido. Gol de Vitolo. Y una palmera de huevo gran canario para que se quiten la acidez la banda del zorro. No hay otra. En los vestuarios, esta noche, antes de salir al campo se deben dejar las paredes arañadas por los gritos de victoria y desconchar el techo de los rebotes de rabia contra el pladur. Quien se crea que ante esa banda de guerreros vale la exquisitez de la porcelana de un juego de té local, va dado. Para nosotros es una final. Para ellos el partido más importante de la temporada. Ahí no caben ni versos ni besos. Ahí solo entra la pierna con todo lo que tiene y en el salto peligran los dientes. Los codos, hasta que no se llegue al pub a mojar con pintas la victoria de los nuestros, serán muy útiles para que pinchen en los costados del enemigo. Ellos no van a salir con la hucha del día de la Cruz Roja. Pueden estar seguros.

Hoy no vale otra cosa que marcar. Marcar y marcar. Pero no como he estado escuchando por ahí un gol y vámonos que nos vamos. Uno, dos y tres. Todos los que la Fortuna nos esquivó en el Sánchez-Pizjuan. Todos los que aquella noche no subieron al marcador porque la suerte se puso del lado del equipo que entonces entrenaba Ranieri. Como salgamos al campo con la vana idea de marcar y esperar, nos vemos en el paso de la Canina. Con la misma cara. Con los mismos huesos para el puchero de los perdedores. Posiblemente igual que un vasco que fue hasta Barcelona a rentabilizar su conservadurismo. Y a creer que los árbitros pitan la verdad. Y hoy hay un jeque en Francia que lo quiere mandar al Isis. Yo me borro del que pierde la fe. Y no me gustaron nada ciertas palabras del gran gramático del amateurismo. Aquello que dijo, pensando en el partido de hoy, cuando los pepinos nucleares del Leganés nos empataron un partido como nos lo podían haber ganado. No voy a recordar la frase. Sé que la lleváis guardada en algún doblez de la chaqueta cerquita del corazón. Como una espinita venenosa de un rosal infiel. Pero si el comandante no confía en su batallón te aseguro, palangana, que no ganamos ni en la tómbola de la Cruz de mayo de la hermandad.

Hoy si no salimos con más huevos que los que sirve en una semana Casa Lucio, los ingleses hacen con nosotros lo que hicieron en Las Malvinas con una leva de chavalitos imberbes y desentrenados por aquella mafia militar que los llevó a la ruina. Hoy si dejamos que nos coman la moral en el centro del campo no habrá hospitales para vendarnos del desengaño. Hoy lloverá sobre el larguero de Sergio Rico tal cantidad de saques de esquinas que habrá que salir a defenderlos con un puño al balón y el otro buscando un upper cut. Hoy la pelea no es para exquisitos. Ni para estilistas. Es para perros de presa. Hoy cambio diez centrocampistas de seda por diez jugadores con la casta de Mercado, Pareja e Iborra. Hoy es el día de los fajadores. De los que no vuelven la cara. De los que no temen que le inflamen la pierna. De los que tratan al dolor con desprecio y hacen de la presión una bimba para inflar globos el Domingo de Ramos. De los que van hasta Inglaterra para hacer bueno aquello que dijo Shakespeare, el escritor no el entrenador del Leicester: mi corona está en el corazón, no en mi cabeza. Ahí. En ese corazón tan rojo como Nervión es donde granan siempre nuestras mejores victorias. Porque ahí, en ese corazón que es la corona de nuestro reinado, no existe el miedo al miedo. Tan solo la obligación de los grandes guerreros: volver con el botín o yertos sobre el escudo de los compañeros. Después de haber dejado claro sobre la grama que por allí pasó el Sevilla Fútbol Club…como uno de los ocho primeros equipos del mundo.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión