El Sevilla, en el entrenamiento del miércoles en el St. Jakob-Park de Basilea (Foto: EFE).
El Sevilla, en el entrenamiento del miércoles en el St. Jakob-Park de Basilea (Foto: EFE).

Por las espinas de aquel desierto

Sigo creyendo en mi religión, en mi credo y en mi santoral. Ese que en mayo baja del cielo envuelto en nubes de papelillos rojos y blancos
Por  10:15 h.

Ya me podéis echar al centro del anfiteatro Flavio rodeado de leones con más hambres que los del circo de Ángel Cristo que yo, por esta, no reniego de mi fe, ni del credo de mi equipo. Estoy tallado en la cruz de espinas de los años del desierto, donde la única copa que alegraba nuestros labios era la del olvido, sin más ley en su material que la de una lata de melva y tan carente de épica que solo servía para refugiarnos en el pasado de las lenguas antiguas, en el antes de ayer de nuestros abuelos y padres. No reniego ni de mi equipo ni de mi entrenador. Por mucho que se haya equivocado. Por muchas veces que haya patinado en sus caprichosas alineaciones, por más que haya llegado a pensar que la boina de mi primo ya no tiene los madroños granas y que el chacolí se le fue por el camino malo. Que no. Que no reniego  de Vitolo en sus fallidos mano a mano ni de Emery colocando en la media a Carriço y a Diogo, que todavía no se cómo anda libre su barbero y él mismo no está imputado por presunto delito de prevaricación. Pelarse así de malamente a sabiendas seguro que está penado. No vuelvo a repetirlo más: sigo creyendo en mi religión, en mi credo y en mi santoral. Ese que en mayo baja del cielo envuelto en nubes de papelillos rojos y blancos. Y que entra en la Catedral por la puerta de los pasos.

Creo en un tipo al que le desbaratan todos los años la escuadra quince días antes de comenzar a competir y luego compite; creo en los jugadores que este entrenador perfila a fuerza de pelearse con la tartamudez que algunos llevan en sus pies echando las horas muertas en los potreros de Utrera hasta convertir sus botas en pura oratoria; creo en este hombre que se me hace (salvo los que eran sevillistas de nación) el entrenador más identificado con nuestra idiosincrasia de todos los muchos que han pasado por aquí. Creo en él y creo en lo que hace. Incluso hasta cuando acierta. Incluso cuando el vino de la alegría os ha empapado la memoria en éxtasis y ya no os acordáis la de veces que perjurasteis sobre su nombre porque tal domingo o tal jueves, tuvo un ataque de entrenador y se equivocó. Como nos equivocamos todos. Como se equivoca el mejor matemático en un encerado al desarrollar cualquier ecuación. Es el mejor entrenador que podamos tener ahora y por ahora. Libra por libra. En coste y prestaciones. En calidad contrastada y objetivos cumplidos. ¿Qué suena Jémez? ¿Qué suena Gracia? Para sonar de verdad, la banda de las Cigarreras. Esa si que suena una jartá. Lo demás suena a  la banda del Mirlitón.

Hoy pasamos por Basilea. Como siempre. Con un objetivo en el entrecejo. Con una colina de las hamburguesas que conquistar. Hoy los niños que tantas alegrías nos han dado deben hacernos olvidar que son los ideales para que una madre los lleve de visita. Nunca meten la pata, jamás en los últimos tiempos han destrozado una tarde en una visita lejos del Pizjuán. Tanta educación y buenas maneras son muy fiables en el mundo de las relaciones públicas. Ninguno de ellos se va a colocar en el Groucho o en el Antique. Deben recordarse que en la barriga llevan aliens a la búsqueda del octavo pasajero que nos lleve volando, nuevamente, a la alegría de ganar lejos de Nervión. Deben recordarse que en sus torsos llevan un escudo que le grita al contrario que los que lo portan jamás se rinden. Deben recordarse que en algún lugar de sus calzonas tienen lo que hay que tener para distinguirse de las jugadoras femeninas que juegan en nuestro equipo de mujeres. Salgan al campo esta tarde y cómanse la mierda del miedo, escupan veneno por entre los dientes y dejen en Basilea el suave y sereno tremolar de una bandera roja y blanca que es el estandarte de una fe inquebrantable. La bandera de los cielos que hemos ganado desde que somos grandes a costa de haber dejado muy lejos aquel desierto lleno de espinas, fracasos y melancolía. ¡¡¡¡Vamos, cohones….!!!!

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión