Monchi, en su despacho del Sánchez-Pizjuán (Foto: Jesús Spínola)
Monchi, en su despacho del Sánchez-Pizjuán (Foto: Jesús Spínola)

El rey se va

"Monchi es el rey del sevillismo en una monarquía plebeya de sangre muy roja. Y el rey, se va poquito a poco"
Por  9:30 h.

Cuando un experimentado gladiador, ganador absoluto de sus encuentros en la arena con hombres o fieras, llegaba al límite de su carrera marcada por los años y por la fama y el aprecio de las gradas del anfiteatro, se le concedía la espada de madera. Una especie de símbolo que le garantizaba la libertad. La libertad se ganaba, entonces, a fuerza de hombría, sangre y éxitos que te consagraban ante el Cesar, el Senado de Roma y el fondo norte del anfiteatro de turno donde el reciario o el tracio tenía una peña inasequible al desaliento. Lo paseaban a hombros por las calles de Roma tras haberle rebanado el cuello al galo o al sirio que le pusieran por delante. Y tras su fama y prestigio se la doblaban los patricios y élites económicas que no solo intentaban vampirizar algo del cariño público que le profesaba la afición, sino también algo de su sangre que, se creía, poderosa en magia y medicina. Monchi ha sido para mí en muchos aspectos un enorme gladiador que ha peleado, cantidad de veces, en condiciones desiguales con sus oponentes, saliendo victorioso de apurados envites. Por sus innegables servicios prestados el sevillismo le debe la espada de madera. La más absoluta libertad. Yo se la daría de oro puro.

Viene el talentoso director técnico del sevillismo enviando mensajes calculados a los medios para avisarnos que se va. Que no quiere quedarse con la pena pendiente de trabajar en Francia. Y no precisamente cogiendo uvas. Ni poniendo café en el de Flore en pleno boulevard de Saint Germain. Se quiere marchar algún día, me malicio que no muy lejano, a hacer realidad su sueño, trabajando para algún equipo señaladito de la liga de Asterix. Suave como la seda. Sin salar el aliño para que el sevillismo digiera la cosa como dieta blanda. Así nos está diciendo el más grande de los grandes que se va. Casi en cucharita de jade. En proporciones homeopáticas. Para que no nos envenene un trago tan amargo. Monchí también aprendió a dominar el viento incandescente del siroco emocional de los desiertos personales. Nunca soplará como aquella vez del verano. Que agostó lo más florido del mes de mayo y la dama de noche más bella del patio de celebraciones de Nervión. Monchi se va. Lo está diciendo gradualmente. Poco a poco. Porque, lo repito, se ha ganado con creces la libertad, la espada de madera que yo la transmuto en oro puro.

No hay ni canción ni verso de despedida que sea alegre. Ni conozco algo más triste que un adiós en una estación de tren o una pañolada de llorosos familiares despidiendo a un vapor camino de la Argentina. No hay adioses donde repiquen las campanas o los tambores nos inviten a bailar como en Nueva Orleans. Triste, triste, triste son las despedidas de los hombres más valorados y queridos. Monchi es el rey del sevillismo en una monarquía plebeya de sangre muy roja. Y el rey, se va poquito a poco. Sin estridencias. Con clase y argumentos sobrados de razón. Nos deja porque en el reino de Nervión levantó, desde la nada, las murallas más inexpugnables de nuestra historia reciente, llenando de plata y banderas las salas del palacio de la bombonera. Y querrá medirse en otros combates lejanos. Aquí todo lo hizo desde el corazón. Desde la pasión. Desde la música enervante de los Guardianes de Nervión que tanta mermelada de fresa le pone en la boca. Se nos va un tipo irrepetible buscando lo que él solo sabe qué podrá encontrar lejos de aquí, de su casa, de su reino. Te lloraremos y te gritaremos. Te invocaremos y te recordaremos. Siempre mirando en el almanaque los días que faltan para que vuelvas. Para que regreses al sitio más mágico del mundo. A ese Nervión que hoy pide a gritos aquella estrofa de Myles Cirus cuando cantaba: “Lo única cosa que quiero olvidar es decir adiós…”.

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión