Krychowiak marca a Nzonzi (Foto: J. M. Serrano)
Krychowiak marca a Ndiaye (Foto: J. M. Serrano)

Y en esto llegó el silencio

Que esta vez la llenaron de trucos bilardistas y encaste del hierro de Caparrós...
Por  9:56 h.

Fue tan decepcionante para ambas catedrales, para la de Sevilla y para la del oasis, que apenas si la filosofía puede darle de comer unos arvejones a las palomas, que electrifiquen su gorgojeo y completen la semana con sus musicales incordios. No fue nada. Y llegó el silencio. Los que aseguran, de boquilla para afuera, que no les importa perder aunque el perder forme parte de una chirriante partitura de músicas celestiales, se fueron contentos a casa porque no habían perdido frente al campeón. Un año más sin doblarnos la muñeca en su casa. En su propia casa. Que esta vez la llenaron de trucos bilardistas y encaste del hierro de Caparrós, quizás aprendiendo del rival, de nosotros, del altar grande de nuestra catedral nervionense, que por el mundo como no vayas con huevos duros o a la flamenca te sobra la barata filosofía con la que intentan no mancharse de pena las manos desplegadas de sus plegarias. Empataron en su casa con el equipo que los trae por la calle de la Amargura, desde antes de los Ollero, tan de silencio blanco, dando por bueno, casi por excelente el resultado.

Ese balance, tan de dios menor, fue tomado por las exigencias implacables de la sed de nuestro Cristo de la Victoria de Nervión, como un gólgota futbolístico. No estamos hechos para empatar…ni fuera de casa y menos en casa de la contra. No. No estamos hechos para el conformismo y la resignación, hijos desviados de esa rama de arábiga conducta que es el fatalismo. Fatal fue que de allí solo se trajera en claro el silencio. Porque nada hubo donde tuvo que haber otra gozosa victoria. Nada hubo donde nuestro instinto depredador tenía que cobrarse una pieza. Nada hubo donde nuestra superioridad manifiesta tuvo que saldarse con un resultado sin contemplaciones. El habitual conformismo, después del partido, rompió el silencio de su angustia lanzando cohetes que deflagraron en el cielo como globos sin fuerzas, poco convencidos de su gozo. Imposdtando una felicidad que solo la perfumaba el vinagre de otra vez que no pudo ser. Nosotros, en cambio, solo nos trajimos de aquella ermita de la carretera de Cádiz, la convicción de que no ganamos un punto, perdimos dos y el honor. Ese honor que es orden y fuego, batalla y triunfo, casta y coraje. Y eso envenenó nuestro silencio.

Hay un pensamiento débil en esta ciudad que moldea voluntades frágiles y temperamentos insinceros. ¿Si no importa perder a qué viene tirar cohetes con un empate en casa, joé? En la pizarra de la emoción uno desarrolla fórmulas que no tienen números, solo sentimientos. Y en esos sentimientos yo respeto hasta la fugaz lágrima de la impotencia. Me parece noble y de elevada conducta dolerse en el costado de la rabia, del coraje, de la feroz mordedura de la derrota. Porque eso significa que llevas un león dentro y no una palmera enferma. Entiendo al adversario que, como el galo herido, ese maravilloso mármol de la estatuaria romana, está en tierra sangrando, apoyado sobre una mano, pero sin soltar aún la espada. No hay mayor honor y orgullo en esa derrota que no se acepta y que puede valerte para recobrar la fe en la victoria. Lo que no me acabo de creer porque no es ni pensamiento ni formula ni música creíble, es que una derrota no importa. Compadre, como ese galo, yo espero la luz mágica de Oriente, para levantarme del incómodo suelo donde ganamos un solo punto en la ermita de la Palmera. Porque eso distingue a la sinceridad del truco del silogismo. A los que de verdad llevamos en nuestra palma sangre de reyes… Felices Pascuas a toda Sevilla.

Redacción

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