Monchi sale del estadio tras negociar su marcha
Monchi sale del estadio tras negociar su marcha

Monchi, por esa puerta nunca

No debiste tener miedo de decirnos adiós. Es parte de la vida
Por  10:18 h.

Ya no tiene remedio. Y si en algo se ha equivocado Monchi en su apetencia por dejar al equipo que lo enamora es en escoger la puerta. Un tipo como él, parte de la arquitectura vital de la refundación de un Sevilla FC joven y mucho menos tieso que la pareja de la presidenta de Andalucía, nunca puede salir del club por la puerta de la cocina. En la cocina, hasta hace poco tiempo, dejaban los señoritos a los gitanitos que iban a engloriarle la fiesta por bulerías y dándole puntapiés a los duendes del baile. Allí los escondían hasta la hora en la que se citaba a los duendes del flamenco en un alevoso e infamante ejercicio de clasismo y segregación social. Un tipo como el León de San Fernando, que junto a Roberto Alés y Joaquín Caparrós sacaron del barro a una institución saqueada, masacrada y vendida por unos supuestos sevillistas con más delitos en las manos que los davidianos del rancho Waco, nunca puede escoger la puerta de la cocina, la salida trasera de la casa para dejar el club. En eso se equivocó mi Monchi de mi alma más que en los fichajes que sus contrarios no le indultan. Como Mosquera, Stevanovic, Diawará… Fichajes que, como todo en la vida, tienen una explicación entre la penumbra, la sombra y la gastronomía…

No hay nada más hermoso y caro en la vida que la libertad. Y Monchi ha gozado de la misma en el club donde se ha ganado uno de los perfiles de excelencia más notables del fútbol en su puesto y, sin lugar a dudas, otro igual de cimero entre los profesionales libres de esta ciudad. En lo suyo está muy por encima de lo que los demás estamos en lo nuestro. Es, sin duda, su rostro el de la portada de una gran revista internacional. Sin que rechinara en absoluto. Por eso me destila mi estómago puro clorhídrico cuando lo veo salir por la puerta de los apartados. La tuya, Monchi, como mínimo, es la puerta grande que da acceso al Taj Mahal. Y es posible que aún siendo esa la elegida para decirnos adiós se te quede pequeña. Nos has dado mucho más de lo que te hemos devuelto. Porque siendo el primero en lo tuyo, por sevillismo y por modelo económico del club, se te retribuía como al décimo. Como si fueras un ojeador de burras pencas de pelo sucio. Solo hay en el mundo un director deportivo mejor que tú: el del Barcelona. Porque ficha todo lo que Monchi se trae para el Sevilla.

Yo puedo entender tus ataques volcánicos, tus pulsos con el techo económico del club, las cruces que cada temporada te echan sobre tus hombros para buscar diez jugadores nuevos, la intensidad sin contemplaciones que impone tu nivel de autoexigencia. Puedo entender eso y hasta que hayas perdido la ilusión. Que tu ciclo haya firmado el finiquito. Y que un club de la aristocracia europea te haya puesto un taco tan enorme como para recobrar esa ilusión diez minutos después de dejar el Sevilla. Todo eso lo entiendo. Lo que nunca entenderé es que hayas programado tan malamente tu salida para quedar como Cagancho en Almagro. No, Monchi, esa no es tu puerta. La tuya es la grande. La de oro y plata. La de los triunfadores. Y por esa debes salir. Yo entiendo que tu ciclo en el Sevilla lo des por cumplido. Y que debes irte de Nervión porque, como se suele decir, cuando un matrimonio descubre a un tercero en el armario, qué doló, qué doló, no hay mucho pegamento que pueda grapar lo roto. Siempre es más difícil salir que entrar. Y para empezar una nueva etapa hay que cerrar otra. No debiste tener miedo a decirnos adiós. Forma parte de la vida. Y yo hubiese estado entre los muchos que en los autobuses te hubieran ido a despedir al aeropuerto con las mismas lágrimas sevillistas que derramaste en Oviedo. Ojalá te puedas ir pronto. Y triunfes tres veces más que aquí. Porque aquí nos quedamos con lo inmutable: el escudo, la bandera y la afición. Como me jalearon, en mi inconsolable tristeza, Pedro Monago y Álvaro Yanes para limpiarme de la terrible sensación de que me habían matado al salir de una maravillosa fiesta.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión