Tifo en el derbi Sevilla-Betis: Se formó la gozadera (Foto: Raúl Doblado)
Tifo en el derbi Sevilla-Betis: Se formó la gozadera (Foto: Raúl Doblado)

Una eterna gozadera

"Veinte años han pasado de lo de Oviedo. Y me sobran los motivos para ser yonqui y gitano"
Por  10:08 h.

Te vas a ver el vídeo de Oviedo y ves lágrimas, caras desencajadas, frustración y una afición en las gradas del Tartiere que no se rinde, que no le vuelve la cara al equipo, que lo reclama para que salga del vestuario y Molnar le tire su camiseta a un grupo de leales con las bufandas extendidas, la casta en los ojos y el grito puro de Sevilla hasta la muerte, Sevilla hasta la muerte. A Julián Rubio, como entrenador, se le incendian las penas que ni las lágrimas de su fracaso pueden apagar, mientras aplaude a los sevillistas que no lo quieren dejar solo y a solas con la soledad. El equipo, tras anunciarlo durante toda la campaña, se peleaba con su gloria y descendía a los infiernos de la Segunda división. Fue una catástrofe tan inevitable como necesaria. Porque a partir de aquella pérdida de galones se tomó absoluta conciencia de que un club como el de Nervión no podía estar a merced de los piratas. Había que hacerlo de nuevo. Armar a un equipo competitivo. Y escribir sobre los muros de Nervión los nuevos mandamientos de una fe que habían destrozado. Oviedo fue como un coche bomba en el Kabul del sevillismo. Que causó tanto dolor como encendió velas a una vida mejor. Cepilló a la morralla. Y buscó a los hombres más comprometidos. Con un triunvirato digno de los tiempos más difíciles que vivió Roma: Alés, Caparrós y Monchi. Nacía el Sevilla de todo a cien. De una austeridad tan insoportable que hasta balones para los entrenamientos faltaban.

Veinte años después de aquella catástrofe el Oviedo aún no da señales de vida, el equipo de todo a cien se ha convertido en el tercero que más creció entre los clubes más selectos de Europa y ha acumulado tanta plata en sus vitrinas que ya da hasta cierto reparo cantarla cuando en otras salas de trofeos no se pasa del Colombino ni de la Copa del Olivo. Pasamos de escuchar llorar a las guitarras a hacernos dueños y señores de la gozadera. Del quejío a la risa. Del fatalismo a la autoestima. De la soleá a la bulería. De las ligas menores a las grandes ligas. Y los abuelos que no se fueron al tercer anillo se montaban en la vespa para ver ganar a su equipo copas, copas y más copas. Tantas que nos pellizcamos nuestras mejillas para convencernos de que todo esto no era un sueño, sino una realidad apabullante digna de seguimiento y estudio por las cabezas más despejadas del planeta futbolístico. Nos convertimos en un ejemplo del cambio climático: en solo veinte años pasamos del frío polar a las cálidas primaveras de un equipo que hizo de mayo el mes de sus conquistas.

Es posible que aún no se tenga perspectiva suficiente para valorar lo conseguido. Sobre todo para las generaciones más nuevas que no han estrenado aún, Dios lo retrase hasta el infinito, un batacazo, una catástrofe, un Oviedo brutal y despiadado. Pero si miramos hacia atrás con pedagogía, más para aprender que para afligirnos, nos pondremos rápidamente de acuerdo en que nuestro club aprendió de aquel naufragio lo que tenía que aprender. Y puso en práctica lo aprendido. Hoy pelea por los puestos más altos de la clase media liguera, sale a Europa a fajarse en la Liga de los millonetis, es capaz de soportar temporadas tan agitadas como la pasada y, encima, clasificarse para la liguilla de la Champions, ha emprendido la remodelación del estadio y ha superado una insoportable tensión entre la grada y el consejo. Parece que lo de las estructuras no es solo una palabra comodín para barnizar una rueda de prensa. Es una realidad que ha hecho posible que, pese a una temporada tan agitada, no nos hayamos ido a pique, sino que hemos toreado a la tormenta perfecta de tal forma que incluso hubo posibilidades de quedarse con la tercera plaza. Otros clubes no resisten semejante turbonada y caen puyeros en la zona cero. Veinte años han pasado de lo de Oviedo. Y me sobran los motivos para ser yonqui y gitano, coleccionista de paragüeros y asumir como un título nobiliario lo que por otros barrios entienden como un insulto. Señores lean bien: #yosoypalangana…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión