Sergio Rico
Sergio Rico

Tapando bocas

Sergio Rico desconectó de la grada e hizo real el mandamiento primero del amateurismo sampaoliano: No escucho y sigo.
Por  9:39 h.

Está de moda. Se ha hecho tendencia. Me refiero a largar por esa boquita contra todo lo que se mueva y, posteriormente, cuando la realidad te ha puesto en tu sitio, en muy mal lugar, se sale al escenario y dibujando un escorzo muy pinturero se confiesa el error diciendo: me han tapado la boca. En la gradona de Nervión hay muchísimas bocas tapadas desde que Sergio Rico, el mismo día en que le trajeron a Sirigú mandinga para discutirle la llave de la portería blanca, firmó en Villareal una actuación antológica. Desde entonces no lo mueven de donde está ni la brigada de delitos monetarios. Y ha firmado actuaciones tan brillantes que ya se superponen, las unas sobre las otras, hasta engrandecer el historial de su memoria. Tan joven y, en cambio, tan rica en medallas y tardes de gloria. Le recuerdo la tarde contra el Barça la pasada temporada. Cuando le paró a Neymar un balón dificilísimo y Sergio, mirando a la grada, rompió en rabia y casta de sangre buena, para espantar tantas maledicencias como estaba soportando desde todos los ángulos del Pizjuán. Y tampoco olvido la noche de la Juve. No hace falta ponderar lo que paró la semana pasada en Las Palmas. Ni la anterior. Ni la otra. Ni decir que, antes incluso de que diera el salto al primer equipo, los scouting del mercado ya preguntaban en las oficinas del Sevilla por él. Hoy es esa realidad que buena parte de Nervión se empeñó en no ver. Y que los clubes grandes de Europa ya lo tienen calado.

Cierto es que es un tipo de apariencia nada fiera. Todo lo contrario. Aparentemente es tímido, vulnerable y poco dado a subirse al peldaño más alto de la jerarquía. Se diría que, por apariencias, es de los que se encuentran más gustosos obedeciendo que mandando. Pero ya digo que todo es apariencia: el largo buenote del barrio. Bueno, pues el largo buenote del barrio ha demostrado tener más pelotas que un mundial de ping-pong. Cuando se cayó de la selección y le trajeron una sombra de París para hacerse con el traspaso de su portería, solo Sergio Rico puede saber lo que sintió. Gran parte de la grada lo señalaba. El seleccionador dejó de confiar en él. Y en el club pensaron que hacía falta un portero. Bueno pues ahí lo tenéis. Tapando bocas. Y abriendo ojos para que los que lo ven haciendo paradas inverosímiles sepan lo que es un portero. Cualquier otro en una situación tan crítica se hubiera roto. Se hubiera dejado arrastrar al desastre de no confiar en sus inmensas posibilidades. Pero Sergio se aisló. Desconectó de la grada e hizo real el mandamiento primero del amateurismo sampaoliano: No escucho y sigo.

Y ha seguido con tan buena y brillante dinámica que él, como los delanteros realizadores, es de los jugadores que le dan puntos al club. Registra secuencias de paradas que valen tres puntos. Tenemos un problema en Nervión. Siempre lo hemos tenido. No sabemos esperar. No hay paciencia con los nuestros. Y nos hacemos perdonar esa indecente impaciencia hacia los canteranos con el, a posteriori tan socorrido, me han tapado la boca. Que es lo mismo que pedir perdón después de pegarse un pedo en una reunión con plena conciencia intestinal. Lo que debemos hacer es no abrir la boca antes de tiempo. Darle a los canteranos los plazos lógicos y razonables para que se hagan y brillen. Pero no asesinarlos por su pinta, por sus errores de aprendizaje o porque tenemos la boquita más caliente del futbol hispano. Es verdad que nos han puesto muy difícil estar en la grada y no parecernos a don Tancredo. Pero mucho más difícil es estar allí abajo, en una portería para ti solo y que los tuyos no valoren lo que eres. Nadie ganó oro en su aprendizaje. Sergio Rico ya tiene plata. Así que es mejor que sigamos callados…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión