La afición sevillista, en las gradas del Sánchez-Pizjuán (Foto: EFE).
La afición sevillista, en las gradas del Sánchez-Pizjuán (Foto: EFE).

Soñando despierto

Deseando estoy que los de la butifarra nos tomen por yonquis y gitanos
Por  10:19 h.

Yo les habría prohibido durante estos días previos al partido de hoy que escucharan música moña, que pensaran en San Valentín o que confundieran un cubata con una Copa. Todo esto hubiera sido tabú. Como escupir sobre el Credo. Y cada vez que saltaran a los potreros de Utrera para entrenar les hubiera proyectado en grandes pantallas de plasma la escena brutal de Gladiator. Esa donde los luchadores se disponen a salir a la arena desde las entrañas del anfiteatro y se observa cómo uno de aquellos infelices se vuelve incontinente y se lo hace encima. El miedo solo atrae al miedo. Y no hay otra forma de espantarlo que creerte mejor y más fuerte que él. Asimilar eso es empezar a apestar victoria. Durante estos días previos yo también les habría prohibido el azúcar en el café y la flor en el ojal. Si alguno leyera poesía le habría estampado en la cara el pasaje de la lucha ante las murallas de Troya entre Aquiles y Héctor. Descubrir a algunos de mis guerreros ensimismados en afanes que endulzaran su corazón me habría revuelto las tripas. Por el contrario los hubiera llevado a la sala de proyecciones y allí, tras ofrecerles vinagre con apariencia de refresco, los atornillaría muy atentos ante el monitor para que vieran la batalla de Manila. Aquel encuentro entre dos trenes supersónicos llamados Alí y Frazier. Joe Frazier acuñó una sentencia que yo, durante esta semana, se las habría ido repitiendo a cada uno al oído, cuando mas desavisados los pillara: “Yo no quiero noquear a mi adversario. Quiero pegarle, alejarme y mirar cómo le duele. Yo quiero su corazón”. Así era Frazier.

Una y otra vez. Una y otra vez. Una y mil veces mil se lo hubiera machacado hasta que mi presencia les fuera vomitiva. Porque el miedo al vértigo de las semifinales solo engendra derrotas. Soy de los que piensan que este tipo de eliminatorias se empiezan ganando cuatro días antes de competir en el campo. Cuatro días antes en los que tu entrenador te ha reducido de tal forma el cerebro que solo hay lugar para acomodar en él una palabra: ganar, ganar, ganar. El miedo, para los fantasmas de los castillos ingleses. El valor, para los que saben que perder es morir. Hoy, antes de que los chicos salgan al césped, en sus cabezas no debería haber sitio ni para escuchar el más hermoso himno de futbol que suenan en los campos de Europa. Por encima incluso del Never will walk alone. Hoy saldrían los guerreros de Nervión con la frase de Frazier creando estados de ánimos locos por comerle la boca a la victoria. Un general chino del tiempo que son todos los chinos, o sea, de hace muchos cientos de años, dijo que “los guerreros victoriosos primero ganan y después van a la guerra, mientras que los guerreros vencidos primero van a la guerra y después buscan ganar”. Yo, como vengo diciendo desde la primera línea, tras el partido contra el Levante ya le hubiera presentado a más de uno a Mohamed Alí. Niño, mira el negro lo que dice: “Si tuvieras que pelear conmigo te recomiendo que aumentes la póliza de tu seguro de vida…” Pues eso mismo es lo que hoy hay que transmitirles a los chicos del Celta. De forma certera y clara. Tan solo con una mirada de hielo y la casta que llevan los toros en las ingles.

Todo esto lo hace mejor que nadie el señor Emery. Nos consta que es de lo que, como la gota malaya, taladra las cabezas por jartible y mete al más despistado en un partido. Y si el futbolista no vale porque le faltan huevos, se ha enamorado del coche, le sudan las manos y no sueña por la noche porque se ha declarado en rebeldía y es enemigo del descanso, ese no juega en este equipo que sabe perfectamente que, nadie es mejor que nadie, pero que los que creyeron vencer sin pelear, comenzaron a tragar suplencia y a revolcarse en el fango de los perdedores. Hoy no vamos a ver la batalla de Manila. Pero van a pelear como si fuera la batalla de Manila. Porque cada gol que se marque y no se encaje en nuestra portería nos pone más cerca de una final. De mi final soñada. De la final de todas mis finales. La final en la que la Copa del Rey, la Copa de España, se la ganemos a los que le pitan al himno y reniegan de ser tan españoles como la Copa que juegan. Quiero ver llegado ese día. Quiero derretirme ese día. Quiero con todo los quereres del mundo que esa Copa se quede en aquí y que para el sueño extranjero solo se quede la pesadilla de que nuestra aparente inferioridad hubiera estimulado su arrogancia. “Ningún vietcong me ha llamado sucio negro,” dijo Alí. Deseando estoy que los de la butifarra nos tomen por yonquis y gitanos. Que tú verás la Copa de tila que se van a tener que tragar. Por bocachanclas…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión