Los jugadores del Sevilla FC en un entrenamiento
Los jugadores del Sevilla FC en un entrenamiento

Una cruz sobre el Bernabéu

"No es mentira que son capaces de echarle un mal de ojo al de halcón para que vea fuera lo que está muy adentro. O que el árbitro comulgue antes con Cristiano que con católicos, apostólicos y sevillistas"
Por  9:59 h.

La primera buena vibración que me llegó del inasible universo que mueve el azar de esta eliminatoria es que nos tocaba jugárnosla con los ricos y nadie echó los ojos al suelo. Ni le temblaron las canillas. Ni le sudaron las manos. Ni juraron en hebreo por el golpe adverso de la fortuna. Al revés. Me llegó de muchos palanganas la sólida convicción de que los retos se aceptan, se pelean y se ganan. O se pierden. Pero jamás, nunca jamás, antes de que salte el equipo al campo. Ya pueda ser el equipo de Florentino o el de Abramovich. El de un emir del Golfo o el del último golfo que haya desembarcado en el fútbol creyendo que una bandera, una afición y un escudo son baratijas chinas con las que se puede comprar el cariño verdadero. Esos ojos firmes, clavados en las sienes del destino, me proporcionaron la primera satisfacción del sorteo del partido que hoy jugamos en Madrid. Porque solo los que miran las jugadas menos favorables del azar con ojos tallados en roca son los que, finalmente, se llevan el póquer. Los ricos, a veces, también pierden.

Absoluta fue también la mueca casi imperceptible de Emilio Butragueño, señalándonos como un equipo que nunca entrega su espada y que muere matando. El efecto de la Supercopa aún está fresco en la memoria de los coronitas, esa que muestran para intimidar como si los demás fuéramos vampiros y ellos tuvieran los ajos. Butragueño hubiera preferido a otro equipo. ¿A otro? Sí, a otro. Más bizcochable. Más pastelero. Menos cojonudo. Menos caníbal. Pero la suerte, quizás también un tanto adversa para ellos, los encolleró con las legiones de Nervión. Y eso duele. Pica. Y hasta te hace dormir con cierto grado engorroso de incomodidad. Los ricos odian despeinarse, mancharse el traje caro en faenas de zapadores y perder el efecto Axe por culpa de una sudoración estrepitosa, pura exigencia de un trabajo extra al que te obligan equipos tan sinceros y de verdad como nuestro Sevilla. No es mentira que son capaces de echarle un mal de ojo al de halcón para que vea fuera lo que está muy adentro. O que el árbitro comulgue antes con Cristiano que con católicos, apostólicos y sevillistas. Pero eso va en el juego. Y  tampoco nos acoquina.

Por si las moscas porticaron el partido con Nasri y sus muchachas, con Javier Tebas poniendo la mano sobre el fuego fiscal de Ronaldo y pidiendo una investigación para destapar un caso que saltó en un más que dudoso tuit, o echando leña al fuego del traspaso invernal de Nzonzi. Vale todo. Y todo lo aceptamos. Porque sabemos mirar a los ojos de los poderosos hasta hacerles sentir la puñalaita de su vulnerabilidad. Pueden creerse dioses. Pero no lo son. Son tan humanos que necesitan como todos los humanos jugar por debajo de la mesa. O agarrarse a las manos que les salgan en el camino si el camino se ha vuelto áspero, torcido, adverso. O Mallenco… Y el Sevilla es uno de esos equipos que te cierran un camino. Que ni con Aníbal y sus elefantes pueden abrirse si los de Nervión echan mano de tanto corazón como fútbol llevan en sus botas algunos de sus jugadores. A Butragueño no le gustó encollerarse con nosotros. Y a nosotros no se nos destempló el ánimo cuando supimos que el de hoy era un partido de ricos contra tiesos. Miramos de frente al destino. Y apagamos el fuego mortal de los ojos de las Gorgonas con la fe inquebrantable de nuestro carácter. Jugamos contra el Real de las coronitas. Y el de las Copas. Y el de su presencia omnipotente en cada rincón de España ¿Y? Nadie vence a nadie tremolando su nombre y su camiseta. Para vencer hay que luchar. Pelear. Fajarse. Despellejarse el alma y creer que los dioses son una farsa y que los ricos le tienen miedo al fracaso. Quizás porque saben, como aseguraba Ayrton Senna, que una victoria es mejor que un millón de dólares. Y  nuestro equipo sabe ganar. Así que, esta noche, salten al Bernabéu, hagan el paseíllo con sabor maestrante, firmen con sus botas una cruz en el césped y regresen rápido a Nervión que las fiestas nos gustan celebrarlas en caliente…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión