Monchi, en su despacho del Sánchez-Pizjuán (Foto: Juan José Úbeda)
Monchi, en su despacho del Sánchez-Pizjuán (Foto: Juan José Úbeda)

Monchi lo vuelve a hacer

Si Monchi se va, que se irá, quedará lo insustituible: la bandera, el escudo y la afición
Por  9:59 h.

A ver, esto se me antoja tan chocante como algunas preguntas quisquillosas que te hacían de pequeño, sólo ante el peligro de la tía materna que, con una sonrisa perversa, se interesaba delante de tus mayores: dime ¿tú a quien quieres más: a papá o a mamá? Y no entendías nada. Porque amabas tanto a tu padre como a tu madre. Y no veías la hora de evitar una pregunta tan insidiosa y a favor de parte. Si yo entonces hubiera conocido a Sampaoli y sus mejores citas le hubiera dicho a mi tía, desde la pureza del amateurismo infantil, aquello de: tita, no escucho y sigo. Con Monchi, con mi querido y admirado Monchi, me está pasando algo parecido. Porque, de un tiempo a esta parte, desde que empezó a irse para quedarse o a quedarse para irse, no recibo nada más que ofertas tan indecentes como aquella pregunta de la infancia: a quién quiere más Monchi ¿al Sevilla o a su ambición? Y juro que me repatea en la boca del estómago semejante planteamiento. Monchi es para mi tierra sagrada. Espacio donde está prohibido pisar el césped de su gloria. Uno de los cimientos del dorado y plateado templo de Nervión. Sobre su piedra angular, ha llegado a decir nuestro presidente, se levanta la gran obra del sevillismo de estos últimos años. Así que un respeto a su militancia y a su ambición. Porque ambas son justas y verdaderas. Y son para mi intocable.

Yo estoy en que Monchi se va. Y se tiene que ir por la puerta grande. Nunca por la puerta de la cocina, por donde entraban los cantaores a casa de los señoritos para avivar la chispa de la juerga. Monchi se va. A la Roma. O a Cartago. Me da exactamente igual. Se irá donde su fantasmas interiores acepten el reto que él mismo se autoimpone para seguir creciendo, para seguir viviendo, para seguir existiendo y firmar la paz con el pistolero emocional que lo reta a ponerse el listón más alto. Monchi se va. Y lo sabemos todos. Pero le sobran dos avisos a mi hermano del alma. Le sobran dos o tres titulares y unos cuantos mensajes en las redes. Yo, sinceramente, no entiendo si las fases lunares de la novia de la tierra influyen en nosotros tanto como en las mareas oceánicas. Pero lo que parece cierto es que, de forma recurrente, Monchi nos lo vuelve a hacer. Y no se si lo hace como respuesta dolida a una situación interna que no le complace. O bien es su manera de despedirse. Si fuera así, hermano, te despides más veces que Antoñete, que en gloria esté. Con una vez bastó. Ya estamos enterados. Pero así no se navega con la serenidad que en estos momentos requiere un club que está viviendo una travesía de lujo. Tercero en la tabla nacional. Vivísimo en Champions. Y entero en la Copa. Es ahora cuando todos juntos, como antiguamente los compañeros del metal, tenemos que celebrar con pancartas y eslóganes lo conseguido por un club que ya olvidó cómo picaba la arena del desierto. Si Monchi se va, que se irá, yo le deseo lo más grande y estoy por ir a Nervión a encadenarme en la puerta 1 para pedir bronce y mármol para el cañaílla. Pero también pido que cesen los titulares, las redes dejen de enredar y la serenidad presida uno de los momentos históricos más hermosos que vive el club. De este Sevilla se han ido muchos. Los mejores. Los supuestamente insustituibles. Y ahí sigue el equipo encontrado oro y platino sustituyendo a las joyas que se le fueron. ¿Qué los trae Monchi? Claro, por eso lo pretenden. Porque es el mejor en su especialidad. Pero tampoco es menos cierto que tras él hay un equipo perfectamente capacitado para seguir el camino. Hay dos preguntas hoy sin respuesta y que en meses la sabremos: ¿Quién sustituirá a Monchi? Y ¿De verdad acabará marchándose? Ya ven cómo es la cosa. Cuando más relajados y disfrutones deberíamos de estar, nos asalta la ansiedad. Y contra la ansiedad existe un remedio magnífico: pedirle al camarero una ración completa de trankimazín. Y así, en silencio, todos hasta el final de temporada. Donde si Monchi se va, nos quedará lo insustituible: la bandera, el escudo y la afición.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión