José Castro y Óscar Arias, en la presentación como director deportivo de Sevilla (Foto: Raúl Doblado)
José Castro y Óscar Arias, en la presentación como director deportivo de Sevilla (Foto: Raúl Doblado)

No se olviden ficharlo

Yo estaría también buscando a ese otro jugador que no juega pero que es capaz de convertir a cada pelotero en un sicario
Por  10:12 h.

El primer presidente de gobierno de nuestra democracia, Adolfo Suárez, radiografió con una frase lapidaria el grado de dificultad que tenía comandar la nave del cambio político en aquella España de la transición. Dijo el señor Suárez que acometer semejante trabajo era algo parecido “a cambiar las cañerías sin cortar el agua”. Viendo al Sevilla de los últimos tiempos no he podido dejar de acordarme de aquella frase que, igualmente, cifra el grado de enorme dificultad que tiene el SFC por delante para dar por terminado un ciclo y abrir otro sin que, efectivamente, el agua de la excelencia deportiva deje de fluir por las cañerías. En dos años se puede triturar todo el trabajo, grandísimo trabajo, de una década prodigiosa. Siempre es más fácil destruir un castillo que levantarlo. Y sigo pensando que un mal rayo ha partido por la mitad todo un modelo deportivo que nos llevó a nuestros picos futbolísticos más altos.

Cuando Monchi, por imperativo estético mantenido por cierta opinión de Nervión, apostó por el bielsismo de la mano de Sampaoli para hacernos olvidar al muy maltratado Unai Emery, comenzamos, pese a los resultados de la primera época, a volar bajo. Y a intuir un frío del carajo. Se hicieron plantillas marcadas por el desequilibrio y la inflación de cuentocampistas que exigía aquel estilo remordimiento e hiperhorizontal, con más toque que el culo de una bailarina de barra, y se largaron, sin remordimientos ni prevenciones de casi nadie, los jugadores que portaban e interpretaban a las mil maravillas la implicación, la competitividad, la casta, el coraje y los ojos inyectados en sangre cuando había que salir a por el de enfrente para que el escudo no fuera nunca mancillado. Ahí comenzó nuestro final de ciclo. Cuando le dimos la espalda a nuestro ideario. Cuando espantamos del vestuario la sangre, el honor y el triunfo. El puto día en que se mercadeó la militancia por la literatura barata. Cualquiera de aquellos jugadores, incluso los más finos y exquisitos, metían la pierna en un ventilador si falta hiciera. Hoy para ver esa determinación hay que quedarse a ver los partidos de madrugada que nos emite la tele oficial de los años de gloria.

Se cambió el paso por una puta cuestión estética. Porque, al parecer, Nervión no quería más plata por el método y el estilo que con tanta abundancia nos trajo. ¿Estamos locos? ¿Quién permitió semejante cambio de estilo? ¿Quién le pidió a quién semejante pirueta sin red y sobre un foso lleno de cocodrilos? A veces puede más el instinto de autodestrucción que el de creación, sobre todo cuando los creativos piensan que solo se puede crear destruyendo lo previo. Estamos inmersos en plena transición. En esa tarea difícil de cambiar las cañerías sin que deje de fluir el agua. Intentando equilibrar un sistema que hasta el momento nos ha costado varias goleadas, un entrenador y la fe en un proyecto que es el más caro de la historia del club. Y una rémora de jugadores estilistas sin sangre en las venas que son el contraestilo más chirriante del ideario deportivo y competitivo de nuestras señas de identidad. Ahora ficharán lo que crean que deben fichar. Para remendar una planificación desastrosa que no solo es imputable, ni muchísmo menos, al actual secretario técnico. Pero yo estaría también buscando a ese otro jugador que no juega pero que, en el vestuario, en los entrenamientos, en las previas y en las citas a duelo, es capaz de convertir a cada pelotero en un sicario, en un pistolero que no perdona al contrario. Ese tipo que les habla durante la semana, que los espolea antes de un partido, que les mete el veneno en el cuerpo, que les hace ver que cada metro de campo es digno de una hazaña. Ese tipo no está ni en Alemania ni en Inglaterra. Está aquí. Y en Nervión lo saben. No se olviden ficharlo.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión