Aficionados sevillistas
Aficionados sevillistas

Olé, Sevilla, olé

La versión blanca y roja de la Marsellesa
Por  10:31 h.

Nervión ha hecho una versión futbolista de la Marsellesa que suena coral cuando la gradona invoca y empuja la bravura de los nuestros. Todos la hemos entonado alguna vez en nuestras vidas. Y hay vidas de sevillistas que no han dejado de entonarla jamás. Convirtiendo la versión blanca y roja de la Marsellesa en un himno más, en una canción más con la que engloriamos los momentos más intensos de un partido. Olé, Sevilla, olé. El otro día, cuando veía la foto del entrenamiento blanco, con los chavales acompadrados en el dolor y dibujando un círculo cerrado de ánimo, solidaridad y rabia contenida en honor de la francesada de nuestro equipo, me salió sin pensar del alma. La Marsellesa por sevillanas. Olé, Sevilla, olé. Fue tan espontáneo como sentido. Y en esos momentos, desde la imaginación que todo lo puede, me colé en la ronda de solidaridad para expresarle mi apoyo y mi más sincera atención a, supongo, los abatidos Nzonzi, Trémoulinas, Gameiro, Rami y Kolo. Sin olvidar a los que ya pasaron por aquí y dejaron una profunda huella en nuestro almario: Don Frederic Kanouté y el señor Escudé. A Kondogbia apenas si lo pudimos disfrutar. Vieron que el galgo negro lo tenía todo para ser una pantera en los campos de fútbol y se lo llevaron antes de probar la ensaladilla. Dejando, eso sí, cheque y taco. También a él, como francés, le echamos el brazo sobre sus hombros en señal de amistad cierta en momentos tan inciertos.

Los gestos tienen un valor simbólico y cohesionan a los grupos. Mi equipo si blasona de algo es de saber hacer grupos, comandos, tropas de élite capaces de subir a los nidos de las águilas y robar el fuego de los dioses para hacerle comprender al mundo que los héroes existen. Y existen y pelean por seguir existiendo. Llevan grabados en sus corazones una leyenda que no recuerdo en qué película vi: No llores por un mundo que lucha; lucha por un mundo que llora. Y esa frase se la aplicaron al llanto largo y estéril de un sevillismo que no acababa de salir del desierto y de sufrir en sus piernas las picaduras mortales de las serpientes de la derrota. Bueno, hoy todo aquello está casi olvidado: mas nunca conviene olvidar para siempre de dónde salimos para no caer, otra vez, en tan movedizas arenas. Se aplicaron esa frase y nos vienen dando una lección continua de que ellos saben luchar por un mundo que llora. Para enjugarles las lágrimas y devolverles la felicidad.

Y en esto del fútbol no hay mayor felicidad que la victoria. Siempre el dulce licor de la victoria. Una borrachera insoportable de triunfos, oros y coronas de esmeraldas. Eso es lo que esperamos de este equipo el próximo sábado en Donosti, donde las magdalenas son bellas como Easo y los filetes de ternera capotes de campaña de la Guardia Civil. Vencer allí, tras casi seis meses de no mojar fuera de casa, no solo nos vendría bien deportivamente. También sería, más allá de los gestos necesarios de unidad en torno al dolor, volver a la senda de lo que saben hacer los héroes. Los equipos formados por tropas de élite que ante la adversidad de sus compañeros suelen resarcirlos con ira y fuego. Trayéndose para casa el hermoso triunfo que se necesita. Y de camino, para la francesada que atendemos en el Pizjuán, cantarles la Marsellesa por sevillanas: olé, Sevilla, olé. En vuestras inglés de toro está el empuje que necesitan ellos y nosotros.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión