Gol Norte
Gol Norte

Una manita de dominó

"Yo estoy en que esta noche ganamos la manita. La manita de dominó. Las cerramos con el cinco blanca…"
Por  10:10 h.

¿Estamos ante la apoteosis de la intrascendencia? ¿Vivimos el olimpo de la nada absoluta? ¿Nos ha pillado una primavera de frutos vanos, de cáscara sin carne ni semillas? ¿Qué tiempo vive el sevillismo que con tanto fuego se incinera cuando tiene toda la vida por delante? No ha perdido el equipo un solo partido. Ni uno solo. Y ya hay antorchas quemando los rastrojos de la inconformidad para ritualizar la ceniza. Se pide ceniza
como la pedían los pueblos antiguos para llorar el cadáver de un ser querido. Cenizas en la cara, en el pelo, en las manos. Y llantos y golpes de desesperación en el pecho. ¿Es la hora ya de desarmar ese barco cargado de ilusiones que la noche del Español o la tarde de Las Palmas o la pelea en los Alpes nos llevó a creer y a soñar? ¿Ya hay que sacar el hacha y cortar cuellos? Ni en la Roma de Domiciano, aquel loco que endulzaba el vino con viruta de plomo y llenó la casa imperial con espejos para ver a sus enemigos, se despertaba tan pronto la conspiración con los deseos de venganza. Sé que en Eibar, la ciudad de las armas, pegamos el gatillazo con un equipo cargado de suplentes. Sé que a muchos no nos acaba de convencer esa tendencia prefijada en la pizarra de sobar el balón, magrearlo de tal forma que la posesión parezca secuestro y que del secuestro, finalmente, se saquen tan escasos réditos para el fútbol. ¿Escasos? Si no hemos perdido aún y estamos a un naranjazo del primero.

Esta noche hay que jugar al dominó con el vecino del barrio de enfrente. Una partida que es algo más que un partido. Y percibo nervios en el entorno de Nervión. Como si nadie creyera en lo que podemos hacer. Como si muy pocos creyeran en lo que se está gestando. Olvidando que nos estamos haciendo, nos estamos gratinando, estamos en pura construcción. Tendremos que pegar muchos petardazos aún. Pero el final, palanganas, será de traca. Pero para llegar a ese final de traca no podemos empezar a cortar cabezas cuando aún no hemos siquiera perdido. Se siembra la desconfianza como los Reyes Magos tiran los caramelos: a voleo. Y no es razonable que ya imploremos la noche de luna clara para que las navajas busquen costados y los abran al amanecer. Viene pronto el dominó. Pero ¿de verdad que le tenéis miedo a la partida? Entonces yo no soy. No existo. No vivo con los míos. O los míos están confusos, nerviosos y han perdido la fe. Lo que nunca ha de perder uno que sube a la grada a pelear más que los onces que están allí abajo, a aullar más que trescientos espartanos ante Jerjes. No sabéis lo peligroso que es perder la fe. Porque una vez perdida esa seguridad el vacío resultante lo ocupa un existencialismo fantasmagórico, la nada más absoluta e infértil, solo capaz de preñar sueños negros, horizontes inútiles y filosóficas melancolías que son mentiras redondas para sobrellevar un destino insoportable. Yo estoy en que esta noche ganamos la manita. La manita de dominó. Las cerramos con el cinco blanca…

Hoy les venceremos de nuevo. ¿O estáis tontos? Hoy sentirán mover la tierra de Nervión bajo sus botas, les volverán a sudar las manos, les temblaran las canillas y verán tras el escudo que pregona un destino de ganadores, que seguimos mandando en Sevilla. Pero para eso hay que poner el Sánchez-Pizjuan boca abajo. Como hizo Hendrix en Woodstock. O como hace la niña más bonita de San Gil todas las primaveras en la calle Parra. Quizás hoy este equipo que está empezando a nacer y que con tantas ilusiones viene al mundo necesite la única mano que acariciará su infortunio y aplaudirá su gloria. Es la mano que encontrará en el extremo de nuestro propio brazo, como alguna vez sentenció Napoleón. Vuelvo a insistir en que los primeros pasos nunca son ni firmes ni bonitos. Y que hasta Noemí Campbell se pegó jardazos antes de tener las piernas más envidiadas del mundo. Ahora chillo hasta espinarme la garganta porque más que nunca hace falta invocar la trilogía de nuestra fe: escudo, bandera y afición. Porque el mejor estado mental que existe es quedarse en blanco. Si Buda lo llega a saber se caga bajo el mango y se viene a vivir a Nervión. Ese país donde lo trascendente se empieza a alcanzar ganando la manita al dominó y jugándose en mayo la plata…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión