Sergio Rico, en Santa Justa
Sergio Rico, en Santa Justa

Rico, rico, rico…

Debemos tener paciencia a que el guiso se haga. Y os aseguro que nos saldrá rico, rico, rico...
Por  11:28 h.

El Sevilla FC, si el cielo no se arrepiente del destino que le tiene trazado, suma en su portería más porteros que el Louvre. Tiene entradas y salidas el gran museo francés, ¿no? Y en cada una de ellas hay un nota la mar de serio vigilando hasta las moscas que se mueven alrededor de un cuadro. Pues más portero tiene el Sevilla FC con Sergio Rico. Si, como digo, el cielo no se arrepiente del destino de héroe que le tiene guardado, estamos asistiendo a la eclosión de uno de esos porteros que marcan un tiempo. Pablo Blanco no suele ser imprudente voceando futuros brillantes descubiertos en las minas de los campos de la carretera de Utrera. Pero hace ya muchos años me anunció uno cuando otra joya entonces de irresistible fulgor se marchaba. Volaba Reyes como un águila imperial camino de las islas. Y se forjaba un Jesús Navas desbordando timideces, inseguridades y dudas que solo cuando saltaba al campo y se encaraba con un defensa hacia desaparecer. Pablo me lo dijo: se nos va uno muy bueno. Pero pronto vamos a ver a otro muy, pero que muy grande. Y lo vimos. Con Sergio Rico ha procedido igual. No le ha faltado tiempo para decir que ahí tenemos un gran portero. Un portero de los que hacen época. El problema está en que lo que sale de la fábrica de la carretera de Utrera muchas veces nos lo cargamos en el uso abrasador del Sánchez Pizjuán. Hemos rotos muchos y valiosos jarrones de porcelana. Haciendo añicos futuros prometedores que no duraron el tiempo de llegar de la ciudad deportiva al estadio de Nervión. Los sacrificamos en el camino. En un ejercicio inútil, despiadado y autodestructivo por no saber esperar el tiempo que requiere un guiso a fuego lento. Es corriente que nos hagamos esta pregunta: ¿cuántas perlas han salido de la cantera que ahora brillan en las pecheras más orondas del fútbol europeo? No es, en cambio, nada usual que nos interroguemos así: ¿a cuántos grandes peloteros ha sacrificado el nivel de exigencia de una grada mas predispuesta al desprecio que al aprecio? Yo me incluyo.

Si queremos, si las palmas sobreviven a los murmullos, si le concedemos a los nuestros la confianza que se le concede al extraño, si sumamos más que restamos y dejamos la mala follá de la guasa para el tercer tiempo en el bar del Coli, entonces, lo mismo, vemos a Sergio Rico echándole un pulso a De Gea en la puerta de España. En la portería de la selección, quiero decir. Tiene por delante tanta vida deportiva que da miedo pensar lo que será de este chaval si sigue creciendo con el sol de su tranquilidad y el agua de su ambición. Tiene una pinta extraordinaria de portero moderno. Grande, fibroso, ágil en el uno contra uno y con más reflejos que un profesor de esgrima. Rico ha conseguido en un año lo que solo podía soñar en una noche de aliño sicodélico. El día del Barcelona rompió en machote, descapullándose de los miedos del novato. Y el día de la Juve escuchó de uno de los más grandes, Gianluigi Buffon, lo que un portero con su edad solo puede soñar oír: las felicitaciones por un encuentro inolvidable. Fue como cuando B.B. King le dijo a Raimundo Amador que le encantaba como tocaba la guitarra. Al gitano todavía le repican aquellas palabras como si fueran los compases de fiesta del Bolleré. Lleva Rico más de sesenta partidos jugados en la élite. Y algunos aún no le perdonan sus salidas por alto. Y solo por eso lo marcan y recetan cuarentena. Tranquilos, impacientes. Ya saldrá por alto mejor que el Giraldillo. Pero debemos tener paciencia a que el guiso se haga. Y os aseguro que nos saldrá rico, rico, rico…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión