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Sevilla FC: amos y señores

Si Pizarro pasó a la historia con los trece de la fama, Nervión lo hará hoy con dos mil ochocientos leones que rugen cantando
Por  9:46 h.

Olvídense. No hay otra igual. Como ellos, muy pocos. O casi nadie. Son los amos y señores. Los dueños de la pasión. Los propietarios del entusiasmo. La cachimba de la felicidad. Sin ellos, Sevilla FC, no hay paraíso. Sin ellos, jugadores, no sois nada. Pero nada de nada. Cero cartón. Ellos son como la plata de Potosí. O como el petróleo del emirato. Ellos valen en oro lo que pesan sus quintales de lealtad, fidelidad y compromiso. Ellos son mucho más que el tesoro que reivindicaba el gutural y resbaloso Golum. Ellos son el cielo y la tierra. La palma y el laurel. La corona y el armiño. Ellos mandan. Nacieron para dominar las artes de cómo se quiere a algo por derecho y sin recortes. Si Pizarro pasó a la historia con los trece de la fama, Nervión lo hará hoy con dos mil ochocientos leones que rugen cantando. Pese a la huelga de aeropuertos alemanes. Pese a las complicaciones que se encontraron durante el viaje. Pese a que lo difícil lo hacen fácil y lo que es fácil les resulta aburrido, ellos cantan desde ayer por las calles muniquesas aquello de la “Giralda de nuestra ciudad/ verá solo un equipo ganar/ el equipo del arte y salero/ el equipo de Ramón Sánchez-Pizjuán”. Yo escucho ese canto y es como si estuviera escuchando a Triana en El Lago o a Smash en el estanque de los lotos. Yo escucho esa canción y me sabe tanto, pero tanto a mí ciudad que el corazón brinca y empuja más que Marc Márquez en un gran premio. Y me crezco ante los pronósticos. Ante los augures que ven en las vísceras de un palomo de Carambolo que lo que no puede ser, no puede ser. Y además es imposible. Sobre todo con un equipo alemán respaldado por setenta y dos mil bárbaros que son los guardianes de una sala de trofeos con ocho copas de rango continental…

¿Imposible dices? Si algo tiene de fiable la montaña rusa en la que este equipo lleva montado desde hace meses es, precisamente, eso: que es capaz de volverle la piel a lo imposible para hacerlo posible. Y ellos, a los que les canto, a los que les dedico estas líneas, que son pocas y malas para lo que de verdad se han ganado, siempre están ahí protagonizando una de esas hazañas épicas del equipo. No gritan, suenan. No aúllan, cantan. No vociferan, firman baladas. Mejores que las de Paul Anka o Sting. Baladas de amor para mandar al conservatorio y que se reinventen Nat King Cole o el mismísimo Bola de Nieve. Baladas para que Miguel Ríos, que dice que vuelve, se mire en el espejo musical de los nuestros. O para que el malogrado Manolo Tena entendiera que la sangre española de su pasión es tan roja como la de nuestro estadio. Con los tres mil ochocientos de la fama que hoy concurren en el corazón de Baviera confirmamos, una vez más, que ellos son inasequibles al desaliento y una de las aficiones más viajeras de Europa en la última década. Que no hay lealtad ni fidelidad más pura e indeclinable que la de esta afición. La gente de la gozadera. La gente del Ramón Sánchez-Pizjuán.

Han callado a Old Trafford. Han callado Anfield. Y por mucho que vociferen los marcomanos de Munich, hoy no se dejarán intimidar en el Allianz Arena. Ellos son nuestro mejor patrimonio. El paquete accionarial más poderoso que sustenta nuestra identidad. Con ellos ahí no me asusta ni el ucraniano ni el chino. Ellos son los amos y señores de ese latifundio de estrellas que alumbra nuestro destino. Si a un jugador no le llega lo que cantan, lo que sienten, lo que vibran y lo que empujan mejor será que entregue la cuchara y se haga funcionario de Correos. Que se busque la vida pegando sellos con la lengua. Porque en la montaña rusa en la que vivimos la horchata es veneno. Y la pasión la única sangre que tienen derecho a derramar para ganarse lo que con tanta generosidad y fidelidad le van a entregar los dos mil ochocientos sevillistas de la fama. Pero os aclaro algo. A los jugadores. Compitan hasta la extenuación. Pero no se beban todo el Cola-Cao y dejen algo para el sábado. Porque Munich es la épica. Pero contra el Villareal tenemos que escribir la epopeya…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión